....CRISTIANDAD FUTURA. . . . . . Conversiones.
Chesterton explica su conversión y su entrada en la Iglesia Católica el 30 de julio de 1922, porque la religión católica es la verdadera
ReL 15 junio 2012
Gilbert K. Chesterton es un famoso periodista,
novelista, poeta y crítico literario (1874-1935), autor de las
novelas del Padre Brown, Ortodoxia (escrito muchos años antes de
convertirse) y otros ensayos que tuvieron gran éxito en su
época y que ya pueden considerarse clásicos.
Chesterton dice que "la dificultad de explicar «por qué
soy católico» radica en el hecho de que existen diez mil
razones para ello, aunque todas acaban resumiéndose en una sola:
que la religión católica es verdadera.
He aquí la causa por la que el 30 de julio de 1922, G. K.
Chesterton deseó ser acogido en el seno de la Iglesia Católica
Éste es el escrito en el que el extraordinario
escritor inglés explica su conversión al catolicismo:
«Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin
embargo que el problema `por qué soy católico´
es muy distinto del problema `por qué me convertí al
catolicismo´. Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas
otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen
en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que
conduce a la conversión misma. Todas son también tan numerosas
y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo
originario y primordial puede llegar a parecernos casi
insignificante y secundario.
»La «confirmación» de la fe, vale decir, su fortalecimiento y
afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el
sentido ritual, después de la conversión. El convertido no
suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se
sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este
sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y
única razón. Existe entre los hombres una curiosa especie de
agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con
sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que
en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más
importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para
volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.
»¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi
fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una
descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo,
puedo determinar las edades de sus distintas piedras.
»A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo
hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería
más bien haberme apartado de él. Estoy convencido
también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia
Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.
»El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como
protestante fanático, organizó en 1898 una banda que,
sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba
seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa
de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la
opinión pública se volvió contra él, clasificando como
«Kensitite Press» a los peores panfletos antirreligiosos
publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo
juicio sano y de toda buena voluntad.
»Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores
serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa
curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo
precioso y deseable.
»En el primer caso creo que se trataba de Horton y Hocking
se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre
la Santísima Virgen de un místico católico que escribía:
«Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella,
hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento». Esto
me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta
voz: «¡Qué maravillosamente dicho!» Me parecía como si el
inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad
hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel
místico, siempre que se la sepa entender.
»En el segundo caso, alguien del diario Daily News (entonces
yo mismo era todavía alguien del «Daily News»),
como ejemplo típico del `formulismo muerto´ de los oficios
católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había
dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les
volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios
se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin
duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije
otra vez a mi mismo: `¡Qué sensata es esa gente!
Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le
agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en
mi presencia´.
Publicaciones anticatólicas
»Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros
procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos
de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de
publicaciones anticatólicas. Tengo un claro recuerdo de
lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy
tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido.
»Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a
aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto,
debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O Connor
de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice
bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo
político; lo hice hasta en la madriguera del «Daily
News».
»Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a
la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que
no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve
solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni
sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que
la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se
debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta
realidad que todo mi interés se concentraba en ese
aspecto de la política liberal. Fui descubriendo cada
vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis
propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se
persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y
todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no
podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos
e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.
»Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con
claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue
fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo
después, que a todos los grandes imperios, una vez que se
apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos
aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían
un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la
sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una
situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia
hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester
para el individualismo manchesteriano.
»Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en
la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un
futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo
que a los pueblos que no tienen por base la tradición y
la fe. Si este concepto se aplicase a una
autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si
se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema
sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar
breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción:
no es por falta de material que actúo así, sino por la
dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material
numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que
me causaron una especial impresión.
»Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de
enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de
poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad
jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los
primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron
eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han
vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de
poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado.
Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán
llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el
misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de
los «intermezzos» de un Lucrecio o de un Lucano.
»No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una
impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse
únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es
místico. Nacido como místico, muere también como
místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico.
Mientras que todas las sociedades humanas consideran la
inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que
objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el
catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas
las otras las dejan de lado y las menosprecian.
»Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la
contraposición que existe entre el convento y la familia (The
Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era
realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre
esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción,
llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en
otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos,
destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de
los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la
religión católica, los votos y las profesiones más altas y
«menos razonables» por decirlo así son, sin
embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida
diaria.
»Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola
revolución mística lo ha conservado: el santo está al
lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda
otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u
otra filosofía indigna de la humanidad; a
simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al
fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al «nonsense», a la
insensatez.
»Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero
lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y
el fervoroso agradecimiento «realmente existente» hacia Dios, no
se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por
más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún
reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo
distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas
sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la
naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un
miedo a la Ley y al Señor.
»Si se exagera todo esto, nace en las religiones una
deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden
soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras
se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como
sucedió con el protestantismo victoriano. Por
el contrario, la más alta exaltación por la Santísima
Virgen o la más extraña imitación de San
Francisco de Asís, seguirían siendo, en su
quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su
humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno,
jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una
de las características del catolicismo que me parece singular y
universal a la vez. Esta otra la sigue: Sólo la Iglesia
Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante
esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día,
Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los
hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más
felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones
sólo desean como ellos mismos dicen reformas
prácticas y objetivas.
»Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy
absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw
hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría
convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría
comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que
poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto
también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición
bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista.
Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él.
Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una
experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al
contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de
diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo,
llega, pues, a tener de repente dos mil años.
»Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una
persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno
humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven
a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y
no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un
hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el
socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más
moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos. El
socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la
insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su
política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta
o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la
atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el
materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto
poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales. Jamás
la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora.
Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente
y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la
misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño
espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo
podría decirse en su excusa. Hace ya mucho, sin
embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una
invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y
sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su
primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de
sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día».