.Legitimismo tradicional frente a legitimismo absolutista ilustrado y liberal...LA DEMOCRACIA TRADICIONAL FRENTE A LA DEMOCRACIA ABSOLUTA ...Las excepciones liberales a la democracia....Artículos....INDEX

La legitimidad de ejercicio y la de origen y la democracia tradicional

La exigencia de la legitimidad de ejercicio, además de la de origen, procede del carlismo y fue formulada por la princesa de Beira, segunda esposa del rey carlista Carlos V de Borbón, para descartar al rey carlista Juan III, que era heredero legítimo del trono carlista, pero se había hecho liberal, y eso le hacía carecer de legitimidad de ejercicio. Así fue proclamado rey del trono carlista Carlos VII, que además de ser el heredero legítimo, tenía como política la tradición política española.

La legitimidad de ejercicio consiste en actuar al gobernar y al votar según las normas objetivas de moralidad, cognoscibles con nuestra razón natural, que es falible, pero que la Iglesia enseña con autoridad infalible y proporciona los medios para obrar en consecuencia, por lo que la legitimidad de ejercicio se cimenta en reverenciar a Dios y obedecer la autoridad de su Iglesia en los aspectos éticos de ese actuar de gobernantes y votantes.

Un gobierno democrático es aquel en que los gobernantes actúan según la moral natural enseñada por la Iglesia (legitimidad de ejercicio); y dichos gobernantes han sido elegidos con la participación de todo el pueblo eligiendo y votando según la moral natural enseñada por la Iglesia (legitimidad de origen).

El mejor gobierno según santo Tomás es el que une las ventajas de los tres sistemas simples aceptables, monarquía, aristocracia y democracia. Como él dice, el mejor gobierno es el bien combinado de monarquía, en cuanto a que uno ejerce el gobierno según la moral enseñada por la Iglesia; de aristocracia, en cuanto a que ese monarca se ayuda para gobernar de los gobernantes mejores, que ejercen el gobierno según la moral enseñada por la Iglesia; y de democracia, en cuanto a que esos gobernantes mejores [y el propio monarca] son elegidos [según la moral enseñada por la Iglesia] de entre el pueblo y por el pueblo.

"Para la buena ordenación de gobernantes en un Estado o nación, hay que tener en cuenta dos cosas. Una de ellas es que todos tengan alguna participación en el gobierno: pues por esto se conserva la paz del pueblo, y todos aman tal sistema político y lo custodian, como se dice en la Política (II, 6, 5). La otra es que se atienda a la especie de régimen o de sistema de gobierno. De la cual hay diversas especies, recopiladas por el Filósofo en la Política (III, 5, 2.4), siendo las principales: la monarquía, en la que uno gobierna según la virtud; y la aristocracia, que es la potestad de los mejores, en la que unos pocos gobiernan según la virtud. De donde la mejor ordenación de gobernantes en un Estado o reino es aquella en la que uno está al mando según la virtud y a todos dirige; y bajo él hay algunos gobernantes según la virtud; y sin embargo tal gobierno pertenece a todos, tanto porque todos son elegibles, como porque todos son también electores. Tal es pues el mejor sistema político, el bien combinado de monarquía, en cuanto uno dirige; de aristocracia, en cuanto muchos gobiernan según la virtud; y de democracia, esto es, potestad del pueblo, en cuanto del pueblo se pueden elegir gobernantes, y al pueblo corresponde la elección de los gobernantes". (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 105, 1 c).

Y debe ser según la virtud, esta elección por el pueblo de los gobernantes, según la moral enseñada por la Iglesia, una elección buscando el bien común:

"El gobierno político (politia) sólo es apto para las naciones sabias y virtuosas", dice santo Tomás en De regimine principum. Politia designa ahí el gobierno de la multitud cuando es justo (De regimine principum, 1,1).

Con el nombre genérico de politia designaba santo Tomás en De regimine principum, 1,1 el gobierno de la multitud cuando es justo; en la Suma, admite ya la palabra democracia para designar la participación del pueblo en el poder en el mejor sistema político, en el que la moralidad es la base.

No sólo para que haya democracia debe haber moralidad, sino para que haya pueblo que elija a los gobernantes que gobiernen honradamente para el bien común. En el concepto de pueblo entra el derecho y la búsqueda del bien común, como afirma santo Tomás utilizando una expresión de Cicerón que emplea también san Agustín:

"Pueblo es la asamblea de la muchedumbre, reunida en conformidad con el derecho y con miras al bien común" (S. Th., 1-2, 105, 2c).

También san Agustín considera indispensable la moralidad del pueblo para la elección de cargos por sufragio universal, como vemos en este pasaje que cita igualmente santo Tomás:

"Si un pueblo es moderado y sensato, diligentísimo guardián de la utilidad común, es justo establecer una ley que permita a tal pueblo elegir los magistrados por los que se administren los asuntos públicos. Pero si ese mismo pueblo maleado poco a poco, bastardea el sufragio y entrega el gobierno a criminales y pervertidos, con justicia se le puede quitar a tal pueblo la potestad de dar los cargos, y entregarla al albedrío de unos pocos buenos". (De libero arbitrio, libro I, capítulo 6, Migne Latino 32,1229. Citado por santo Tomás en: S. Th., 1-2, 97, 1c).

