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La fiesta de Cristo Rey

Jesucristo anunció el reino de Dios y efectivamente vino el reino de Dios que es su Iglesia, nuestra Santa Madre Iglesia Católica Jerárquica, como la denominaba san Ignacio de Loyola.

Aunque ciertamente, como explica Canals (en el Curso de teología de la Balmesiana 2001-2002, 3º. 1, Obras Completas, Vol 4A, pág 623), hay una sutil y misteriosa distinción entre Iglesia y Reino de Dios es sólo una distinción conceptual o de razón que no invalida la indisoluble unidad entre Iglesia y Reino de Dios, ni hace "que el Reino de Dios sea una cosa y la Iglesia sea otra". Porque la Iglesia es la reunión de los convocados por Dios en torno a su Hijo para recibir el anuncio del Reino de Dios y el mandato de propagarlo. Y es ya Reino de Dios como semilla y comienzo; y lo es para instaurar el Reino de Dios en las personas y en la sociedad en todas sus dimensiones de manera que se rijan por la voluntad de Dios.
Dos conceptos distintos:
uno el concepto de Iglesia como reunión por la voluntad divina para recibir el anuncio del Reino de Dios y comenzar a propagarlo; y otro el concepto de Reino de Dios como realización progresiva de la voluntad de Dios en todas las cosas personales y sociales.

Fue el Papa san Juan Pablo II el que enseñó esta distinción meramente conceptual entre Iglesia y Reino de Dios y a la vez su indisoluble unión entre ambos y con Cristo:

La Iglesia "no es fin para sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos. Cristo ha dotado a la Iglesia, su Cuerpo, de la plenitud de los bienes y medios de salvación; el Espíritu Santo mora en ella, la vivifica con sus dones y carismas, la santifica, la guía y la renueva sin cesar (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4)".
(Encíclica Redemptoris Missio, 18).

Y, con la autoridad del Papa san Juan Pablo II, se dejó claro que es contario a la fe católica hablar del "Reino", silenciando a Cristo, obviando la redención y menospreciando a la Iglesia:

"Al considerar la relación entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso de «determinadas concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el Reino ... dejan en silencio a Cristo ... no dicen nada sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia ... Estas tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación que Cristo y la Iglesia tienen con el Reino de Dios".
(Declaración Dominus Iesus, 19, redactada por la Congregación para la doctrina de la Fe y ratificada por el Papa san Juan Pablo II).

En cuya Declaración se añade que

"por lo tanto, se debe también tener en cuenta que el Reino interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero" (ib.);

mientras reitera la indisolubilidad entre el Reino de Dios, Jesucristo y la Iglesia:

«El Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia... Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el Reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano e ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27); asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia..., a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos».
(Declaración Dominus Iesus, 18, que añade en la nota 73: "El Reino es tan inseparable de Cristo que, en cierta forma, se identifica con él").

"La misión de la Iglesia es «anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino»".
(Conc. Vat. II. Lumen gentium, 5.
Dominus Iesus, 18).

El Reino de Dios tiene una dinámica de implantación progresiva:

"El Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse" (Redemptoris Missio, 15).

Por otra parte, enseña santa Teresa del Niño Jesús, como doctora de la Iglesia que es:

"La Iglesia es Reina, pues es tu Esposa, oh, divino Rey de reyes..." (Historia de un Alma, Manuscrito B, 4rº).

Y la Iglesia del siglo XXI celebra la fiesta solemne de Cristo Rey.

