La tarjeta de visita de Jesucristo: soy rey....El reinado de Cristo ante el laicismo....Enseñanzas del papa Benedicto XVI........Las enseñanzas de Juan Pablo II ..... ..INDEX

La civilización del amor es el reinado social en la tierra del Sagrado Corazón de Jesucristo, es la civilización cristiana, la ciudad católica

La civilización del amor de la que hablaban proféticamente inspirados por Dios, actuando como papas, el beato Pablo VI, san Juan Pablo II y Benedicto XVI es el Reinado del Corazón de Jesús, que será inaugurado el día de la segunda venida de Cristo. De ese día habla reiteradamente la Biblia y muy en especial san Pablo. Y no trae la aniquilación de la gente que habite entonces la Tierra, sino que Cristo traerá en su segunda venida la eliminación del sistema anticristiano e inhumano que oprime a la gente. La civilización del amor la traerá Cristo en su segunda venida. Tras la ruina del imperio de Satanás producida por la segunda venida de Cristo, surgirá el Reino de Cristo en el que reinará pese a todos los que se le oponen, como dijo Él mismo:

"Reinaré a pesar de mis enemigos" .

De los escombros de la actual civilización anticristiana hará Jesucristo surgir en la tierra la civilización del amor en su reinado.

"La civilización del amor debe ser el verdadero punto de llegada de la historia humana" (San Juan Pablo II, 3.11.1991).

La devoción al Corazón de Jesús alimenta la esperanza de que

“sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se establezca la civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo(San Juan Pablo II, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Peter Hans Kolvenbach, entregado en la capilla de san Claudio la Colombière de Paray le Monial el 5 de octubre de 1986

El mal está limitado por el bien ontológica y cronológicamente, como dijo ese Papa san Juan Pablo II en su libro de 23.02.2005.

Y el Papa Benedicto XVI:

"La historia va hacia la humanidad unida en Cristo" (4.01.06).

La formulación actual de la doctrina de la Iglesia a la luz del Concilio Vaticano II está en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992:

«El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" con el advenimiento del Rey a la tierra... Los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: "Ven, Señor Jesús"» (CIC, n. 671).

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San Juan Pablo II identificó el «reinado social del Corazón de Cristo» con la «civilización del amor». El reino de Dios por su amor en nuestros corazones y en toda la sociedad incluidos sus aspectos políticos

El papa san Juan Pablo II proclamó una vez más, el 27 de julio de 2003, que el Evangelio se aplica a toda la vida social, incluyendo la política, la economía y la cultura (lo que hace recordar también la última enseñanza del padre Orlandis: "Lo quiero todo"):

“El Evangelio es luz que ilumina todo el vasto campo de la vida social: la familia, la cultura, la escuela y la universidad, los jóvenes, los medios de comunicación social, la economía, la política... Cristo sale al encuentro del hombre dondequiera que viva y trabaje, y da pleno sentido a su existencia”, dijo el papa san Juan Pablo II en Castelgandolfo en su breve predicación antes del rezo del Ángelus (L'Osservatore Romano, 1.08.2003).

Estas palabras sintetizan las que aparecen en su Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28.06.2003, n. 58):

"La evangelización de la cultura debe mostrar también que hoy, en esta Europa, es posible vivir en plenitud el Evangelio como itinerario que da sentido a la existencia. Para ello, la pastoral ha de asumir la tarea de imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria: en la familia, la escuela, la comunicación social; en el mundo de la cultura, del trabajo y de la economía, de la política, del tiempo libre, de la salud y la enfermedad".

Todas las cosas naturales de la vida humana y lo que las humaniza, que es al mismo tiempo lo que las diviniza, su conexión con el Sagrado Corazón de Jesús y con su reinado.

Todas las cosas así conectadas y regidas se ven sub quaedam specie aeternitatis, con una perspectiva de eternidad, que es la que permite captar su realidad; y no como hizo el autor de la frase, el racionalista Spinoza, justo al revés de lo que dijo: encerrar toda la filosofía y la vida en la orfandad del naturalismo extremo, desconectar totalmente de su autor la naturaleza, al pretender suplantarlo, al precio de incapacitar al hombre moderno para conocer, regir y humanizar la vida y de llevar así la civilización a la ruina.

He aquí como define el papa Benedicto XVI la paz como paz mesiánica de plenitud traída por Jesucristo que la ganó para nosotros con su sangre:

"Al derramar su sangre y entregarse a Sí mismo, Cristo trajo la paz que, en el lenguaje bíblico, es síntesis de los bienes mesiánicos y plenitud salvífica extendida a toda la realidad creada". (Catequesis pontificia del miércoles 7.09.2005).

Consagrarse a Cristo Rey es desagraviar a Su Sagrado Corazón, la consagración es la verdadera reparación

El papa san Juan Pablo II enseña que la verdadera reparación al Sagrado Corazón de Jesús se identifica con la consagración, porque es unir el amor a Dios con el amor al prójimo para constituir la civilización del amor, el reinado del Sagrado Corazón de Jesús.
Este aspecto esencial de reparación, no sólo no está ausente en la fórmula de consagración del día de Cristo Rey, sino que consagrarse a Cristo Rey es reparar y desagraviar, la consagración es la reparación, constituir el reino del Sagrado Corazón de Jesús es la verdadera reparación, la que Jesús mismo quiere, según la doctrina de la Iglesia enseñada por el papa san Juan Pablo II:

El Concilio Vaticano II, al recordarnos que Cristo, Verbo encarnado, nos «amó con un corazón de hombre», nos asegura que «su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de El, nada puede llenar el corazón del hombre» (cfr. Gaudium et spes 21). Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así —y ésta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador— sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá constituir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo.
(
Carta del papa san Juan Pablo II al P. Kolvenbach, entregada en Paray le Monial el 5 de octubre de 1986).

