El Cardenal
Bergoglio habló de su rol durante la Dictadura
"Si respondo a cada imputación, entro en el juego.
Hace poco estuve en una sinagoga participando de una ceremonia.
Recé mucho y, mientras lo hacía, escuché una frase de los
textos sapienciales que no recordaba: Señor, que
en la burla sepa mantener el silencio.
PdEqDigital.com 17.03.2013
Recientemente denunciado por el periodista Horacio Verbitsky de Página 12 el que se refiriera a una supuesta complicidad del ahora primado de la Iglesia Argentina, Cardenal Bergoglio con la detención y desaparición de personas, el Cardenal respondió al diario Perfil, todas las preguntas referidas tanto a las situaciones de los sacerdotes Jalic y Yorio, como de sus reuniones y acciones durante aquellos años. El propio, ahora Obispo Diocesano, Monseñor Maletti es mencionado en esta muy interesante entrevista.
La nota completa
Bergoglio cuenta qué hizo durante la
dictadura
En el libro El jesuita, el obispo porteño rompió el silencio.
Si no hablé antes fue para no hacerle el juego a nadie, no
porque tuviese algo que ocultar, aclaró
Cuando la vida de Juan Pablo II se apagaba, se intensificaban las
especulaciones sobre los candidatos a sucederlo y el nombre de
Bergoglio figuraba en casi todos los pronósticos de los
periodistas especializados.
En esos días, volvía a agitarse una denuncia periodística
publicada unos pocos años atrás, en Buenos Aires, sobre una
supuesta actuación muy comprometedora del cardenal durante la
última dictadura. Más aún: se asegura que, en las vísperas
del cónclave, que debía elegir al sucesor del Papa polaco, una
copia de un artículo de una serie del mismo autor
con la acusación fue enviada a las direcciones de correo
electrónico de los cardenales electores, con el propósito de
perjudicar las chances que se le otorgaban al purpurado argentino.
En la denuncia se le atribuía al cardenal una cuota de
responsabilidad por el secuestro de dos sacerdotes jesuitas, que
se desempeñaban en una villa de emergencia del barrio porteño
de Flores, efectuado por miembros de la Marina en mayo de 1976,
dos meses después del golpe.
De acuerdo con esa versión, Bergoglio quien, por entonces,
era el provincial de la Compañía de Jesús en la
Argentina les pidió a los padres Orlando Yorio y Francisco
Jalics que abandonaran su trabajo pastoral en la barriada y, como
ellos se negaron, les comunicó a los militares que los
religiosos ya no contaban con el amparo de la Iglesia,
dejándoles así el camino expedito para que los secuestraran,
con el consiguiente peligro que eso implicaba para sus vidas.
El cardenal nunca quiso salir a responder la acusación como,
tampoco, jamás se refirió a otras imputaciones del mismo origen
sobre supuestos lazos con miembros de la Junta Militar (ni, en
general, nunca contó públicamente cuál fue su actitud durante
la última dictadura).
Pero, frente a nuestro cometido, reconoció que el tema no podía
omitirse y accedió a contar su versión sobre los hechos y la
actitud que asumió en la noche negra que vivió la Argentina.
Si no hablé en su momento, fue para no hacerle el juego a
nadie, no porque tuviese algo que ocultar, afirmó.
Cardenal: usted deslizó antes que durante la dictadura,
escondió gente que estaba siendo perseguida. ¿Cómo fue aquello?
¿A cuántos protegió?
En el colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San
Miguel, en el Gran Buenos Aires, donde residía, escondí a unos
cuantos. No recuerdo exactamente el número, pero fueron varios.
Luego de la muerte de monseñor Enrique Angelelli (el obispo de
La Rioja, que se caracterizó por su compromiso con los pobres),
cobijé en el colegio Máximo a tres seminaristas de su diócesis
que estudiaban teología. No estaban escondidos, pero sí
cuidados, protegidos. Yendo a La Rioja para participar de un
homenaje a Angelelli con motivo de cumplirse 30 años de su
muerte, el obispo de Bariloche, Fernando Maletti, se encontró en
el micro con uno de esos tres curas que está viviendo
actualmente en Villa Eloísa, en la provincia de Santa Fe.
