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Lo más urgente de todo (22.11.2015)

Es decirle a Jesús constantemente que le queremos y darle a cada momento las gracias por sus obras de amor por nosotros. Las que hizo en su locura de amor que tan caro le costaron y las que hace constantemente.

Jesús mismo lo dice a sus confidentes:

A Santa Margarita Mª Alacoque le dijo Jesús que está dispuesto a padecer otra vez todos los enormes sufrimientos de su Pasión con tal de que le queramos un poco:

Jesús a santa Margarita Mª Alacoque le suplicaba que le queramos:

Le refería el exceso de su amor a los hombres y que a cambio no recibía de ellos más que ingratitudes «lo que me es mucho más sensible --se lamentaba Jesús-- que todo lo que he sufrido en mi pasión: tanto que si me rindiesen algún retorno de amor, yo estimaría poco todo lo que he hecho por ellos, y querría, si ello se pudiera, hacer aún más; pero no tienen más que frialdades y rechazo hacia todos mis apremios».
(Bougaud: Histoire de la Bienheureuse Marguerite-Marie, pág. 243).

Debemos darle nuestro corazón a Jesús y pedirle el Suyo, su Sagrado Corazón. Esto significa quererle sólo a Jesús y querer sólo lo que Jesús quiere. Que sólo nos interese Jesús y lo que a Él le interesa, nuestro bien, el bien de todas las almas, el bien de todos y de cada uno. Para esto se dejó matar en el sufrimiento atroz del abandono. Y se volvería a dejar matar. Él ya nos da su Corazón en la Eucaristía, bien infiinito por el que pagó un precio infinito. Y para que nos interese sólo Él y lo que lleva en su Corazón, desinteresándonos de todo lo demás, tenemos que aceptar los sufrimientos y añadir las mortificaciones. Todos los sufrimentos y todas las mortificaciones. Aunque no se nos predique esto y se nos enseñe un cristianismo dulcito y blandito, Jesús sí que nos lo dejo dicho en el evangelio:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto» (Jn 15,1-2).

Se trata, pues, en la vida, de sufrir o sufrir. O sufrir sin felicidad por no cumplir la voluntad de Dios, o sufrir con felicidad por cumplir la voluntad de Dios. Y gozar después de Dios en el cielo.

San Pablo y san Bernabé dicen de parte de Dios: «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios». (Hch 14,19-22).

El Señor Jesús dijo del futuro san Pablo: «Éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel.
Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre» (Hch 9,15-16).

No nos hagamos ilusiones. No hay cristianismio sin cruz.

"Empecé a entender que sin espíritu de sacrificio el amor al Corazón de Jesús es sólo una ilusión" (1879).
(Beata María del Divino Corazón de Jesús Droste zu Vischering, 1863-1899).

Y para conseguirlo, hay que pedirlo hasta que nos sea concedido. (Aceptar los sufrimientos que Dios nos envíe; ser capaces de pedirle, como hacen los santos, que nos conceda sufrimientos ya que Jesús sufrió tanto por nosotros; y añadir las mortificaciones de renunciar a lo que nos gustaba y a nosotros mismos). Y pedir adjuntas las gracias para soportar todo eso, recordándole a Dios seriamente nuestra total incapacidad para ello.

San Pablo, trasladándonos la palabra de Dios: "El amor de Cristo nos apremia" (II Cor 5,14)

A santa Faustina le dijo Jesús que en el rezo de la coronilla de la Misericordia, lo más importante es meditar aunque sea un instante Su muerte en el abandono.

Sólo han sido consignados y referidos en los Evangelios unos pocos de los muchísimos y enormes padecimientos que Jesús sufrió por nosotros. Otros los ha ido confiando a algunas almas que le han amado, porque son las únicas en las que ha encontrado alguna comprensión, compasión y agradecimiento.

A santa Brígida, por ejemplo, que tanto deseaba saberlo, le confió Jesús que fueron 5.480 fueron los golpes y heridas que recibió Él en su Pasión, cuando entregó su cuerpo por nosotros.

A san Bernardo le explicó los insoportables sufrimientos que le causaba la llaga de su hombro al cargar con la cruz.

Cuando alguna de estas personas que le han amado y consolado le ha preguntado por qué no se recogen en los relatos evangélicos esos detalles que a ellas les confíaba, Jesús le ha respondido tristemente que no por eso le querríamos más.

Tenemos muchos de estos datos, junto con la súplica que Jesús nos hace de que le digamos que le queremos y que le demos las gracias, en las revelaciones privadas ya aprobadas y reconocidas por la Iglesia, puesto que están en los escritos de santos canonizados.

Y forma parte de la doctrina pontificia la enseñanza de que el culto al Sagrado Corazón de Jesús integra la consagración y no menos la reparación. Y que la reparación consiste a su vez en expiar nuestros pecados por razón de justicia y en consolar a Jesús por razón de amor. (nº 10)

Así lo enseña Pío XI en la Miserentissimus Redemptor (nn. 5 y 10):

"Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación".

"Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y «saturado de oprobio» y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo".

"¿Cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: «Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo» (In Ioan. tr.XXVI 4).

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», tristeza, angustias, oprobios, «quebrantado por nuestras culpas» (Is 53,5) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: «Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio» (Is 5). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo (Lc 22,43) se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Así, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: «Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé» (Sal 68,21).

Pío XI: Caritatem Christi compulsi, encíclica del 3.05.1932 sobre la reparación a debida al Sagrado Corazón de Jesús, como solución de la crisis económica mundial del 29

El consuelo, tal como el propio Jesús pide, es decirle a cada momento que le queremos y que le damos las gracias. La gratitud, como enseña santo Tomás de Aquino, tiene una primera parte que es el reconocimiento del bien recibido. Santa Teresa enseña que para hacer oración un buen método es ir considerando los pasos de la Pasión. De contemplar a Jesús sufriendo por nosotros, puede arrancar nuestro amor por Él, que es lo más alto y principal que se puede hacer y conseguir en esta vida y en la otra. Y que es lo que Jesús nos dice con ansia suplicante que necesita de nosotros.

Santa Teresa del Niño Jesús hizo el objetivo de su vida consolar al Sagrado Corazón de Jesús:

“Quiero trabajar por vuestro solo Amor, con el único objeto de agradaros, de consolar a vuestro Sagrado Corazón y de salvar las almas que os amarán eternamente” (Acto de ofrenda al amor misericordioso).

«Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas. Él se conforma con una mirada, con un suspiro de amor ... Y creo que la perfección es algo muy fácil de practicar, pues he comprendido que lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por el corazón... Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: "Dame un beso, no lo volveré a hacer', ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles ... ? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado... Ya en tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor, decía el profeta Isaías, hablando en nombre del Rey del cielo: "¿Podrá una madre olvidarse de su hijo... Pues aunque ella se olvide de su hijo, yo no os olvidaré jamás" (Is 49, 15). ¡Qué encantadora promesa! Y nosotros, que vivimos en la ley del amor, ¿no vamos a aprovecharnos de los amorosos anticipos que nos da nuestro Esposo ... ? ¡Cómo vamos a temer a quien se deja prender en uno de los cabellos que vuelan sobre nuestro cuello ... ! (Cfr. Cant 4, 9).
(Santa Teresa del Niño Jesús carta a Leonia de 12 de julio de 1896. Cartas, n. 191).

Consagrarse a Cristo Rey es desagraviar a Su Sagrado Corazón, la consagración es la reparación

El papa san Juan Pablo II más recientemente enseña que la verdadera reparación al Sagrado Corazón de Jesús se identifica con la consagración en la constitución del reinado del Sagrado Corazón de Jesús que es la civilización del amor, porque es unir el amor a Dios con el amor al prójimo para constituir la civilización del amor, el reinado del Sagrado Corazón de Jesús.
Este aspecto esencial de reparación, no sólo no está ausente en la fórmula de consagración del día de Cristo Rey, sino que consagrarse a Cristo Rey es reparar y desagraviar, la consagración es la reparación, constituir el reino del Sagrado Corazón de Jesús es la verdadera reparación, la que Jesús mismo quiere, según la doctrina de la Iglesia enseñada por el papa san Juan Pablo II:

El Concilio Vaticano II, al recordarnos que Cristo, Verbo encarnado, nos «amó con un corazón de hombre», nos asegura que «su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de El, nada puede llenar el corazón del hombre» (cfr. Gaudium et spes 21). Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así —y ésta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador— sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá constituir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo.
(
Carta del papa san Juan Pablo II al P. Kolvenbach, entregada en Paray le Monial el 5 de octubre de 1986).

Consagrarse al Corazón de Jesús es constituirse en ciudadano de su reino y tenerle como rey personalmente a la espera del Reinado en plenitud de ejercicio del Sagrado Corazón de Jesús en toda la sociedad humana, tal como Él mismo lo establecerá con su segunda venida en gloria y majestad.

Consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús no sólo es la síntesis de la religión, que es la más alta virtud dentro de la virtud cardinal de la justicia, sino que es el núcleo de la vida cristiana enraizada en las virtudes de la caridad, la fe y la esperanza.

Así lo enseña Pío XI en la Miserentissimus Redemptor (nº 3), donde dice del Corazón de Jesús y de la devoción hacia Él que

"en este faustísimo signo y en esta forma de devoción consiguiente, ¿no es verdad que se contiene la suma de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, como que más expeditamente conduce los ánimos a conocer íntimamente a Cristo Señor Nuestro, y los impulsa a amarlo más vehementemente, y a imitarlo con más eficacia?"