Consagrarse al Corazón de Jesús es constituirse en ciudadano de su reino y tenerle como rey personalmente a la espera del Reinado en plenitud de ejercicio del Sagrado Corazón de Jesús en toda la sociedad humana, tal como Él mismo lo establecerá con su segunda venida en gloria y majestad.

Consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús no sólo es la síntesis de la religión, que es la más alta virtud dentro de la virtud cardinal de la justicia, sino que es el núcleo de la vida cristiana enraizada en las virtudes de la caridad, la fe y la esperanza.


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El 25 de marzo de 2017, solemnidad de la Encarnación, son beatificados 115 mártires de Almería, entre ellos Emilia Fernández Rodríguez, La Canastera, la primera mujer gitana beatificada
El cardenal Amato en la homilía de la misa de beatificación hace referncia a una nueva "persecución igual de miserable que busca desacreditar la herencia cristiana".

El 26.03.2017, domingo, el Papa dice después del ángelus: "Ayer en Almería (España) fueron proclamados beatos José Álvarez- Benavides y de la Torre y cientocatorce compañeros mártires. Estos sacerdotes, religiosos y laicos fueron testigos heroicos de Cristo y de su Evangelio de paz y de reconciliación fraterna. Que su ejemplo y su intercesión sostengan el compromiso de la Iglesia de edificar la civilización del amor".

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Caducidad de la sana laicidad

Será también cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Mientras tanto:

Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. Ya sería mucho. Porque algo es más que nada. Pero, cuando se permite que se presenten las propuestas católicas y luego se imponen normas anticristianas y antihumanas como las que legalizan la muerte de niños en el vientre materno, ¿acaso alguien puede pretender que nos sea lícito a los católicos acatar normas anticristianas y antihumanas? La respuesta establecida por Dios es el non possumus. Ni se obedecen, ni se cumplen. Como decía Canals, no se puede aceptar deportivamente el resultado.

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El bien común y que la ciudad sea cada vez más humana tiene su plenitud y su realización sólo en una «civilización del amor»

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI Plaza de San Carlos de Turín. Domingo, 1 de mayo de 2010 Benedicto XVI sobre la Sábana Santa

«Deseo también alentar el esfuerzo, a menudo difícil, de quien está llamado a administrar el sector público: la colaboración para buscar el bien común y hacer que la ciudad sea cada vez más humana y habitable es una señal de que el pensamiento cristiano sobre el hombre nunca va contra su libertad, sino en favor de una mayor plenitud que sólo encuentra su realización en una «civilización del amor». A todos, en particular a los jóvenes, quiero decir que no pierdan nunca la esperanza, la que viene de Cristo resucitado, de la victoria de Dios sobre el pecado, sobre el odio y sobre la muerte».

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Significado de la fiesta solemne de Cristo Rey explicado en 1928 en la Encíclica «Miserentissimus» por Pío XI, el Papa que instituyó esta fiesta en 1925:

«Al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».

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El reinado del laicismo y del liberalismo se terminará cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

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"La civilización del amor punto de llegada de la historia humana"

"La civilización del amor debe ser el verdadero punto de llegada de la historia humana"
(San Juan Pablo II, 3.11.1991. Homilía en la Parroquia de San Romualdo de Roma. L'Oss. 21.11.91).

La misión y el objetivo de la Iglesia es establecer en la tierra el reinado de Cristo:

"Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia de amor y de paz"
(Misa de la Solemnidad de Cristo Rey que la Iglesia tiene establecida)

San Juan XXIII expresa el objetivo del Concilio Vaticano II diciendo que este Concilio,

«… mientras agrupa las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza en hacer que los hombres acojan con mayor solicitud el anuncio de la salvación, prepara y consolida este camino hacia la unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la ciudad terrenal se organice a semejanza de la Ciudad celeste»
(Discurso pronunciado en la Basílica vaticana el 11-X-1962, en la Inauguración Solemne del Concilio Vaticano II, párrafo 18).

Esto está en la línea de lo que dice san Pío X de la ciudad católica en Notre charge apostolique:

La civilización del amor es la civilización cristiana, la ciudad católica.

«No se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; ...no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: "omnia instaurare in Christo"» (San Pío X , Notre charge apostolique, I, 11)

No se trata de buscar la organización social y política de la vida digna del hombre en la vuelta a la Edad Media, sino en "aquella síntesis de la religión y de la vida", como proclamó el papa Pío XII cuando canonizó a san Nicolás de Flüe. Esa síntesis conseguida parcialmente en la época medieval, desintegrada en la modernidad hasta la descristianización de la sociedad, de la cultura y de la política, que es su deshumanización, es la tarea de todo cristiano, y ha sido alentada constantemente por los últimos Papas y será implantada plenamente por el propio Jesucristo en su reinado.

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He aquí como define la paz el papa Benedicto XVI como paz mesiánica de plenitud traída por Jesucristo, que la ganó para nosotros con su sangre:

"Al derramar su sangre y entregarse a Sí mismo, Cristo trajo la paz que, en el lenguaje bíblico, es síntesis de los bienes mesiánicos y plenitud salvífica extendida a toda la realidad creada". (Catequesis pontificia del miércoles 7.09.2005).

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El papa Benedicto XVI comenta las palabras de san Pablo referentes a la segunda venida de Cristo: "El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor"(1 Ts 4, 16-17).