La Iglesia de la época del Concilio Vaticano II y del siglo XXI tiene como festividades con categoría de solemnidad tanto la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, como la fiesta de Cristo Rey. Esta última, además ha sido situada después de dicho Concilio en el último domingo del año litúrgico, porque cuando fue instituida en 1925 se situó en el último domingo de octubre. Es escandaloso que haya eclesiásticos que se nieguen a difundir el significado de ambas solemnidades. Combatir por omisión la devoción a un santo es no sentir con la Iglesia. Pero combatir por omisión la difusión del reinado de Cristo en cada persona y en la sociedad, y la devoción al Sagrado Corazón de Cristo Rey, o reducirla al ámbito individual y de jaculatorias, es hacer algo similar a lo que hacen los lefebvrianos. La Iglesia tiene y mantiene la fiesta del Sagrado Corazón con rango de solemnidad y la fiesta de Cristo Rey con rango de solemnidad. Y lex orandi es lex credendi. Lo que está en las celebraciones litúrgicas expresa la fe de la Iglesia. El que combate por omisión al Sagrado Corazón de Jesús y a Cristo Rey hace algo del tipo de los lefebvrianos, pero mucho peor en grado. El prefacio de la misa de la solemnidad de Cristo Rey está literalmente en el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 36). Los lefebvrianos dicen todavía repudiar el texto del Concilio Vaticano II; y, más aún, lo hacen los que repudian la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y lo que expresa la solemnidad de Cristo Rey tal como lo indica la Iglesia en la liturgia de la misa de dicha solemnidad, y en los textos conciliares y pontificios.

Canals cita allí mismo el nº 541 del Catecismo de la Iglesia de 1992, donde "siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II se habla con precisión del reino de Dios y de la relación misteriosa que tiene con la Iglesia" (Canals, ib., pág 622).

Dice ese texto del nº 541 del Catecismo:

"El Reino de Dios está cerca"
"Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos" (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es "elevar a los hombres a la participación de la vida divina" (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el comienzo de este Reino" (LG 5).

Significado de la fiesta solemne de Cristo Rey: Pío XI, el Papa que instituyó esta fiesta en 1925, explica en 1928 su significado en su Encíclica Miserentissimus Redemptor:

«Al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».

Porque todavía no ejerce Jesús en su plenitud su realeza en la tierra:

"Al presente, no vemos todavía que le esté sometido todo" (Heb 2,8).

Y dice este Catecismo en su nº 671, que tembién cita Canals allí mismo:

"El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra".

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El reinado del laicismo y del liberalismo se terminará cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II (Nostrae Aetate, 4)

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Esta confesionalidad de todos los pueblos y de su organización política autonómica, nacional y mundial excluye taxativamente cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política.

Esta confesionalidad excluye también taxativamente la intolerancia religiosa. Todo lo contrario: por ser una virtud la tolerancia, aunque no es imposible para el hombre, que de hecho se practique siempre y generalizadamente por todos los pueblos y sus autoridades sólo es posible con los medios que aporta la Iglesia; y la aceptación de estos medios, en particular la autoridad de la Iglesia en materias morales como infalible, es lo que define a los estados confesionales.

De lo que se trata es de "la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II". Ser católicos y obrar en consecuencia, en la esfera privada y en la pública, individual y colectivamente, cada persona y la sociedad.

Caducidad de la sana laicidad

Será también cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Mientras tanto:

Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. Ya sería mucho. Porque algo es más que nada. Pero, cuando se permite que se presenten las propuestas católicas y luego se imponen normas anticristianas y antihumanas como las que legalizan la muerte de niños en el vientre manterno, ¿acaso alguien puede pretender que nos sea lícito a los católicos acatar normas anticristianas y antihumanas? La respuesta establecida por Dios es el non possumus. Ni se obedecen, ni se cumplen. Como decía Canals, no se puede aceptar deportivamente el resultado.

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La devoción al Sagrado Corazón consiste en la reparación y en la consagración. Esto no sólo es la cumbre y síntesis de la virtud de la religión, que es la más alta dentro de la virtud cardinal de la justicia, sino que está enraizado en las tres virtudes teologales. La consagración consiste en hacer, en unión con el Corazón de Jesús en la Eucaristía, lo que Dios quiere, todo lo que Dios quiere, sólo lo que Dios quiere, porque Dios quiere y cuando y como Dios quiere. Es la consigna de santa Maravillas de Jesús. Y es la realización del reinado del Corazón de Jesús, en cada uno, para que venga el reinado del Corazón de Jesús a la vida social en plenitud en el futuro, como nos enseñó a pedir Jesús en el padrenuestro, y como la Iglesia enseña a hacer como fórmula del ofrecimiento de obras del Apostolado de la Oración y como fórmula que inserta el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 34). Y es lo que María, madre de la Iglesia, madre nuestra, nos dice desde las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga».

