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La devoción al Sagrado Corazón de Cristo Rey

La devoción al Sagrado Corazón consiste en la reparación y en la consagración. Esto no sólo es la cumbre y síntesis de la virtud de la religión, que es la más alta dentro de la virtud cardinal de la justicia, sino que está enraizado en las tres virtudes teologales. La consagración consiste en hacer, en unión con el Corazón de Jesús en la Eucaristía, lo que Dios quiere, todo lo que Dios quiere, sólo lo que Dios quiere y como Dios quiere. Es la consigna de santa Maravillas de Jesús. Y es la realización del reinado del Corazón de Jesús, en cada uno, para que venga el reinado del Corazón de Jesús a la vida social en plenitud en el futuro, como nos enseñó a pedir Jesús en el padrenuestro, y como la Iglesia enseña a hacer como fórmula del ofrecimiento de obras del Apostolado de la Oración y como fórmula que inserta el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 34). Y es lo que María, madre de la Iglesia, madre nuestra, nos dice desde las bodas de Caná: «Haced lo que el os diga».

Y forma parte de la doctrina pontificia la enseñanza de que el culto al Sagrado Corazón de Jesús integra la consagración y no menos la reparación. Y que la reparación consiste a su vez en expiar nuestros pecados por razón de justicia y en consolar a Jesús por razón de amor. (nº 10)

Así lo enseña Pío XI en la Miserentissimus Redemptor (nn, 5 y 10):

"Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación".

"Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo".

"¿Cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo» (In Ioan. tr.XXVI 4).

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas» (Is 53,5) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio» (Is 5). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo (Lc 22,43) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (Sal 68,21).

El consuelo, tal como el propio Jesús pide, es decirle a cada momento que le queremos y que le damos las gracias. La gratitud, como enseña santo Tomás de Aquino, tiene una primera parte que es el reconocimiento del bien recibido. Santa Teresa enseña que para hacer oración un buen método es ir considerando los pasos de la Pasión. De contemplar a Jesús sufriendo por nosotros, puede arrancar nuestro amor por Él, que es lo más alto y principal que se puede hacer y conseguir en esta vida y en la otra. Y que es lo que Jesús nos dice con ansia suplicante que necesita de nosotros.

Santa Teresa del Niño Jesús hizo el objetivo de su vida consolar al Sagrado Corazón de Jesús:

“Quiero trabajar por vuestro solo Amor, con el único objeto de agradaros, de consolar a vuestro Sagrado Corazón y de salvar las almas que os amarán eternamente” (Acto de ofrenda al amor misericordioso).

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La Iglesia de la época del Concilio Vaticano II y del siglo XXI tiene como festividades con categoría de solemnidad tanto la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, como la fiesta de Cristo Rey. Esta última, además ha sido situada después de dicho concilio en el último domingo del año litúrgico; cuando en 1925 fue instituida se situó en el último domingo de octubre. Es escandaloso que haya eclesiásticos que se nieguen a difundir el significado de ambas solemnidades. Combatir por omisión la devoción a un santo es no sentir con la Iglesia. Pero combatir por omisión la difusión del reinado de Cristo en cada persona y en la sociedad, y la devoción al Sagrado Corazón de Cristo Rey, o reducirla al ámbito individual y de jaculatorias, es hacer algo similar a lo que hacen los lefebrianos, pero mucho peor en grado, es combatir al Sagrado Corazón de Jesús y a Cristo Rey. La Iglesia tiene y mantiene la fiesta del Sagrado Corazón con rango de solemnidad y la fiesta de Cristo Rey con rango de solemnidad. Y lex orandi es rex credendi. Lo que está en las celebraciones litúrgicas expresa la fe de la Iglesia. El prefacio de la misa de la solemnidad de Cristo Rey está literalmente en el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 36). Los lefebrianos dicen todavía repudiar el texto del Concilio Vaticano II y más aún lo hacen los que repudian la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y lo que expresa la solemnidad de Cristo Rey tal como lo indica la Iglesia en la liturgia de la misa de dicha solemnidad, y en los textos conciliares y pontificios:

Significado de la fiesta solemne de Cristo Rey: Pío XI, el Papa que instituyó esta fiesta en 1925, explica en 1928 su significado en su Encíclica «Miserentissimus»:

«Al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».