La consagración explicada por santo Tomás de Aquino, como enseña Pío XI en la Miserentissimus Redemptor (nº 5, nota 9):

La pureza, pues, es necesaria para que nuestra mente se una a Dios. Porque la mente humana se mancha al alearse con las cosas inferiores, como se ensucia cualquier materia al mezclarse con otra más vil; por ejemplo, la plata con el plomo. Es preciso, según esto, que nuestra mente se separe de las cosas inferiores para que pueda unirse al ser supremo. De ahí el que sin pureza no haya unión posible de nuestra mente con Dios. Por eso se nos dice en la carta a los Heb 12,14: Procurad tener paz con todos y santidad de vida, sin la cual nadie podrá ver a Dios. También se exige firmeza para la unión de nuestra mente con Dios. Se une a El, en efecto, como a su último fin y a su primer principio, extremos que necesariamente están dotados de la máxima inmovilidad. Por eso dice el Apóstol en Rom 8,38-39: Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida me separarán del amor de Dios. Así, pues, se llama santidad a la aplicación que el hombre hace de su mente y de sus actos a Dios. No difiere, por tanto, de la religión en lo esencial, sino tan sólo con distinción de razón. Se le da, en efecto, el nombre de religión por servir a Dios como debe en lo que se refiere especialmente al culto divino, como en los sacrificios, oblaciones o cosas similares; y el de santidad, porque el hombre refiere a Dios, además de eso, las obras de las demás virtudes, o en cuanto que, mediante obras buenas, se dispone para el culto divino».
(Santo Tomás de Aquino, S. Th. II-II q.81, a.8c.).


Jesús nos dice insistentemente que necesita imperiosamente que le digamos que le queremos, que tiene enormes ansias de nuestro amor, que se lo expresemos, aunque sea con una mirada. Así se lo dijo a santa Teresa y a otros, que Él no dejaría sin recompensa ni una simple mirada al crucifijo.

Consolar a Jesús

P. Diego Cano, IVE, el 23.03.16 InfoCatólica http://infocatolica.com/blog/tanzania.php/1603230417-consolar-a-jesus

Ushetu, Tanzania, 21 de marzo de 2016.

Los otros días me acordaba de lo que había leído del Beato Francisco Marto, uno de los pastorcitos de Fátima, que luego de una de las apariciones quedó cautivado por el hecho de haber visto muy triste a Nuestro Señor, y por lo tanto movido especialmente a consolarlo. En el libro que escribió el P. Buela, nuestro fundador, sobre las apariciones de Fátima, hay un capítulo dedicado a Francisco Marto y su deseo de consolar a Jesús. Allí el autor trae a colación diez anécdotas en las que el beato de apenas nueve años afirma que su mayor deseo es consolar a Jesús. “Todo le parecía poco para consolar a Jesús", dijo San Juan Pablo II en la ceremonia en la que lo beatificó. Esta particularidad Lucía la advirtió claramente: “Mientras que Jacinta parecía preocupada con el único pensamiento de convertir a los pecadores y salvar almas del infierno, él parecía sólo pensar en consolar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, que le habían parecido estar tan tristes".

Me acordaba de esto cuando regresaba de la aldea de Nyassa junto con el P. Víctor y el catequista Filipo. Fuimos los tres para la preparación de las primeras comuniones de ese centro que congrega a seis aldeas más. 

Aquí viene uno de los momentos más emocionantes para mí, ya que al momento de confesar a esos niños, y escuchar algunas voces tan delicadas, de niños tan pequeños, de lugares tan apartados de toda la corrupción del mundo de la televisión y las comunicaciones, y pidiendo perdón a Dios de sus pecados con tanta sinceridad… realmente me pareció escuchar una melodía celestial. En algunos momentos cerraba los ojos para sólo escuchar… y gozaba. Y en ese instante fue que pensé que el Corazón de Jesús estaba gozando. Y que los ángeles en el cielo estaban también alegrándose por esta música y un poco admirados también, al enterarse de dónde provenía.

Luego de las confesiones, invitamos a todos a ver la película de La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. Para todos era la primera vez que la veían, así que se pueden imaginar el efecto en el auditorio. Hubo muchos que lloraban, entre los niños y los adultos también. El catequista Filipo iba explicando las partes de la película, y al final también aproveché para hacerles una pequeña meditación sobre nuestros pecados, causa de tantos dolores.

Me queda simplemente concluir. Y es con lo que pensaba en el viaje de regreso de las dos visitas: pensaba en el consuelo que sería para Jesús todo eso. Pensaba en las confesiones de esos niños, en el corazón limpio que habían preparado, la alegría con que esperaban el día, las lágrimas que derramaron al contemplar sus dolores, y la acción de gracias y palabras que le habrán dirigido al recibirlo sacramentalmente. Me acordé del Beato Fracisco Marto, y su deseo de “consolar a Jesús". Me preguntaba como él preguntaba a Lucía un día: “¡Oye!: ¿estará Él todavía triste?”

Espero que me hayan acompañado espiritualmente en esta visita a Nyassa, a medida que leían. Y que les sirva para esta Semana Santa que hemos comenzado.
¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano,
sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado, IVE.