En la misma encíclica Miserentissimus Redemptor, que dice que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es suma de la religión, también dice que es la "la norma de vida más perfecta" (nº 3), y se inserta la cita de santo Tomás de Aquino en la que refiere a Dios todas las obras y no sólo el culto como núcleo de la santidad:

"La pureza, pues, es necesaria para que nuestra mente se una a Dios. Porque la mente humana se mancha al alearse con las cosas inferiores, como se ensucia cualquier materia al mezclarse con otra más vil; por ejemplo, la plata con el plomo. Es preciso, según esto, que nuestra mente se separe de las cosas inferiores para que pueda unirse al ser supremo. De ahí el que sin pureza no haya unión posible de nuestra mente con Dios. Por eso se nos dice en la carta a los Heb 12,14: Procurad tener paz con todos y santidad de vida, sin la cual nadie podrá ver a Dios. También se exige firmeza para la unión de nuestra mente con Dios. Se une a El, en efecto, como a su último fin y a su primer principio, extremos que necesariamente están dotados de la máxima inmovilidad. Por eso dice el Apóstol en Rom 8,38-39: Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida me separarán del amor de Dios. Así, pues, se llama santidad a la aplicación que el hombre hace de su mente y de sus actos a Dios. No difiere, por tanto, de la religión en lo esencial, sino tan sólo con distinción de razón. Se le da, en efecto, el nombre de religión por servir a Dios como debe en lo que se refiere especialmente al culto divino, como en los sacrificios, oblaciones o cosas similares; y el de santidad, porque el hombre refiere a Dios, además de eso, las obras de las demás virtudes, o en cuanto que, mediante obras buenas, se dispone para el culto divino".
(Santo Tomás de Aquino, S. Th. II-II q.81, a.8c. ).

Aunque hay eclesiásticos que renuncian al reinado del Corazón de Jesús en las instituciones y en las leyes, la Iglesia proclama el reinado social Corazón de Jesús y que llegará a su plenitud en el futuro, y no sólo en lo más íntimo de las personas; siendo por cierto la primordial la dimensión personal del reinado del Sagrado Corazón de Jesús, el Verbo hecho carne; y siendo el reinado del Corazón de Jesús en todas las almas la base del reinado del Corazón de Jesús en todas las naciones. Pues como enseña san Agustín en la Ciudad de Dios:

"De que hay unos que viven según la carne y otros según el espíritu, se han originado dos ciudades diversas y contrarias entre sí... Con claridad meridiana escribe san Pablo a los de Corinto: «Habiendo entre vosotros celos y discordias, ¿no es claro que sois carnales y vivís según el hombre?» (I Cor 3,3). Luego proceder según el hombre es igual a ser carnal... Poco antes había llamado [hombres] animales a los mismos que ahora llama [hombres] carnales. Dice así: «... El hombre animal no puede hacerse capaz de las cosas que son del Espíritu de Dios, pues para todos son necedad» (I Cor 2, 11-14)".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 4. BAC, 1958, págs. 928-929).

"Siendo tantos y tan grandes los pueblos diseminados por todo el orbe de la tierra... no forman más que dos géneros de sociedad humana, que podemos llamar, conformándonos con nuestras Escrituras, dos ciudades. Una es la de los hombres que quieren vivir según la carne, y otra la de los que quieren vivir según el espíritu".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. I. BAC, 1958, pág. 921).

"Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial. La primera se gloría en sí misma, y la segunda, en Dios; porque aquella busca la gloria de los hombres, y esta tiene por máxima gloria a Dios, testigo de su conciencia. Aquella se engríe en gloria, y ésta dice a su Dios: "Tú, mi gloria..." (Sal 3,4)... En aquella, sus sabios, que viven según el hombre... se desvanecieron en sus pensamientos y su necio corazón se oscureció... En esta, en cambio, no hay sabiduría humana, sino piedad, que funda el culto legítimo al Dios verdadero, en espera del premio en la ciudad de los santos... «con el fin de que Dios sea todo en todas las cosas»." (I Cor 15,28).
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 28. BAC, 1958, pág. 985-986 ).

San Agustín aclara que vivir según la carne, no es solamente vivir según el cuerpo humano o simplemente según los deseos sexuales, sino que es vivir según sí propio, según uno mismo, porque Satanás no tiene cuerpo carnal y es el jefe y modelo de obrar según la carne:

"No se hizo semejante al diablo el hombre por tener carne, de que carece el diablo; sino por vivir según él mismo, es decir, según el hombre. También el diablo quiso vivir según él mismo, cuando no se mantuvo en la verdad. Y de este modo habló mentira, no de Dios, sino de sí propio, que no sólo es mendaz, sino el padre de la mentira".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 3. BAC, 1958, pág. 927).

"Cuando el hombre vive según el hombre y no según Dios, es semejante al diablo. Porque ni el ángel debe vivir según el ángel, sino según Dios, para mantenerse en la verdad y hablar la verdad que viene de Dios; no la mentira que nace de sí mismo... Cuando el hombre vive según la verdad, no vive según él mismo, sino según Dios".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 4. BAC, 1958, pág. 927).

"El hombre no fue creado recto para vivir según él mismo, sino según su Hacedor, esto es para hacer la voluntad de Dios antes que la suya. No vivir como su condición exigía que viviera, eso es la mentira".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 4. BAC, 1958, pág. 928).

San Pablo mismo dice con todas las letras que ser carnal es vivir según el hombre:

«Habiendo entre vosotros celos y discordias, ¿no es claro que sois carnales y vivís según el hombre?»
(I Cor 3,3).

Vivir según uno mismo es estar sometido al imperio de Satanás. Intentar compatibilizar vivir según Dios y vivir según uno mismo es autoengañarse y darle entrada a Satanás para que domine e impere. No es ya vivir según Dios.

El imperio de Satanás también es sobre la sociedad, pero conviene insistir en que su raíz más profunda y más sometedora es el sometimiento de cada persona humana a vivir según ella misma y no según Dios. Y vivir según uno mismo lleva a odiar a Dios.

El imperio de Satanás es todo sistema que impone vivir y obrar según uno mismo, como si Dios no existiera. Todo sistema políticamente correcto en la modernidad y en la posmodernidad. Es el imperio de las estructuras de pecado cada vez más ineludiblemente dominantes hoy en lo estatal, en lo económico, en lo cultural, en lo social y en lo personal.

El mismo san Agustín explica que la base de la dimensión social del imperio de Satanás está en que hay quienes viven según la carne, es decir, vivir según sí propio. Y basa el reino de Dios, la ciudad de Dios, en que hay otros que viven según el espíritu, es decir, según Dios; y en eso mismo explica que está la contraposición y enfrentamiento entre ambas sociedades humanas o ciudades humanas.

También san Pedro explica y anuncia que llegará la vida en espíritu, la vida según la voluntad de Dios:

Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha roto con el pecado, para vivir ya el tiempo que le quede en la carne, no según las pasiones humanas, sino según la voluntad de Dios.
(I P 4,1-2).

Hasta a los muertos se ha anunciado la Buena Nueva, para que, condenados en carne según los hombres, vivan en espíritu según Dios.
(I P 4,6).

Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios.
Si alguno habla, sean palabras de Dios; si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén
(I P 4,10-11).