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El reinado del laicismo y del liberalismo se terminará cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II (Nostrae Aetate, 4)

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Esta confesionalidad de todos los pueblos y de su organización política autonómica, nacional y mundial excluye taxativamente cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política.

Y esta confesionalidad excluye también taxativamente la intolerancia religiosa. Todo lo contrario: por ser una virtud la tolerancia, aunque es posible practicarla con las fuerzas humanas, que lo sea de hecho siempre y generalizadamente por todos los pueblos y sus autoridades sólo es posible con los medios que aporta la Iglesia, y la aceptación de estos medios, en particular la autoridad de la Iglesia en materias morales como infalible, es lo que define a los estados confesionales.

De lo que se trata es de "la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II". Ser católicos y obrar en consecuencia, en la esfera privada y en la pública, individual y colectivamente, cada persona y la sociedad.

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Caducidad de la sana laicidad

Será también cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Mientras tanto:

Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. Ya sería mucho. Porque algo es más que nada. Pero, cuando se permite que se presenten las propuestas católicas y luego se imponen normas anticristianas y antihumanas como las que legalizan la muerte de niños en el vientre manterno, ¿acaso alguien puede pretender que nos sea lícito a los católicos acatar normas anticristianas y antihumanas? La respuesta establecida por Dios es el non possumus. Ni se obedecen, ni se cumplen. Como decía Canals, no se puede aceptar deportivamente el resultado.

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Aunque hay eclesiásticos que renuncian al reinado del Corazón de Jesús en las instituciones y en las leyes, la Iglesia proclama el reinado social Corazón de Jesús y que llegará a su plenitud en el futuro, y no sólo en lo más íntimo de las personas.

Han pasado de aquel chusco "dice el Espíritu Santo y dice bien", a rectificarle al Sagrado Corazón por haber dicho: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes », para convertirlo en políticamente correcto, diciendo en 2007 en Bilbao que debemos entender que dijo "con no menos veneración que en otras partes", y decir ya en 2009 en los folletos de Valladolid que «Bernardo escuchó de Jesús la Promesa de que "reinaría en España y con no menos veneración que en otras partes", en la acción de gracias de la Misa del 14 de mayo de 1733». Es simplemente falso que Bernardo de Hoyos oyera eso, lo que oyó fue: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes », el día de la Ascensión, jueves, 14 de mayo de 1733.

Las noticias optimistas del Evangelio vienen también en el Apocalipsis

La renovada en 2009 Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús realizada en 1919 se dirige al Corazón de Jesucristo para decirle: "Vos vinisteis a la tierra a establecer el reino de Dios en la paz de las almas ...y en la dicha de los pueblos que se rijan por vuestra santa Ley; ... de Vos reciben eficacia y sanción todas las leyes justas, en cuyo cumplimiento estriba el imperio del orden y de la paz.... Reinad en los corazones..., en el seno de los hogares, ...en las aulas..., y en nuestras leyes e instituciones patrias".

La masonería amenazó a Alfonso XIII y éste consagró España al Sagrado Corazón en 1919

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El Sagrado Corazón de Jesús en las enseñanzas del papa Benedicto XVI

Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno
Toda persona necesita tener un "centro" de su vida: Cristo, corazón del mundo
Os invito a renovar durante el mes de junio vuestra devoción al Corazón de Cristo
También la tradicional oración de ofrecimiento de la jornada y teniendo presentes las intenciones que propuse a toda la Iglesia (Benedicto XVI, Angelus, 1.06.2008).

El Papa Benedicto XVI afirmó ahí que el Corazón de Cristo es símbolo de la fe cristiana, es la síntesis de la Encarnación y de la Redención, es el manantial de la bondad y de la verdad, es la expresión de la buena nueva del amor, es palpitación de una presencia en que se puede confiar.