San Pablo no dice que en el momento de la segunda venida de Cristo morirán todos los habitantes del planeta. Al contrario, distingue dos tiempos y dos situaciones tras la parusía de Cristo. Dice clara y explícitamente que primero resucitarán "los que murieron en Cristo". Y que será "después" cuando serán llevados al cielo los habitantes del planeta. Ese "después", no dice si ocurrirá tras unos instantes -como dicen muchos hoy en día, pero no san Pablo-, o si ocurrirá tras un tiempo más largo, como creían y esperaban la inmensa mayoría de los cristianos hasta el siglo IV, hasta la época de san Agustín y de san Jerónimo, porque así lo encontraban en los textos bíblicos y en la predicación transmitida desde los apóstoles. Después de la alarma sembrada por san Jerónimo, horrorizado porque esto le sonaba a judaizante, sólo una minoría de cristianos católicos lo ha seguido entendiendo así, aunque muchos eclesiásticos también lo han rechazado horrorizados a su vez, porque algunos protestantes decían que el Anticristo era el Papa y que la Gran Ramera de Babilonia era la Roma pontificia. Y así se ha venido sembrando la creencia infundada de que la segunda venida de Cristo trae consigo el fin aniquilador del mundo y de todos sus habitantes.

Por eso no es extraño que Benedicto XVI diga el 12.11.2008 (LEER MÁS), que hoy no es fácil atreverse a orar pidiendo "Ven Señor", ¡Maranà, thà! "¡Ven, Señor Jesús", porque sería creer que se pide la aniquilación de la humanidad ya, y que encima se pide el envío de todos al infierno, porque esa aniquilación total sucedería inmediatamente después de la apostasía casi universal, que esta sí que está profetizada. ¡Cómo atreverse a pedir todo eso! Pero no es eso lo que pedían los primeros cristianos y lo que en el Apocalipsis dice el Espíritu Santo que hay que pedir, que no son peticiones humanas, basadas en creencias de tal o cual eclesiástico.

Se nota que habla inspiradamente por el Espíritu Santo el papa Benedicto XVI cuando dice:

"No nos atrevamos a rezar sinceramente así, sin embargo de una forma justa y correcta podemos decir también con los primeros cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!".
Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte, queremos que acabe este mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto. Pero ¿cómo podría suceder esto sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera, totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor! Ven a tu modo, del modo que tú sabes. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven a los campos de refugiados, en Darfur y en Kivu del norte, en tantos lugares del mundo. Ven donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón, ven y renueva nuestra vida. Ven a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia tuya. En este sentido oramos con san Pablo: ¡Maranà, thà! "¡Ven, Señor Jesús"!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve" (
LEER MÁS).

Esto es hablar como Papa, en concordancia con la Biblia y con la oración inspirada y querida por Dios. Pedir la civilización del amor. El fin, no del mundo, sino el fin y la ruina de la dictadura del relativismo anticristiano del laicismo.

También lo enseña como verdadera esperanza de la Iglesia el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
[Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro].

Jesucristo anunció el reino de Dios y efectivamente vino el reino de Dios que es su Iglesia, nuestra Santa Madre Iglesia Católica Jerárquica, como la denominaba san Ignacio de Loyola, y la Iglesia del siglo XXI celebra la fiesta solemne de Cristo Rey (leer más)

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La devoción al Sagrado Corazón consiste en la reparación y en la consagración. Esto no sólo es la cumbre y síntesis de la virtud de la religión, que es la más alta dentro de la virtud cardinal de la justicia, sino que está enraizado en las tres virtudes teologales. La consagración consiste en hacer, en unión con el Corazón de Jesús en la Eucaristía, lo que Dios quiere, todo lo que Dios quiere, sólo lo que Dios quiere y como Dios quiere. Es la consigna de santa Maravillas de Jesús. Y es la realización del reinado del Corazón de Jesús, en cada uno, para que venga el reinado del Corazón de Jesús a la vida social en plenitud en el futuro, como nos enseñó a pedir Jesús en el padrenuestro, y como la Iglesia enseña a hacer como fórmula del ofrecimiento de obras del Apostolado de la Oración y como fórmula que inserta el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 34). Y es lo que María madre de la Iglesia, madre nuestra nos dice desde las bodas de Caná: «Haced lo que el os diga» (La devoción al Sagrado Corazón de Cristo Rey).

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Como enseñan san Agustín y santo Tomás, la doctrina de la Iglesia es que aunque los que no católicos no están bajo la autoridad de Jesucristo y de su Vicario en cuanto al ejercicio de su autoridad (quantum ad executionem potestatis), todos los hombres les están sometidos en cuanto a su autoridad en sí (quantum ad potestatem), porque Jesucristo murió para redimir a todos, como revela el Espíritu Santo por medio de san Pablo: «el Cristo se ha entregado para la redención de todos».

Esta doctrina nos da también el significado de la proclamación de la realeza universal de Jesucristo mostrando su Sagrado Corazón. La proclamación de Cristo como rey fue el 11 de junio de 1899 con la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús por el papa León XIII. Consagró a todo el género humano al Sagrado Corazón. Incluidos los que no creen en Jesucristo y los que no son miembros de la Iglesia, ni aceptan la autoridad pontificia. Y es que la autoridad de Jesucristo es universal sobre todos los hombres y el Papa, su Vicario en la tierra, tiene esta autoridad sobre todos los hombres en materia de fe y de moral, incluidos los aspectos éticos de la política; pero no la ejerce sobre los que no acatan la autoridad del Papa y de la Iglesia. Más tarde, Pío XI estableció la fiesta solemne de Cristo Rey el 11 de diciembre de 1925 en la encíclica Quas Primas. Y el mismo Papa explica en 1928 su significado en su encíclica Miserentissimus Redemptor:

«Al hacer esto (la institución de la fiesta de Jesucristo Rey), no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».

Esta fiesta solemne de Cristo Rey ha sido situada después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II en el último domingo del año litúrgico, porque cuando fue instituida se situó en el último domingo de octubre.

Cristo es rey, pero su reinado no ha llegado aún a su plenitud y consumación.

