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Dios elimina nuestros pecados y hace que nuestra alma quede y sea como nueva

Jesús es de verdad y del todo el cordero de Dios que quita los pecados.

Dios no sólo perdona nuestros pecados, sino que su misericordia es aún mayor. Al perdonarnos por la sangre de Jesús, hace como si nuestros pecados nunca hubieran existido; es como si olvidase nuestros pecados.

El demonio en cambio siempre está recordando nuestros pecados y culpabilizándonos de ellos.

Es el acusador que está permanentemente acusándonos ante Dios.

Nos culpabiliza incluso de nuestras tendencias y hasta de nuestras tentaciones.

Lo mismo hacen los que san Juan Pablo II denominaba "maestros de la sospecha". Estos nos culpabilizan hasta de lo aberrante que dicen que tenemos en el subconsciente y de los intereses egoístas que dicen que nos arrastran inevitablemente por tener un nivel económico y pertenecer como consecuencia forzosa, según ellos, a una clase

Hay muchos más pequeños acusadores además de los ideólogos aludidos por el santo Papa. Son los que nos culpabilizan por el pasado por remoto que sea y por removido que haya sido. Incluso por hechos de los antepasados. "¿Quién pecó?, ¿éste o sus padres?", le decían ya a Jesús.

Y hasta exigen que pidamos perdón colectivamente por hechos de generaciones de otros siglos.

Que les pidamos perdón. Se suben al carro de los supuestamente damnificados hace siglos y exigen que les pidamos perdón a ellos los que no nos subimos aún a ese carro.

Se olvidan lo que les dijo José, hijo de Jacob, a sus hermanos que le pedían perdón por haberle vendido como esclavo:

"José les respondió: «No temáis ¿soy yo acaso Dios?»". (Gen 49,19).

Es que de eso se trata desde el principio, cuando el demonio no se sometió. Y todo el que hace su voluntad, en vez de la de Dios, suplanta a Dios.

En todo protestantismo, y hasta en su influencia sobre el anglicanismo, queda la huella de la idea de Lutero de que el pecador sigue siendo pecador, pero que Dios no tiene en cuenta su pecado, sino que ve al pecador recubierto por los méritos de Cristo que Dios le atribuye y a los que mira, si el pecador tiene fe. Como un montón de estiércol recubierto por una nevada, dice Lutero. El estiércol sigue ahí, pero lo que se ve es todo blanco por la blancura de la nieve, que es lo que miramos.

Lutero acusaba a la Iglesia de que creía que los pecados se quitaban por las obras humanas.

En realidad la Iglesia católica enseña que es la gracia de Dios lo que salva y que la misericordia de Dios es aún mucho más todopoderosa de lo que se creía Lutero, porque no sólo encubre al pecador, sino que le quita el pecado, lo sana. El hombre no es estiércol por mucho que se haya manchado en el estiércol; y queda limpio y sano por la gracia y, por lo tanto, capacitado para hacer obras buenas y no abocado a seguir pecando. Y así le son exigibles las buenas obras y es responsable, porque es libre. Ha quedado liberado. Ya no es un pecador. Y es como si nunca lo hubiera sido.

San Juan Pablo II define la libertad como la liberación de las coacciones del mal.

A Chesterton lo que al final le decidió a hacerse católico fue precisamente que en la Iglesia católica se enseña que los pecados son quitados, eliminados, destruidos, ya no existen más.

Hay una especie de parábola que expresa esto.

Un niño le contó a un misionero que Jesús se le aparecía en la selva. El sacerdote no se lo creía; pedía alguna prueba. Y se le ocurrió decirle al niño:

--Ve a la selva y cuando se te aparezca Jesús le preguntas de mi parte de qué pecados me he confesado yo en mi última confesión.

El niño fue enseguida muy obediente a la selva a cumplir el encargo.

Regresó diciendo que había vuelto a ver a Jesús; y el misionero le interrogó:

--¿Le preguntaste de que pecados me confesé yo en mi última confesión?

--Sí y me respondió: "No los recuerdo".

Ante lo cual el sacerdote cayó de rodillas y le dio gracias a Dios por su misericordia.

Hoy se ven acusados muchos: como aquella vez hiciste aquello...

Quien así acusa no se da cuenta de que está reconociendo que no hay nada reprobable desde "aquella vez" en el acusado. Pero sobre todo demuestra que la "justicia" humana es muy diferente de la justicia divina, la cual refleja lo que nos hemos merecido por nuestros pecados contra Dios, pero que, si hemos conseguido por la gracia divina misericordiosa el perdón, cancela del todo aquella culpa y deja sin objeto la acusación sobre lo cometido "aquella vez". Ya no existe, ya no ha lugar a mencionarlo, aunque lo quiera el demonio y cualquier acusador que le secunde. Ya no se puede decir a nadie al que Dios ha perdonado su pecado borrándolo del todo: "como hiciste aquello aquella vez..." Dios ha hecho que no exista aquel hecho aquella vez.

Esta es la realidad verdadera.