BENEDICTO XVI ÁNGELUS

Domingo, 1 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, que coincide con el inicio de junio, me complace recordar que este mes está dedicado tradicionalmente al Corazón de Cristo, símbolo de la fe cristiana particularmente apreciado tanto por el pueblo como por los místicos y teólogos, porque expresa de modo sencillo y auténtico la "buena nueva" del amor, resumiendo en sí el misterio de la Encarnación y de la Redención.

El viernes pasado celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tercera y última de las fiestas que siguen al tiempo pascual, después de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión nos hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu, que Dios mismo guía. En efecto, desde el horizonte infinito de su amor, Dios quiso entrar en los límites de la historia y de la condición humana, tomó un cuerpo y un corazón, de modo que pudiéramos contemplar y encontrar lo infinito en lo finito, el Misterio invisible e inefable en el Corazón humano de Jesús, el Nazareno.

En mi primera encíclica, sobre el tema del amor, el punto de partida fue precisamente la mirada puesta en el costado traspasado de Cristo, del que habla san Juan en su evangelio (cf. Jn 19, 37; Deus caritas est, 12). Y este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que fue objeto de mi segunda encíclica.

Toda persona necesita tener un "centro" de su vida, un manantial de verdad y de bondad del cual tomar para afrontar las diversas situaciones y la fatiga de la vida diaria. Cada uno de nosotros, cuando se queda en silencio, no sólo necesita sentir los latidos de su corazón, sino también, más en profundidad, el pulso de una presencia fiable, perceptible con los sentidos de la fe y, sin embargo, mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo. Por tanto, os invito a cada uno a renovar durante el mes de junio vuestra devoción al Corazón de Cristo, valorando también la tradicional oración de ofrecimiento de la jornada y teniendo presentes las intenciones que propuse a toda la Iglesia.

La liturgia no sólo nos invita a venerar al Sagrado Corazón de Jesús, sino también al Inmaculado Corazón de María. Encomendémonos siempre a ella con gran confianza. Invoco una vez más la intercesión materna de la Virgen en favor de las poblaciones de China y Myanmar, azotadas por calamidades naturales, y en favor de cuantos atraviesan las numerosas situaciones de dolor, enfermedad y miseria material y espiritual que marcan el camino de la humanidad.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

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Don Braulio Rodríguez Plaza, tras la toma de posesión, el 21.06.2009, como arzobispo de Toledo, Primado de España, viajó a Roma donde, el día 29 de junio de 2009, en la Santa Misa de la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo, recibió de manos de Benedicto XVI el Palio Arzobispal. Se estrenó en el cargo impartiendo el lunes 22 de junio de 2009 la conferencia "El Sagrado Corazón de Jesús en el Magisterio de Benedicto XVI".

La presencia real de Cristo en la Eucaristía demostrada por la muerte de Cristo

El Cuerpo de Cristo, realmente presente en el pan consagrado en la misa, es Su Cuerpo resucitado, pero del que no se han borrado las huellas de su pasión y muerte en la cruz al entregarse por nosotros. Es Cuerpo entregado al martirio por nosotros. Y Su Sangre, realmente presente también en el pan y en el vino consagrados, es Sangre derramada por nosotros.

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La doctrina del Reino de Cristo es la carta magna de Cristo Rey que vive en el cielo y gobierna y quiere gobernar a los hombres para darles la felicidad verdadera y para unirlos en la paz, en la justicia, en el amor (Orlandis)

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"Sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo"
(Benedicto XVI, 15.05.2006, Carta sobre el culto al Corazón de Jesús, repitiendo las palabras de san Juan Pablo II de 5.10.1986, Insegnamenti, vol. IX/2, 1986, p. 843).

Significado de de la fiesta solemne de Cristo Rey: Pío XI, el papa que instituyó esta fiesta en 1925, explica su significado en su Encíclica «Miserentissimus»:

«Al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».



Primera imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón diseñada por el P. Chevalier en que el Niño Jesús señala a su Madre como a quien invocar para recibir las gracias de su Corazón.