Otra cosa es el juicio prudencial sobre la posibilidad del Estado confesional católico. (Leer más)

"El P. Ramière fue quien solicitó de la Sede Apostólica la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, obteniendo del beato Pío IX tan solo la consagración de la Iglesia en 1875. Años después, mediando particular intervención divina, llevaría acabo dicha consagración del género humano S.S. León XIII, declarándola “el acto más importante de nuestro pontificado”, mediante la encíclica Annum Sacrum (1899). El siervo de Dios Pío XII recordaría la resonancia eclesial de dicho acto en su encíclica programática Summi Pontificatus de 1939" (Evaristo Palomar, A los ciento cincuenta años de la obra Apostolado de la Oración de Henri Ramière, 2011).

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La expresión “civilización del amor” fue empleada por primera vez por el Papa beato Pablo VI en Pentecostés de 1970:

"Pentecostés es del mismo modo un acontecimiento que interesa también al mundo profano. Brota de él una nueva sociología, la penetrada de los valores del espíritu, ...la que tiene el sentido de la dignidad de la persona humana, ...la que especialmente tiende resueltamente a superar las divisiones... y a hacer de la humanidad una sola familia de hijos de Dios... Lo que Pentecostés inauguró es la civilización del amor y de la paz" (Beato Pablo VI, Alocución en el rezo del Regina Coeli el 17.05.1970, Domingo de Pentecostés).

Ese mismo día hizo equivalente la expresión, “civilización del amor” y la expresión “civilización cristiana”:

"Pentecostés es la inauguración de la civilización cristiana" (Homilía del papa beato Pablo VI el domingo de Pentecostés, 17 de mayo de 1970, en el 50 aniversario de su ordenación sacerdotal).

Y pidió para los 278 sacerdotes que ordenó en aquella misa un corazón como el de Jesús, un corazón sólo feliz de palpitar con el corazón de Jesús:

Vieni, o Spirito Santo, e dà a questi ministri, dispensatori dei misteri di Dio un cuore nuovo, che ravvivi in essi tutta la educazione e la preparazione che hanno ricevute, che avverta come una sorprendente rivelazione il sacramento da loro ricevuto, e che risponda sempre con freschezza nuova, come oggi, ai doveri incessanti del loro ministero verso il tuo Corpo Eucaristico e verso il tuo Corpo Mistico: un cuore nuovo, sempre giovane e lieto.
Vieni, o Spirito Santo, e dà a questi ministri, discepoli e apostoli di Cristo Signore, un cuore puro, allenato ad amare Lui solo, ch’e Dio con Te e col Padre, con la pienezza, con la gioia, con la profondità, che Egli solo sa infondere, quando è il supremo, il totale oggetto dell’amore d’un uomo vivente della tua grazia; un cuore puro, che non conosca il male se non per definirlo, per combatterlo e per fuggirlo; un cuore puro, come quello d’un fanciullo capace di entusiasmarsi e di trepidare.
Vieni, o Spirito Santo, e dà a questi ministri del Popolo di Dio un cuore grande, aperto alla tua silenziosa e potente parola ispiratrice, e chiuso ad ogni meschina ambizione, alieno da ogni miserabile competizione umana e tutto pervaso dal senso della santa Chiesa; un cuore grande e avido d’eguagliarsi a quello del Signore Gesù, e teso a contenere dentro di sé le proporzioni della Chiesa, le dimensioni del mondo; grande e forte ad amare tutti, a tutti servire, per tutti soffrire; grande e forte a sostenere ogni tentazione, ogni prova, ogni noia, ogni stanchezza, ogni delusione, ogni offesa, un cuore grande, forte, costante, quando occorre fino al sacrificio, solo beato di palpitare col cuore di Cristo, e di compiere umilmente, fedelmente, virilmente la divina volontà. Questa la Nostra preghiera, oggi per voi. Essa si allarga in benedizione per tutta l’assemblea presente, ai vostri compagni, ai vostri maestri, ai vostri parenti specialmente.
Ed ecco giunto il momento dell’azione: la Pentecoste è qui.
(Homilía del papa beato Pablo VI el domingo de Pentecostás, 17 de mayo de 1970, en el 50 aniversario de su ordenación sacerdotal).
http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/homilies/1970/documents/hf_p-vi_hom_19700517_it.html

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El beato Pablo VI explicó el concepto de civilización del amor en la audiencia del 31 de diciembre de 1975:

“Vemos la vicisitud histórica, en la que nos encontramos: y entonces, observando siempre la vida humana, querríamos abrirle vías de mayor bienestar y civilización, animada por el amor, entendiendo por civilización ese conjunto de condiciones morales, civiles y económicas, que permiten a la vida humana una mejor posibilidad de existencia, una razonable plenitud, un feliz destino eterno” (Pablo VI: audiencia del 31 de diciembre de 1975).

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Esta doctrina del beato Pablo VI fue explicada así por Benedicto XVI:

«Además de su íntima unión con toda la doctrina social de la Iglesia, la Populorum progressio enlaza estrechamente con el conjunto de todo el magisterio de Pablo VI y, en particular, con su magisterio social. Sus enseñanzas sociales fueron de gran relevancia: reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según libertad y justicia, en la perspectiva ideal e histórica de una civilización animada por el amor. Pablo VI entendió claramente que la cuestión social se había hecho mundial (Cf. Carta enc. Populorum progressio, 3) y captó la relación recíproca entre el impulso hacia la unificación de la humanidad y el ideal cristiano de una única familia de los pueblos, solidaria en la común hermandad. Indicó en el desarrollo, humana y cristianamente entendido, el corazón del mensaje social cristiano y propuso la caridad cristiana como principal fuerza al servicio del desarrollo. Movido por el deseo de hacer plenamente visible al hombre contemporáneo el amor de Cristo, Pablo VI afrontó con firmeza cuestiones éticas importantes, sin ceder a las debilidades culturales de su tiempo» (Encíclica CARITAS IN VERITATE de Benedicto XVI de 2009 sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, 13).