Cuán semejante a los latrocinios son los reinos sin justicia
Sin la virtud de la justicia, ¿qué son los reinos sino unos execrables latrocinios? Y éstos, ¿qué son sino unos reducidos reinos? Estos son ciertamente una junta de hombres gobernada por su príncipe la que está unida entre si con pacto de sociedad, distribuyendo el botín y las conquistas conforme a las leyes y condiciones que mutuamente establecieron. Esta sociedad, digo, cuando llega a crecer con el concurso de gentes abandonadas, de modo que tenga ya lugares, funde poblaciones fuertes, y magnificas, ocupe ciudades y sojuzgue pueblos, toma otro nombre más ilustre llamándose reino, al cual se le concede ya al descubierto, no la ambición que ha dejado, sino la libertad, sin miedo de las vigorosas leyes que se le han añadido; y por eso con mucha gracia y verdad respondió un corsario, siendo preso, a Alejandro Magno, preguntándole este rey qué le parecía cómo tenía inquieto y turbado el mar, con arrogante libertad le dijo: y ¿qué te parece a ti cómo tienes conmovido y turbado todo el mundo? Mas porque yo ejecuto mis piraterías con un pequeño bajel me llaman ladrón, y a ti, porque las haces con formidables ejércitos, te llaman rey. (San Agustín La Ciudad de Dios, Libro 4, Cap 4).

El sentido de la democracia en santo Tomás es tal que considera que, en un pueblo libre, que puede establecer sus propias leyes (un pueblo que, como ha dicho antes, vive según la moral, porque no ha sido maleado):

"Si la muchedumbre es libre de modo que puede hacer sus leyes, más es el consenso de la multitud entera en la observancia de algo, manifestado en la costumbre, que la autoridad del príncipe, que no tiene potestad de establecer la ley, sino como gestor de la multitud. De donde aunque las personas individuales no pueden legislar, el conjunto de todo el pueblo sí puede establecer leyes" (S. Th. 1-2, 97, 3 ad 3).

En un pueblo así (un pueblo que vive según la moral, no maleado), la aprobación de las leyes le corresponde a la totalidad de la población o a sus representantes:

"La ley propiamente dicha, en primer lugar y principalmente se ordena al bien común. Ahora bien, ordenar algo al bien común corresponde, o bien a la población entera, o bien al gestor que la representa. Por consiguiente, legislar atañe o bien a la población entera, o bien a la persona pública que tiene el cuidado de la población entera. Porque en todo género de cosas, ordenarlas a su fin corresponde a quien tiene ese fin como algo propio" (S. Th. 1-2, 90, 3c).

Para esta formulación, santo Tomás se apoya en la que san Isidoro en Las Etimologías (5, 10) pone como procedimiento legislativo, y que ya estaba incluida en el Decreto de Graciano, según la cual la aprobación de la ley corresponde a los dirigentes y a la plebe juntos:

"Ley es una constitución del pueblo, por la cual los magnates conjuntamente con la plebe sancionan algo" (S. Th. 1-2, 90, 3 sed contra).

Y en el sistema de santo Tomás, no hay inconveniente en que el propio monarca sea elegido, según la moral enseñada por la Iglesia, por el pueblo y de entre el pueblo, porque en dicho sistema

La monarquía hereditaria sólo es mejor per accidens; per se, es mejor que sea electiva, para que gobierne el mejor:

"Per se semper melius est assumi regem per electionem quam per successionem: sed per successionem melius per accidens. Primum patet sic. Melius est assumi principantem illo modo, quo per se contingit ipsum accipi meliorem; sed per electionem contingit assumi meliorem quam per successionem generis, quia melior ut in pluribus invenitur in tota multitudine quam sit unus. Et electio per se est appetitus ratione determinatus. Tamen per accidens est melius assumere principantem per generis successionem, quia in electione contingit esse dissensionem inter eligentes. Iterum quandoque eligentes mali sunt; et ideo contingit quod eligant malum. Utrumque autem istorum malum est in civitate. Iterum consuetudo dominandi multum facit ad hoc quod aliquis subiiciatur alteri; et ideo regnante patre assuescunt filii subiici, quia patri ideo inclinantur ad hoc ut subiiciantur ei. Iterum valde durum et extraneum est, quod ille qui est hodie aequalis alicui cras dominetur et sit princeps illi; et ideo per accidens melius est principantem assumi per successionem generis quam per electionem".
(Sententia libri Politicorum. Expositio Sancti Thomae librorum Politicorum desinit in libro III lectione VI. Eam tamen retulit et usque ad finem pertraxit Petrus de Alvernia. Continuatio a Petro de Alvernia. Petrus de Alvernia, In Politic. continuatio, libro 3, lectione 14, n. 16)

La mayor ventaja que santo Tomás de Aquino atribuye a que la monarquía sea hereditaria es que le parece que al monarca se le respetará más y se le obedecerá mejor si viene rodeado del prestigio reverencial de una familia o dinastía real, que si es uno de tantos hasta ser elegido rey. Pero las dinastías reales nos exhiben su desprestigio y plebeyez constantemente, mientras que en la primera y única superpotencia actual han sabido rodear de prestigio y de mítico respeto al monarca electivo que tienen al frente.