Maletti no lo conocía, pero al ponerse a charlar, éste le
contó que él y los otros dos sacerdotes veían en el colegio
Máximo a personas que hacían largos ejercicios
espirituales de 20 días y que, con el paso del tiempo, se
dieron cuenta de que eso era una pantalla para esconder gente.
Maletti después me lo contó, me dijo que no sabía toda esta
historia y que habría que difundirla.
Aparte de esconder gente, ¿hizo algunas otras
cosas?
Saqué del país, por Foz de Iguazú, a un joven que era
bastante parecido a mí con mi cédula de identidad, vestido de
sacerdote, con el clerigman y, de esa forma, pudo salvar su vida.
Además, hice lo que pude con la edad que tenía y las pocas
relaciones con las que contaba, para abogar por personas
secuestradas. Llegué a ver dos veces al general (Jorge) Videla y
al almirante (Emilio) Massera. En uno de mis intentos de
conversar con Videla, me las arreglé para averiguar qué
capellán militar le oficiaba la misa y lo convencí para que
dijera que se había enfermado y me enviara a mí en su reemplazo.
Recuerdo que oficié en la residencia del comandante en Jefe del
Ejército ante toda la familia de Videla, un sábado a la tarde.
Después, le pedí a Videla hablar con él, siempre en plan de
averiguar el paradero de los curas detenidos. A lugares de
detención no fui, salvo una vez que concurrí a una base
aeronáutica, cercana a San Miguel, de la vecina localidad de
José C. Paz, para averiguar sobre la suerte de un muchacho.
¿Hubo algún caso que recuerde especialmente?
Recuerdo una reunión con una señora que me trajo Esther
Balestrino de Careaga, aquella mujer que, como antes conté, fue
jefa mía en el laboratorio, que tanto me enseñó de política,
luego secuestrada y asesinada y hoy enterrada en la iglesia
porteña de Santa Cruz.
La señora, oriunda de Avellaneda, en el Gran Buenos Aires,
tenía dos hijos jóvenes con dos o tres años de casados, ambos
delegados obreros de militancia comunista, que habían sido
secuestrados. Viuda, los dos chicos eran lo único que tenía en
su vida. ¡Cómo lloraba esa mujer! Esa imagen no me la olvidaré
nunca. Yo hice algunas averiguaciones que no me llevaron a
ninguna parte y, con frecuencia, me reprocho no haber hecho lo
suficiente.
¿Puede relatar alguna gestión que llegó a buen término?
Me viene a la mente el caso de un joven catequista que
había sido secuestrado y por el que me pidieron que intercediera.
También en este caso me moví dentro de mis pocas posibilidades
y mi escaso peso. No sé cuánto habrán influido mis
averiguaciones, pero lo cierto es que, gracias a Dios, al poco
tiempo el muchacho fue liberado. ¡Qué contenta estaba su
familia! Por eso, reitero: después de situaciones como ésa,
cómo no comprender la reacción de tantas madres que vivieron un
calvario terrible, pero que, a diferencia de este caso, no
volvieron a ver con vida a sus hijos.
¿Cuál fue su desempeño en torno al secuestro de los sacerdotes
Yorio y Jalics?
Para responder tengo que contar que ellos estaban
pergeñando una congregación religiosa, y le entregaron el
primer borrador de las reglas a los monseñores Pironio, Zazpe y
Serra. Conservo la copia que me dieron. El superior general de
los jesuitas, quien por entonces era el padre Arrupe, dijo que
eligieran entre la comunidad en que vivían y la Compañía de
Jesús y ordenó que cambiaran de comunidad. Como ellos
persistieron en su proyecto, y se disolvió el grupo, pidieron la
salida de la Compañía. Fue un largo proceso interno que duró
un año y pico. No una decisión expeditiva mía. Cuando se le
acepta la dimisión a Yorio (también al padre Luis Dourrón, que
se desempeñaba junto con ellos) con Jalics no era posible
hacerlo, porque tenía hecha la profesión solemne y solamente el
Sumo Pontífice puede hacer lugar a la solicitud, corría marzo
de 1976, más exactamente era el día 19; o sea, faltaban cinco
días para el derrocamiento del gobierno de Isabel Perón. Ante
los rumores de la inminencia de un golpe, les dije que tuvieran
mucho cuidado. Recuerdo que les ofrecí, por si llegaba a ser
conveniente para su seguridad, que vinieran a vivir a la casa
provincial de la Compañía.