«La visión del desarrollo como vocación comporta que su centro sea la caridad. En la Encíclica Populorum progressio, Pablo VI señaló que las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad. Después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo. Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen falta «pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí mismo» (Populorum progressio, 20). Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una causa más importante aún que la falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Populorum progressio, 66). Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo VI, presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo del hombre, puso en lo más alto, después de haber mencionado la fe, «la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres».(Encíclica CARITAS IN VERITATE de Benedicto XVI de 2009, 19).

«Estas perspectivas abiertas por la Populorum progressio siguen siendo fundamentales para dar vida y orientación a nuestro compromiso por el desarrollo de los pueblos. Además, la Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de las reformas (Populorum progressio, nn. 3. 29. 32) y pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta urgencia viene impuesta también por la caridad en la verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14). Esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en juego: la necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige tomarla en consideración para comprenderla a fondo y movilizarse concretamente con el «corazón», con el fin de hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas» (Encíclica CARITAS IN VERITATE de Benedicto XVI de 2009, 20).

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San Juan Pablo II desarrolla la enseñanza del beato Pablo VI y proclama que la civilización del amor es el reino del Corazón de Cristo:

La devoción al Corazón de Jesús alimenta la esperanza de que

“sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se establezca la civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo(Juan Pablo II, Mensaje al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Peter Hans Kolvenbach, entregado en la capilla de san Claudio la Colombière de Paray le Monial el 5 de octubre de 1986).

"Una pregunta interpela profundamente nuestra responsabilidad: ¿qué civilización se impondrá en el futuro del planeta? En efecto, de nosotros depende que triunfe la civilización del amor, como solía llamarla Pablo VI, o la civilización que mejor debería llamarse incivilización, del individualismo, el utilitarismo, los intereses opuestos, los nacionalismos exasperados y los egoísmos elevados al rango de sistema. La Iglesia siente la necesidad de invitar a cuantos se interesan de verdad por el destino del hombre y de la civilización a unir sus recursos y su esfuerzo, para construir la civilización del amor. (Ángelus, 13 febrero 1994).

De los escombros de la actual civilización anticristiana hará Jesucristo surgir en la tierra la civilización del amor en su reinado.

"La civilización del amor debe ser el verdadero punto de llegada de la historia humana" (San Juan Pablo II, 3.11.1991).

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El 5 de octubre de 1995 con ocasión del cincuenta aniversario de las Naciones Unidas el papa san Juan Pablo II proclamó la civilización del amor ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York:

«La respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final del siglo es el esfuerzo común por construir la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad. Y el "alma" de la civilización del amor es la cultura de la libertad: la libertad de los individuos y de las naciones, vivida en una solidaridad y responsabilidad oblativas... Cada persona ha sido creada a "imagen y semejanza" de Aquél que es el origen de todo lo que existe. Tenemos en nosotros la capacidad de sabiduría y de virtud. Con estos dones, y con la ayuda de la gracia de Dios, podemos construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad».

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La civilización del amor, anhelo de la humanidad

Catequesis de san Juan Pablo II en la audiencia general centrada en el Cántico «La nueva ciudad de Dios, centro de toda la humanidad» (Isaías 2, 2a.3a.4b).
Miércoles, 4 septiembre 2002

Al final de los días estará firme
el monte de la casa del Señor,
en la cima de los montes,
encumbrado sobre las montañas.

 Hacia él confluirán los gentiles,
caminarán pueblos numerosos.
Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob:

 El nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus sendas;
porque de Sión saldrá la ley,
de Jerusalén, la palabra del Señor".

Será el árbitro de las naciones,
el juez de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven,
caminemos a la luz del Señor
(Isaías 2, 2a.3a.4b).

1. La liturgia diaria de los Laudes, además de los Salmos, propone siempre un Cántico tomado del Antiguo Testamento. Es sabido que, junto al Salterio, auténtico libro de la oración de Israel y después de la Iglesia, existe otra especie de «Salterio» diseminado en las diferentes páginas históricas, proféticas y sapienciales de la Biblia. Se trata de himnos, súplicas, alabanzas e invocaciones que con frecuencia se caracterizan por su gran belleza e intensidad espiritual.

En nuestro recorrido por las oraciones de la Liturgia de los Laudes, nos hemos encontrado ya con muchos de estos cantos que salpican las páginas bíblicas. Ahora tomamos en consideración uno verdaderamente admirable, obra de uno de los máximos profetas de Israel, Isaías, quien vivió en el siglo VIII a. C. Es testigo de horas difíciles vividas por el reino de Judá, pero también es vate de la esperanza mesiánica en un lenguaje poético sumamente elevado.

2. Es el caso del Cántico que acabamos de escuchar y que es colocado casi en apertura de su libro, en los primeros versículos del capítulo 2, precedido por una nota de redacción posterior que dice así: «Visión de Isaías, hijo de Amós, sobre Judá y Jerusalén» (Isaías 2, 1). El himno es concebido por tanto como una visión profética, que describe una meta hacia la que tiende la historia de Israel. No es casualidad el que sus primeras palabras digan: «Al final de los días» (versículo 2), es decir, en la plenitud de los tiempos. Por ello, se convierte en una invitación a no anclarse en el presente, tan mísero, sino a saber intuir en los acontecimientos cotidianos la presencia misteriosa de la acción divina, que conduce la historia hacia un horizonte muy diferente de luz y de paz.

Esta «visión» de sabor mesiánico será retomada ulteriormente en el capítulo 60 del mismo libro, en un escenario más amplio, signo de una nueva meditación sobre las palabras esenciales e incisivas del profeta, proclamadas hace un momento en el Cántico. El profeta Miqueas (Cf. 4,1-3) retomará el mismo himno, si bien con un final diferente (Cf. 4, 4-5) diferente al del oráculo de Isaías (Cf. Isaías 2, 5).