San Pedro nos exhorta también a alegrarnos de participar en los sufrimientos de Cristo, para que disfrutemos de la manifestación de su gloria. Y porque es una dicha ser injuriados por llevar el nombre de Cristo, [profresarnos cristianos]:

Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria.
Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el "Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros".
(I P 4,13-14).

Explica, exhorta y anuncia proféticamente.

Cuando la falsedad del ateísmo práctico y la mentira de vivir como si Dios no existiera, sean evidenciadas por Jesús, el Verbo hecho carne, con su Parusía, su segunda venida gloriosa, su manifestación gloriosa, como cuerpo glorioso, no visible más que cuando Él quiera, (como después de su Resurrección y hasta su Ascensión), entonces caerá por su base todo lo considerado políticamente correcto en la modernidad y posmodernidad, y el hombre se verá libre de las estructuras de pecado.

Entonces, sobre las ruinas del imperio de Satanás, el hombre, así liberado, podrá, mediante la gran efusión de gracia que se iniciará con la Parusía, recibir el mensaje liberador de la misericordia infinita del amor divino expresado en el Sagrado Corazón de Jesús, el evangelio, la buena noticia de que ya es un hecho para todos, por esa misericordia divina, la recepción del reino de Dios, el reinado de Jesús, el Verbo hecho carne, que por darnos el bien de su reinado se dejó matar en los más atroces sufrimientos físicos morales y espirituales.

Y posibilitada la reanudación eficaz de la cristianización de todos, serán también cristianizadas, mediante esa gran efusión de gracia, las estructuras sociales y políticas. Cuando reine Jesús en todos los corazones, reinará en la sociedad.

Claro que para vivir del todo según Dios y nada según uno mismo hay que sufrir.

«Querer amar a Dios sin sufrir por su amor no es más que una ilusión».
(Carta nº 108. A la Hermana Joly, del 28 de agosto de 1689. Vida y obras de Santa Margarita María Alacoque publicadas por J. Mª Sáenz de Tejada, S. I. 2ª ed, 1948. Pág. 397).

"Nunca debe, quien al cielo aspira, buscar otro camino que la cruz"
(Autobiografía, 5. Vida y obras de Santa Margarita María Alacoque publicadas por J. Mª Sáenz de Tejada, S. I. 2ª ed, 1948. Pág. 449, pág. 122).

No basta con la vida cristiana dulcita y blandita que se solía difundir ad usum delphini, sino aceptar todos los sufrimientos que Dios quiera que se tengan, mortificarse con los sufrimentos de las privaciones; e incluso, imitando a los santos, pedir más sufrimientos, y darle las gracias por los que nos conceda, porque el amor ha de ser obviamente verdadero, es decir, amor con locura, como el que nos tiene Jesús, el Verbo hecho carne.

Y para ello hay que hablar seriamente con Él y recordarle nuestra incapacidad para sufrir nada y que es preciso que nos dé su gracia, porque vamos a pedirle que reine del todo en nosotros, a toda costa y a todo riesgo, que es lo más sensato.

Porque el placer es un obstáculo para que reine el Sagrado Corazón de Jesús, como explica santa Margarita María:

"No olvido a la otra persona de quien me habláis en vuestra carta. Pero el Sagrado Corazón de Nuestro Señor reinará con dificultad en el suyo, porque en él hace reinar con exceso el placer.
(Carta nº 38. A la Madre Saumaise, 1685. Vida y obras de Santa Margarita María Alacoque publicadas por J. Mª Sáenz de Tejada, S. I. 2ª ed, 1948. Pág. 277).

Sin total entrega personal al reinado del Sagrado Corazón no hay reinado social, sino imperio de Satanás en casi todas las almas y en la sociedad

Por eso enseña santa Teresa del Niño Jesús, como doctora de la Iglesia, que el amor al Sagrado Corazón había de ser personal, en contraste con la corriente dominante:

“Pide mucho al Sagrado Corazón. Tú sabes que yo no veo el Sagrado Corazón como todo el mundo. Pienso que el Corazón de mi Esposo es para mí sola, como el mío es para Él solo, y le hablo entonces en la soledad de este delicioso corazón a corazón esperando contemplarlo un día cara a cara”.
(Carta de 14 octubre 1890 de santa Teresa de Lisieux a su hermana Celina con motivo de una peregrinación de ésta a Paray-le-Manial).