¿Ellos corrían peligro simplemente porque se
desempeñaban en una villa de emergencia?
Efectivamente. Vivían en el llamado barrio Rivadavia del
Bajo Flores. Nunca creí que estuvieran involucrados en
actividades subversivas como sostenían sus
perseguidores, y realmente no lo estaban. Pero, por su relación
con algunos curas de las villas de emergencia, quedaban demasiado
expuestos a la paranoia de caza de brujas. Como permanecieron en
el barrio, Yorio y Jalics fueron secuestrados durante un
rastrillaje. Dourrón se salvó porque, cuando se produjo el
operativo, estaba recorriendo la villa en bicicleta y, al ver
todo el movimiento, abandonó el lugar por la calle Varela.
Afortunadamente, tiempo después fueron liberados, primero porque
no pudieron acusarlos de nada, y segundo, porque nos movimos como
locos. Esa misma noche en que me enteré de su secuestro,
comencé a moverme. Cuando dije que estuve dos veces con Videla y
dos con Massera fue por el secuestro de ellos.
Según la denuncia, Yorio y Jalics consideraban que
usted también los tachaba de subversivos, o poco menos, y
ejercía una actitud persecutoria hacia ellos por su condición
de progresistas.
No quiero ceder a los que me quieren meter en un
conventillo. Acabo de exponer, con toda sinceridad, cuál era mi
visión sobre el desempeño de esos sacerdotes y la actitud que
asumí tras su secuestro. Jalics, cuando viene a Buenos Aires, me
visita. Una vez, incluso, concelebramos la misa. Viene a dar
cursos con mi permiso. En una oportunidad, la Santa Sede le
ofreció aceptar su dimisión, pero resolvió seguir dentro de la
Compañía de Jesús. Repito: no los eché de la congregación,
ni quería que quedaran desprotegidos.
Además, la denuncia dice que tres años después,
cuando Jalics residía en Alemania y en la Argentina todavía
había una dictadura, le pidió que intercediera ante la
Cancillería para que le renovaran el pasaporte sin tener que
venir al país, pero que usted, si bien hizo el trámite,
aconsejó a los funcionarios de la Secretaría de Culto del
Ministerio de Relaciones Exteriores que no hicieran lugar a la
solicitud por los antecedentes subversivos del sacerdote
No es exacto. Es verdad, sí, que Jalics que había
nacido en Hungría, pero era ciudadano argentino con pasaporte
argentino me escribió siendo yo todavía provincial para
pedirme la gestión pues tenía temor fundado de venir a la
Argentina y ser detenido de nuevo. Yo, entonces, escribí una
carta a las autoridades con la petición pero sin consignar
la verdadera razón, sino aduciendo que el viaje era muy
costoso para lograr que se instruya a la embajada en Bonn.
La entregué en mano y el funcionario, que la recibió, me
preguntó cómo fueron las circunstancias que precipitaron la
salida de Jalics. A él y a su compañero los acusaron de
guerrilleros y no tenían nada que ver, le respondí.
Bueno, déjeme la carta, que después le van a
contestar, fueron sus palabras.
¿Qué pasó después?
Por supuesto que no aceptaron la petición. El autor de la
denuncia en mi contra revisó el archivo de la Secretaría de
Culto y lo único que mencionó fue que encontró un papelito de
aquel funcionario en el que había escrito que habló conmigo y
que yo le dije que fueron acusados de guerrilleros. En fin,
había consignado esa parte de la conversación, pero no la otra
en la que yo señalaba que los sacerdotes no tenían nada que ver.
Además, el autor de la denuncia soslaya mi carta donde yo ponía
la cara por Jalics y hacía la petición.