3. En el centro de la «visión» de Isaías surge el monte Sión, que se elevará figuradamente por encima de los demás montes, al ser habitado por Dios y, por tanto, lugar de contacto con el cielo (Cf. 1Reyes 8, 22-53). De él, según el oráculo Isaías 60, 1-6, saldrá una luz que romperá y deshará las tinieblas y hacia él se dirigirán procesiones de pueblos desde todo rincón de la tierra.

Este poder de atracción de Sión se funda en dos realidades que se derivan del monte santo de Jerusalén: la Ley y la Palabra del Señor. Constituyen, en verdad, una realidad única, que es manantial de vida, de luz y de paz, expresiones del misterio del Señor y de su voluntad. Cuando las naciones llegan a la cumbre de Sión, donde se eleva el templo del Señor, entonces tiene lugar ese milagro que la humanidad espera desde siempre y por el que suspira. Los pueblos dejan caer las armas de las manos, que son recogidas después para ser fraguadas en instrumentos pacíficos de trabajo: las espadas son transformadas en arados, las lanzas en podaderas. Surge, así, un horizonte de paz, de «shalôm» (Cf. Isaías 60, 17), como se dice en hebreo, término muy utilizado por la teología mesiánica. Cae finalmente el telón sobre la guerra y sobre el odio.

4. El oráculo de Isaías termina con un llamamiento, en la línea con la espiritualidad de los cantos de peregrinación a Jerusalén: «Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor» (Isaías 2, 5). Israel no debe quedarse como espectador de esta transformación histórica radical; no puede dejar de escuchar la invitación que resuena en la apertura en los labios de los pueblos: «Venid, subamos al monte del Señor» (versículo 3).

También nosotros, los cristianos, somos interpelados por este Cántico de Isaías. Al comentarlo, los Padres de la Iglesia del siglo IV y V (Basilio Magno, Juan Crisóstomo, Teodoreto de Ciro, Cirilo de Alejandría) veían su cumplimiento en la venida de Cristo. Por consiguiente, identificaban en la Iglesia «el monte de la casa del Señor..., encumbrado sobre las montañas» del que salía la Palabra del Señor y al que se dirigían los pueblos paganos, en la nueva era de paz inaugurada por el Evangelio.

5. El mártir san Justino, en su «Primera Apología», escrita en torno al año 153, proclamaba la actuación del versículo del Cántico que dice: «de Jerusalén saldrá la palabra del Señor» (Cf. versículo 3). Escribía: «De Jerusalén salieron hombres para el mundo, doce; eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias a la potencia de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido salvados por Cristo para enseñar a todos los pueblos la Palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, ahora ya no sólo no combatimos contra los enemigos, sino que para no mentir ni engañar a quienes nos someten a interrogatorios, morimos de buena gana confesando a Cristo» («Primera Apología» –«Prima Apologia»–, 39, 3: «Los apologetas griegos» –«Gli apologeti greci»–, Roma 1986, p. 118).

Por este motivo, de manera particular, los cristianos recogemos el llamamiento del profeta y tratamos de echar los cimientos de esa civilización del amor y de la paz en la que ya no haya guerra «ni muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Apocalipsis 21, 4).

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La nueva síntesis de fe y vida, el reinado de Dios, en las enseñanzas del papa san Juan Pablo II

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Benedicto XVI: "Debemos ayudarnos unos a otros como hermanos para construir la civilización del amor"

Queridos hermanos y hermanas:

Ocho días después de la solemnidad de su Asunción al cielo, la liturgia nos invita a venerar a la santísima Virgen María con el título de «Reina». Contemplamos a la Madre de Cristo coronada por su Hijo, es decir, asociada a su realeza universal, tal como la representan muchos mosaicos y cuadros. También esta memoria cae este año en domingo, cobrando una luz mayor gracias a la Palabra de Dios y a la celebración de la Pascua semanal. En particular, el icono de la Virgen María Reina encuentra una confirmación significativa en el Evangelio de hoy, donde Jesús afirma: «Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 30). Se trata de una típica expresión de Cristo, referida varias veces por los Evangelistas, con fórmulas parecidas, pues evidentemente refleja un tema muy arraigado en su predicación profética. La Virgen es el ejemplo perfecto de esta verdad evangélica, es decir, que Dios humilla a los soberbios y poderosos de este mundo y enaltece a los humildes (cf. Lc 1, 52).

La pequeña y sencilla muchacha de Nazaret se ha convertido en la Reina del mundo. Esta es una de las maravillas que revelan el corazón de Dios. Naturalmente la realeza de María depende totalmente de la de Cristo: él es el Señor, a quien, después de la humillación de la muerte en la cruz, el Padre ha exaltado por encima de toda criatura en los cielos, en la tierra y en los abismos (cf. Flp 2, 9-11). Por un designio de la gracia, la Madre Inmaculada ha sido plenamente asociada al misterio del Hijo: a su encarnación; a su vida terrena, primero oculta en Nazaret y después manifestada en el ministerio mesiánico; a su pasión y muerte; y por último a la gloria de la resurrección y ascensión al cielo. La Madre compartió con el Hijo no sólo los aspectos humanos de este misterio, sino también, por obra del Espíritu Santo en ella, la intención profunda, la voluntad divina, de manera que toda su existencia, pobre y humilde, fue elevada, transformada, glorificada, pasando a través de la «puerta estrecha» que es Jesús mismo (cf. Lc 13, 24). Sí, María es la primera que pasó por el «camino» abierto por Cristo para entrar en el reino de Dios, un camino accesible a los humildes, a quienes se fían de la Palabra de Dios y se comprometen a ponerla en práctica.