Se proclamaba, sin total entrega personal, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como bandera; y su reinado social. Pero ha sobrevenido el retroceso y el eclipse total de esta devoción, la descristianización y el imperio de Satanás en la sociedad y en casi todas las almas, menos en un pequeño resto. En Alemania el 9%; en Navarra, menos: el 8'9%; en Barcelona, menos aún; en Guipúzcoa mucho menos todavía.

Pero ya el propio Jesús, el Verbo hecho carne, le había reiterado a sor María del Divino Corazón que el verdadero núcleo de esta devoción era la unión personal con Él:

"Una vez, hablando de este mismo asunto de las comuniones, dijo que su deseo había sido establecer el culto de su Divino Corazón, y que ahora que este culto exterior estaba introducido por sus apariciones a la bienaventurada Margarita María y extendido por todas partes, Él quería también que el culto interno se estableciese más y más; es decir, que las almas se habituasen a unirse cada vez más con Él interiormente y a ofrecerle sus corazones como morada".
(Soeur Marie du Divin Coeur, Luis Chasle, cap. VIII, pg. 240, ed. 1925, París).

Cuando, mediante la futura gran efusión de gracia, se consagren todos al Sagrado Corazón y cumplan con lo que requiere dicha consagración, se realizará plenamente el reinado social de Jesucristo:

"Saludamos la aurora de aquel ansiado día en que la soberanía de Jesucristo será de todos reconocida"
"Si todas las familias se consagrasen al divino Corazón, y cumpliesen las obligaciones de tal consagración, estaría asegurado el reinado de Jesucristo en la sociedad":
"Nuestro espíritu se abre hoy a la esperanza de que nuestro tiempo, aunque oprimido por infinitas miserias, encuentre su salvación en una más dócil correspondencia a quienes continúan el apostolado de la B. Alacoque. Alabemos a Dios contemplando caídos para siempre en el universal desprecio los ataques que anteriormente los pretendidos sabios osaban lanzar contra la doctrina que revindica para el Corazón de Jesús el culto debido a cualquier miembro de una Persona divina. Alabemos a Dios contemplando cómo se ha aumentado extraordinariamente el número de las congregaciones que tienen por titular al Corazón de Jesús. Suba a Dios nuestra alabanza por los prodigios de caridad que, en unión y por los méritos del Corazón divino, llevan a cabo intrépidos misioneros en páramos lejanos, o tímidas religiosas en cercanos hospitales. Pero de modo especialísimo y con acentos del más vivo agradecimiento, alabemos a Dios contemplando la admirable difusión que hoy ha alcanzado la obra tan santa de la consagración de las familias cristianas al Corazón de Jesús. Si todas las familias se consagrasen al divino Corazón, y si todas cumpliesen las obligaciones que lleva consigo tal consagración, estaría asegurado el reinado de Jesucristo en la sociedad. Y ¿no hemos de alegrarnos al ver puesta la causa de un efecto tan admirable? Nos alegramos tanto de ello, que Nos place deducir de ahí menos lejano el día de la canonización de la B. Alacoque. Si a ésta, en efecto, ha de seguir una más conveniente difusión del culto al Sagrado Corazón, ¿quién no acelerará con el deseo y el trabajo la extensión de este magnífico culto? Por la aurora se vislumbra el mediodía, y Nos, que en la bien recibida práctica de la consagración de las familias al Sagrado Corazón, saludamos la aurora de aquel ansiado día en que la soberanía de Jesucristo será de todos reconocida, repetimos con exultación confiada la palabra de S. Pablo: «Es preciso que él reine» (1 Cor 15, 25)".
(
Alocución de Benedicto XV de 6 de enero de 1918 al aprobar dos milagros de la beata Margarita María de Alacoque • CRISTIANDAD, nn 887 - 888. Jun - Jul 2005. Pág. 10).