También se comentó que usted propició que la
Universidad Del Salvador, creada por los jesuitas, le entregara
un doctorado honoris causa al almirante Massera.
Creo que no fue un doctorado, sino un profesorado. Yo no lo
promoví. Recibí la invitación para el acto, pero no fui. Y,
cuando descubrí que un grupo había politizado la universidad,
fui a una reunión de la Asociación Civil y les pedí que se
fueran, pese a que la Universidad ya no pertenecía a la
Compañía de Jesús y que yo no tenía ninguna autoridad más
allá de ser un sacerdote. Digo esto porque se me vinculó,
además, con ese grupo político. De todas maneras, si respondo a
cada imputación, entro en el juego. Hace poco estuve en una
sinagoga participando de una ceremonia. Recé mucho y, mientras
lo hacía, escuché una frase de los textos sapienciales que no
recordaba: Señor, que en la burla sepa mantener el
silencio. La frase me dio mucha paz y mucha
alegría.
Cuando el joven padre Jorge Bergoglio golpeó la puerta de su
despacho, la doctora Alicia Oliveira pensó que mantendría una
más de las tantas reuniones de trabajo que celebraba como jueza
en lo penal, allá, por la primera mitad de la década del
setenta.
No se le pasó por la cabeza que establecería una buena
sintonía con el sacerdote de la que surgiría una larga amistad,
que la terminaría convirtiendo en una testigo calificada de
buena parte de la actuación de Bergoglio durante la dictadura
militar.
Es que Oliveira cuenta con una larga militancia en la defensa de
los derechos humanos, que fue abrazando desde que comenzó a
ejercer como penalista. Una militancia que, tras el último golpe
militar, le costó su cargo de magistrada, al ser la destinataria
del primer decreto de exoneración.
Firmante de cientos de hábeas corpus por detenciones ilegales y
desapariciones durante la última dictadura, se desempeñó como
letrada e integró la primera comisión directiva del Centro de
Estudios Legales y Sociales (CELS), una de las más emblemáticas
ONGs dedicadas a luchar contra las violaciones a los derechos
humanos.
Con la vuelta a la democracia, ocupó diversos cargos, entre los
que se cuenta haber sido constituyente de la convención nacional
de 1994 (resultó electa como integrante de la lista del Frente
Grande, una agrupación peronista disidente de centro izquierda);
defensora del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires entre 1998 y
2003 y, desde entonces con la llegada de Néstor Kirchner a
la presidencia, representante especial para los derechos
humanos de la Cancillería, tarea que desempeñó durante dos
años, hasta que se jubiló.
Recuerdo que Bergoglio vino a verme al juzgado por un
problema de un tercero, allá por 1974 ó 1975, empezamos a
charlar y se generó una empatía que abrió paso a nuevas
conversaciones. En una de esas charlas, hablamos de la inminencia
de un golpe. El era el provincial de los jesuitas y, seguramente,
estaba más informado que yo. En la prensa hasta se barajaban los
nombres de los futuros ministros. El diario La Razón había
publicado que José Alfredo Martínez de Hoz sería el ministro
de Economía, evoca Oliveira y agrega que Bergoglio
estaba muy preocupado por lo que presentía que sobrevendría y,
como sabía de mi compromiso con los derechos humanos, temía por
mi vida. Llegó a sugerirme que me fuera a vivir un tiempo al
colegio Máximo. Pero yo no acepté y le contesté con una
humorada completamente desafortunada frente a todo lo que
después sucedió en el país: Prefiero que me agarren los
militares a tener que ir a vivir con los curas. De
todas maneras, la magistrada tomó sus prevenciones. Le dijo a la
secretaria del juzgado, de su máxima confianza, la doctora
Carmen Argibay a la postre ministro de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación, a propuesta de Kirchner que estaba
pensando en dejarle un tiempo a los dos hijos que por entonces
tenía, para esconderse por temor a ser detenida por los
militares. Finalmente, no tomó la decisión ni fue apresada.