En la historia de las ciudades y de los pueblos evangelizados por el mensaje cristiano son innumerables los testimonios de veneración pública, en algunos casos incluso institucional, de la realeza de la Virgen María. Pero hoy queremos sobre todo renovar, como hijos de la Iglesia, nuestra devoción a Aquella que Jesús nos ha dejado como Madre y Reina. Encomendamos a su intercesión la oración diaria por la paz, especialmente allí donde más golpea la absurda lógica de la violencia, para que todos los hombres se persuadan de que en este mundo debemos ayudarnos unos a otros como hermanos para construir la civilización del amor. Maria, Regina pacis, ora pro nobis!

Después del Ángelus

Saludo a los peregrinos de lengua española y los invito a pedir por la Iglesia, extendida de oriente a occidente, para que sea fiel al mandato que el Señor le encomendó de llevar la luz del Evangelio a todas las naciones. Por intercesión de la Virgen María, a quien invocamos como Reina y Señora nuestra, supliquemos a Cristo Jesús, su divino Hijo, que sean cada vez más los que dediquen su vida a esta hermosa misión, siendo testigos de su amor, de palabra y con el propio ejemplo. Muchas gracias.
(Benedicto XVI
, Ángelus, Palacio Apostólico de Castelgandolfo. Domingo 22 de agosto de 2010)

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Significado de la fiesta solemne de Cristo Rey: Pío XI, el Papa que instituyó esta fiesta en 1925, explica en 1928 su significado en su Encíclica «Miserentissimus»:

«Al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».

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El reinado del laicismo y del liberalismo se terminará cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II (Nostrae Aetate, 4)

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Esta confesionalidad de todos los pueblos y de su organización política autonómica, nacional y mundial excluye taxativamente cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política.

Y esta confesionalidad excluye también taxativamente la intolerancia religiosa. Todo lo contrario: por ser una virtud la tolerancia, aunque es posible practicarla con las fuerzas humanas, que lo sea de hecho siempre y generalizadamente por todos los pueblos y sus autoridades sólo es posible con los medios que aporta la Iglesia, y la aceptación de estos medios, en particular la autoridad de la Iglesia en materias morales como infalible, es lo que define a los estados confesionales.

De lo que se trata es de "la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II". Ser católicos y obrar en consecuencia, en la esfera privada y en la pública, individual y colectivamente, cada persona y la sociedad.

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La conexión del hombre con Dios es la base de las relaciones humanas, la separación de Dios es el origen de toda inhumanidad personal y social.

Esta síntesis de la religión y de la vida fue proclamada insistentemente por el papa san Juan Pablo II, porque es tema permanente y esencial de la misión de la Iglesia y fue explicada también frecuentemente por Canals (Francisco Canals Vidal) especialmente en la revista Cristiandad de Barcelona.

Dice Canals, por ejemplo: "Si la quiebra del sentido común, y la desintegración del orden natural resultante de ella, han servido poderosamente a la pérdida de la fe y de la vida cristiana en nuestro tiempo, hay que reconocer también que son una enfermedad a cuyo contagio hemos sido especialmente propicios como efecto de la quiebra de aquella «síntesis de la religión y de la vida», que define el ideal de la civilización cristiana, y que presidió la génesis de la Cristiandad occidental" (Francisco Canals Vidal: Política española: pasado y futuro. Barcelona.1977. Pág.11).

Véase en el mismo libro (pág. 201) una amplia exposición de este tema clave en el trabajo de Canals publicado inicialmente en la revista Cristiandad de Barcelona en 1952, Sobre la organización política de la Cristiandad medieval. En este trabajo, explica la distinción entre el retorno a la Edad Media, que no es de lo que se trata, y "el retorno a Dios y al orden establecido por Dios", que es la tesis católica y "aquello en que puede el mundo hallar la única garantía de la paz". También explica ahí las causas desencadenantes de la crisis final de la Edad Media. Cita previamente del espléndido libro de Penella de Silva, My dear Mister Truman estas ideas: "El orden medieval nunca se derrumbó; se esfumó nada más, y muy lentamente... Y por cierto que, desaparecido este orden, no apareció nada que lo sustituyera. Desde entonces y hasta hoy nuestra civilización no ha conocido otro" (p. 203). Y, después, dice Canals al final de este artículo: "Primeramente las pasiones y ambiciones de los emperadores de Franconia y bien pronto el apoyo prestado al naciente absolutismo cesarista en Occidente por los legistas, causaron, al enfrentar la cabeza temporal de la Cristiandad con el Pontificado, el comienzo de la ruina de aquel ideal unitario del mundo cristiano. Esta fue fundamentalmente la tragedia de la Edad Media" (p. 210).

Aquel orden medieval, Penella de Silva dice que lo "debemos valorar como un bosquejo útil". La Cristiandad futura es lo bosquejado en la Cristiandad medieval.

El papa Pío XII explicó que aquella síntesis realizada en la Edad Media, aunque imperfectamente, entre la religión y la vida, se ha disgregado, desintegrado, hasta convertirse en "desconcierto" y producir la "antítesis" de "la profesión del ateísmo más absoluto". La civilización y la cultura van así a la autodestrucción, este es el pronóstico que sigue a ese diagnóstico. Y la solución es la siempre actual síntesis de la religión y de la vida. Esto es lo que vino Cristo a traer y lo que dejó como misión de la Iglesia, no sólo lo sobrenatural propio de su divinidad, sino la inserción de lo sobrenatural, de lo divino, en lo natural humano. Para redimirlo, para sanarlo, para humanizarlo. Y para divinizarlo, para sobrenaturalizarlo, para darle valor de vida eterna. Para habilitar a cada hombre para ir al cielo. Cristianizar también la sociedad para que pueda cumplir el deber de acatar a Dios como tal colectivamente, y porque esto, el reino de Dios en lo personal, en lo social y en lo político, es el bien del hombre, porque creará así el ambiente apropiado para que cada persona pueda llevar una vida cristiana, y por lo tanto, y sólo así, plenamente humana, y porque de ahí vendrá el florecimiento y la fructificación de la civilización y de la cultura en su máximo esplendor terreno. Esta síntesis de la vida humana individual y colectiva y de la vida divina, en la tierra, será realizada en el reinado de Cristo, que Él mismo implantará por su amor ardiente expresado en su Sagrado Corazón.