 

Como decía el padre Orlandis, «cuanto más dista el mundo de la plena realización del ideal católico, cuanto mayores son las exigencias malaventuradas de la hipótesis, más necesario es conservar puro y vivo en la mente y en el corazón este ideal, y profesarlo públicamente».

El problema es convertir la hipótesis en tesis como hace el catolicismo liberal y algunos o muchos eclesiásticos que lo siguen, y alaban la situación de la Iglesia en las naciones en que se vive en la hipótesis, y combaten y menosprecian a los que aun hoy en día osan hablar del ideal.

Eso es lo que hace que la doctrina del mal menor pase a tener una dinámica que es una estructura de pecado.

Y sólo un Estado confesional atenderá la petición de la Iglesia de libertad religiosa para los que profesen otra religión, aunque es de ley de natural la libertad religiosa.


El Concilio Vaticano II proclamó con seguridad: "La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad
la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Han pasado de aquel chusco "dice el Espíritu Santo y dice bien", a rectificarle al Sagrado Corazón por haber dicho: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes », para convertirlo en políticamente correcto, diciendo en 2007 en Bilbao que debemos entender que dijo "con no menos veneración que en otras partes", y decir ya en 2009 en los folletos de Valladolid que «Bernardo escuchó de Jesús la Promesa de que "reinaría en España y con no menos veneración que en otras partes", en la acción de gracias de la Misa del 14 de mayo de 1733». Es simplemente falso que Bernardo de Hoyos oyera eso, lo que oyó fue: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes», el día de la Ascensión, jueves, 14 de mayo de 1733.

 

La renovada en 2009 Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús realizada en 1919 se dirige al Corazón de Jesucristo para decirle: "Vos vinisteis a la tierra a establecer el reino de Dios en la paz de las almas ...y en la dicha de los pueblos que se rijan por vuestra santa Ley; ... de Vos reciben eficacia y sanción todas las leyes justas, en cuyo cumplimiento estriba el imperio del orden y de la paz.... Reinad en los corazones..., en el seno de los hogares, ...en las aulas..., y en nuestras leyes e instituciones patrias".

La masonería amenazó a Alfonso XIII, pero éste consagró España al Sagrado Corazón en 1919

Don Braulio Rodríguez Plaza, tras su toma de posesión, el 21.06.2009, como arzobispo de Toledo, Primado de España, viajó a Roma donde, el día 29 de junio de 2009, en la Santa Misa de la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo, recibió de manos de Benedicto XVI el Palio Arzobispal. Se estrenó en el cargo impartiendo el lunes 22 de junio de 2009 la conferencia "El Sagrado Corazón de Jesús en el Magisterio de Benedicto XVI".

La presencia real de Cristo en la Eucaristía demostrada por la muerte de Cristo

El Cuerpo de Cristo, realmente presente en el pan consagrado en la misa, es Su Cuerpo resucitado, pero del que no se han borrado las huellas de su pasión y muerte en la cruz al entregarse por nosotros. Es Cuerpo entregado al martirio por nosotros. Y Su Sangre, realmente presente también en el pan y en el vino consagrados, es Sangre derramada por nosotros.

La parusía en la predicación de san Pablo

"El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor" (1 Ts 4, 16-17).