En cambio, Argibay fue detenida el mismo día del golpe. Oliveira,
desesperada, trató de dar con su paradero hasta que en la
cárcel de Devoto le informaron que estaba allí, pero nunca supo
ni ella ni la propia detenida el motivo por el que
Argibay pasó varios meses presa.
Tras la caída del gobierno de Isabel Perón, las reuniones de
Oliveira con Bergoglio se hicieron más frecuentes.
En esas conversaciones, pude comprobar que sus temores eran
cada vez mayores, sobre todo por la suerte de los sacerdotes
jesuitas del asentamiento, relata Oliveira.
Hoy creo que Bergoglio y yo acota comenzamos a
entender tempranamente cómo eran los militares de aquella época.
Su inclinación a la lógica amigo-enemigo, su incapacidad para
discernir entre la militancia política, social o religiosa y la
lucha armada, tan peligrosas. Y teníamos muy claro el riesgo que
corrían los que iban a las barriadas populares. No sólo ellos,
sino la gente del lugar, que podía ligarla de rebote.
Recuerda que a una chica amiga que iba a catequizar también al
asentamiento y que no tenía militancia alguna le
imploró que no fuese más. Le advertí que los militares
no entendían, y que cuando veían en la villa a alguien que no
vivía allí pensaban que era un terrorista-marxista leninista
internacional, cuenta. Le costó mucho hacérselo entender.
Al final, la chica se fue y, años después, le reconoció que su
consejo le había salvado la vida.
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El Padre Jalics dice: "Orlando Yorio y yo no fuimos denunciados por el padre Bergoglio"
EFE/ ReL. Jueves, 21.03.2013
El jesuita Franz Jalics, secuestrado en 1976
por la dictadura argentina y residente en Baviera desde 1978,
desmiente hoy, 21.03.2013, que el ahora papa Francisco le
denunciase a la Junta, en una declaración difundida por su orden
religiosa desde Alemania.
"Lo cierto es que Orlando Yorio y yo no fuimos denunciados
por el padre Bergoglio", afirmó Jalics, respecto al
secuestro sufrido por él y su compañero de orden, así como de
las sospechas de colaboración con la dictadura sobre Jorge Mario
Bergoglio.
El actual papa era entonces Provincial de la orden jesuita en
Buenos Aires y los dos sacerdotes ejercían en una villa miseria
de la capital argentina cuando fueron secuestrados y torturados.
"Es falso sostener que nuestro secuestro se produjo a
iniciativa del padre Bergoglio", prosigue Jalics.
"Antes creía que habíamos sido víctimas de una denuncia.
A finales de los 90, tras varias conversaciones, llegué a la
conclusión de que esas suposiciones eran infundadas, afirma el
jesuita, de 87 años.
La declaración de Jalics sucede a las acusaciones difundidas
tras la elección del arzobispo bonaerense como sucesor de Joseph
Ratzinger, principalmente en medios argentinos, según las cuales
Bergoglio no intercedió ante la Junta por Jalics y Yorio,
fallecido hace unos años en Uruguay.
En una primera declaración escrita, hace una semana, Jalics
afirmaba no poder hacer pronunciamiento alguno sobre el papel
desempeñado por Bergoglio en el caso y añadía que para él el
caso estaba cerrado.
A la declaración de Jalics siguió un categórico desmentido del
Vaticano sobre cualquier colaboración del actual papa con la
dictadura militar argentina (1976-1983) y atribuyendo las
informaciones en sentido contrario a una campaña mediática.
Jalics vive retirado en la pequeña localidad bávara de
Wilhelmsthal, junto a Kronach, consagrado a los ejercicios
espirituales y la meditación.
Fuentes de su orden en Alemania afirmaron la semana pasada que
Jalics está de viaje por Hungría -país del que es originario-
y que regresará a la comunidad bávara el 10 de mayo.
La cuestión de la imaginaria colaboración del papa Francisco
con la Junta lleva años coleando en Argentina, apuntalada en afirmaciones
del periodista Horacio Verbistky, que ahora retomó la cuestión.
El propio Bergoglio contestó a las acusaciones en 2010, en el
libro "El jesuita" y rechazó tal colaboración.