La tarea de todo cristiano es realizar la síntesis de la religión y de la vida en sí mismo ante todo y, consiguientemente, porque el bien es difusivo, contribuir a su realización en su prójimo, en toda la sociedad y en todos los aspectos de la vida social y política. Debe configurar su vida con Cristo prioritariamente, y, en consecuencia, pero al mismo tiempo, procurar la misma configuración con Cristo en la vida de su prójimo y en todos los aspectos de la civilización y de la cultura de su época. Si los cristianos de la Edad Media lograron el desarrollo de su civilización al cristianizarla, aunque imperfectamente, la sociedad cristiana no es algo exclusivamente medieval. La humanización de la vida es el objetivo de todas las épocas, y la cristianización es siempre la clave de la civilización. Así lo expresó en 1947 Pío XII en la indicada ocasión de la canonización de san Nicolás de Flüe ante los peregrinos suizos que honraban a su compatriota:

"¿Caéis en la cuenta, amados hijos de la hora presente y de la dolorosa antítesis que ofrece a nuestros ojos? De una parte nosotros, que cantamos la gloria de los santos de la Edad Media, de aquellos santos que han realizado en sí mismos, en la unidad de la religión y de la vida, la «devoción a Dios», y de la otra, en el polo opuesto, una parte excesivamente grande del Mundo llevando a la práctica la «devoción al Mundo», la idolatría del Mundo hasta la negación de Dios, hasta la profesión del ateísmo más absoluto.
¿Cuál será prácticamente la solución en lo que a vosotros concierne, vosotros que vivís en medio de este desconcierto de los más altos valores espirituales y morales? ¿La vuelta a la Edad Media? Nadie ha soñado con eso: pero sí la vuelta a aquella síntesis de la religión y la vida. Ésta de ningún modo fue un monopolio de la Edad Media: supera infinitamente todas las contingencias y es siempre actual, porque es la clave de arco de toda civilización; el alma que ha de vivificar toda cultura, so pena de que se destruya con sus propias manos y se precipite en el abismo de la malicia humana, que ante sus pasos se abre desde el momento en que con la apostasía comienza a separarse de Dios" (Pío XII, 16.05.1947. Cristiandad, Barcelona, tomo IV, 1947, p. 301).

El maligno enemigo, Satanás, lo que intenta es la disgregación, deshacer aquella síntesis de fe y vida. A veces, violentamente como dragón; a veces, suavemente como serpiente. La descendencia de la serpiente enfrentada a la descendencia de la mujer, es decir, enemiga siempre de la humanidad, intensifica en nuestra época el intento de la disgregación.

También fue denunciado ese intento por Pío XII:

«El "enemigo" se encuentra por todas partes y en medio de todos. Sabe ser violento y taimado. En estos últimos siglos ha intentado llevar a cabo la disgregación intelectual, moral, social de la unidad del organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un "enemigo" que cada vez se ha hecho más concreto, con una despreocupación que deja atónitos todavía: Cristo, sí; Iglesia, no. Después: Dios, sí; Cristo, no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más aún, Dios no ha existido jamás. Y he aquí la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como a principales responsables de la amenaza que gravita sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios. El "enemigo" se ha preparado y se prepara para que Cristo sea un extraño en la universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de la justicia, en la actividad legislativa, en la inteligencia entre los pueblos, allí donde se determina la paz o la guerra» (Pío XII. Discurso en el XXX Aniversario de la Acción Católica Italiana, 12-10-1952).

El Papa siguiente, san Juan XXIII, insiste en la misma denuncia con fuertes palabras. Y caracteriza a nuestra época por este intento de excluir a Dios del orden temporal y lo califica de insensato, si lo que se quiere es que el orden temporal prospere:

"La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso, sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios; y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre, esto es, obstaculizando y, si posible fuera, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y arrancado lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen (Sal 127, 1)" (San Juan XXIII. Mater et magistra, 15.05.1961, n. 217).

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Aunque hay eclesiásticos que renuncian al reinado del Corazón de Jesús en las instituciones y en las leyes, la Iglesia proclama el reinado social Corazón de Jesús y que llegará a su plenitud en el futuro, y no sólo en lo más íntimo de las personas.

Han pasado de aquel chusco "dice el Espíritu Santo y dice bien", a rectificarle al Sagrado Corazón por haber dicho: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes », para convertirlo en políticamente correcto, diciendo en 2007 en Bilbao que debemos entender que dijo "con no menos veneración que en otras partes", y decir ya en 2009 en los folletos de Valladolid que «Bernardo escuchó de Jesús la Promesa de que "reinaría en España y con no menos veneración que en otras partes", en la acción de gracias de la Misa del 14 de mayo de 1733». Es simplemente falso que el beato Bernardo de Hoyos oyera eso, lo que oyó fue: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes», el día de la Ascensión, jueves, 14 de mayo de 1733.

La renovada en 2009 Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús realizada en 1919 se dirige al Corazón de Jesucristo para decirle: "Vos vinisteis a la tierra a establecer el reino de Dios en la paz de las almas ...y en la dicha de los pueblos que se rijan por vuestra santa Ley; ... de Vos reciben eficacia y sanción todas las leyes justas, en cuyo cumplimiento estriba el imperio del orden y de la paz.... Reinad en los corazones..., en el seno de los hogares, ...en las aulas..., y en nuestras leyes e instituciones patrias".