San Pablo no dice que en el momento de la segunda venida de Cristo morirán todos los habitantes del planeta. Al contrario, distingue dos tiempos y dos situaciones tras la parusía de Cristo. Dice clara y explícitamente que primero resucitarán "los que murieron en Cristo". Y que será "después" cuando serán llevados al cielo los habitantes del planeta. Ese "después", no dice si ocurrirá tras unos instantes -como dicen muchos hoy en día, pero no san Pablo-, o si ocurrirá tras un tiempo más largo, como creían y esperaban la inmensa mayoría de los cristianos hasta el siglo IV, hasta la época de san Agustín y de san Jerónimo, porque así lo encontraban en los textos bíblicos y en la predicación transmitida desde los apóstoles. Después de la alarma sembrada por san Jerónimo, horrorizado porque esto le sonaba a judaizante, sólo una minoría de cristianos católicos lo ha seguido entendiendo así, aunque muchos eclesiásticos también lo han rechazado horrorizados a su vez, porque algunos protestantes decían que el Anticristo era el Papa y que la Gran Ramera de Babilonia era la Roma pontificia. Y así se ha venido sembrando la creencia infundada de que la segunda venida de Cristo trae consigo el fin aniquilador del mundo y de todos sus habitantes.

El papa Benedicto XVI comenta las palabras de san Pablo (1 Ts 4, 16-17) referentes a la segunda venida de Cristo. (Benedicto XVI, Audiencia general, 12 de noviembre de 2008)

No es extraño que Benedicto XVI diga el 12.11.2008 (LEER MÁS), que hoy no es fácil atreverse a orar pidiendo "Ven Señor", ¡Maranà, thà! "¡Ven, Señor Jesús", porque sería creer que se pide la aniquilación de la humanidad ya, y encima tras la previa e inmediata apostasía, que sería inmediatamente seguida de esa aniquilación total y por lo tanto de enviar a todos al infierno. ¡Cómo atreverse a pedir todo eso! Pero no es eso lo que pedían los primeros cristianos y lo que en el Apocalipsis dice el Espíritu Santo que hay que pedir, que no son peticiones humanas, basadas en creencias de tal o cual eclesiástico.

Al final, habla inspiradamente inspirado por el Espíritu Santo el Papa cuando dice:

"No nos atrevamos a rezar sinceramente así, sin embargo de una forma justa y correcta podemos decir también con los primeros cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!".
Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte, queremos que acabe este mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto. Pero ¿cómo podría suceder esto sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera, totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor! Ven a tu modo, del modo que tú sabes. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven a los campos de refugiados, en Darfur y en Kivu del norte, en tantos lugares del mundo. Ven donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón, ven y renueva nuestra vida. Ven a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia tuya. En este sentido oramos con san Pablo: ¡Maranà, thà! "¡Ven, Señor Jesús"!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve" (
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Esto es hablar como Papa, en concordancia con la Biblia y con la oración inspirada y querida por Dios. Pedir la civilización del amor. El fin, no del mundo, sino el fin y la ruina de la dictadura del relativismo anticristiano del laicismo.

También lo enseña el Concilio Vaticano II como verdadera esperanza de la Iglesia:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

La civilización del amor de la que hablaban proféticamente inspirados por Dios, actuando como papas, san Pablo VI y san Juan Pablo II y como habla el propio Benedicto XVI es el Reinado del Corazón de Jesús, que será inaugurado el día de la segunda venida de Cristo. De ese día habla reiteradamente la Biblia y muy en especial san Pablo. Y no trae la aniquilación de la gente que habite entonces la Tierra, sino que Cristo traerá en su segunda venida la eliminación del sistema anticristiano e inhumano que oprime a la gente. La civilización del amor la traerá Cristo en su segunda venida. Tras la ruina del imperio de Satanás producida por la segunda venida de Cristo, surgirá el Reino de Cristo en el que reinará pese a todos los que se le oponen, como dijo Él mismo:

"Reinaré a pesar de mis enemigos".

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La civilización del amor es el reinado social del Sagrado Corazón de Jesucristo en la tierra::
El primero que introdujo esta expresión "Civilización del amor" fue el papa san Pablo VI en 1970, el que la desarrolló fue el papa san Juan Pablo II..

La beata María del Divino Corazón recibió en el Convento del Buen Pastor de Münster el hábito blanco de la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor el mismo día y a la misma hora que, en Francia, en el Carmelo de Lisieux, santa Teresa del Niño Jesús recibió el hábito religioso marrón de carmelita.