... El humo de Satanás en la Iglesia ...Educación sexual .....Escritos 2022...Textos 2022...Textos 2022-5..Humanae Vitae. ....Casti Connubii ...Arcanum....Enseñanzas pontificias....El matrimonio en el Concilio Vaticano II. .....INDEX

Doctrina de la Humanae Vitae...Reflexiones en la beatificación de Pablo VI.....Francisco y san Pablo VI y sus dos consejeros.....San Pablo VI y la comisión sobre el control de natalidad ..Cronología de la Humnae vitae.

San Pablo VI y la Humanae Vitae

Fuentes

El Padre Ford, Pablo VI y el Control de Natalidad. Germain Grisez ofrece una nueva visión de la Comisión Papal
12 de mayo de 2011 Por E. Christian Brugger
http://www.zenit.org/es/articles/padre-ford-pablo-vi-y-el-control-de-natalidad

El eminente teólogo americano de teología moral, Germain Grisez, profesor retirado de Ética Cristiana en la Universidad Mount Saint Mary de Emmitsburg, Maryland, publicó recientemente en su página web, The Way of the Lord Jesus (www.twotlj.org/Ford.html), varios de los documentos oficiales de la Comisión papal, incluyendo los cuatro que habían sido filtrados.

La historia secreta de la Humanae Vitae de San Pablo VI según Gilfredo Marengo

Humanae vitae: El nacimiento de una encíclica a la luz de los Archivos Vaticanos, por Gilfredo Marengo

Sandro Magister comentó así el libro de Gilfredo Marengo en 2018: https://www.religionenlibertad.com/opinion/99759699/AHumanae-VitaeA-asi-nacio-y...-Aay-de-quien-la-toque.html

La “historia secreta” de la Humanae Vitae de San Pablo VI, reseña de WALTER SÁNCHEZ SILVA, ACI Prensa. 10 de agosto de 2022 - 11:05 AM. Publicado originalmente el 14 de julio de 2018.

Germain Grisez, testigo de excepción del nacimiento de la Humanae vitae Alfa y Omega Nº 763 / 8-XII-2011, por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo http://www.alfayomega.es/Revista/2011/763/14_reportaje1.php

Apuntes de Demografía, Blog de Julio Pérez Díaz del CSIC http://apuntesdedemografia.com/2012/10/01/comision-pontificia-sobre-poblacion-familia-y-natalidad-de-1963/

Humanae Vitae: la encíclica que dividió al mundo Lucio Brunelli conoZe.com revista Esquiú (Buenos Aires, 24/7/1988) 22.VII.2008 http://www.conoze.com/doc.php?doc=8378

Humanae vitae” y el último sondeo secreto de Pablo VI - La Stampa

La gran crisis posterior a la publicación de la encíclica Humanæ vitæ en 1968 por don José María Iraburu, pbro.

Contraception and Infallibility — Part 1 https://www.ncregister.com/commentaries/contraception-and-infallibility-part-1

Contraception and Infallibility – Part 2 https://www.ncregister.com/commentaries/contraception-and-infallibility-part-2-n626etur

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El inicio de la píldora anticonceptiva anovulatoria en 1957
Carl Djerassi, autodenominado 'la madre de la píldora', nacido en Viena el 29 de octubre de 1929 en una familia judía emigrada a los USA en 1939, fallecido en San Francisco el 31 de enero de 2015, licenciado en química orgánica a los 21, años sintetizó en 1951 en un laboratorio de México junto con el mexicano Luis Miramontes y el húngaro-mexicano George Rosenkranz, la "progestina 19-noretisterona", base para la píldora anticonceptiva anovulatoria , que empezó a venderse en Estados Unidos en 1957 y enseguida en todo el mundo.

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La comisión papal sobre el control de natalidad de 1963 a 1966

El 27 de abril de 1963, seis meses después del comienzo del Concilio Vaticano II, fue constituido por el Papa Juan XXIII el grupo de estudio vulgarmente conocido como la “comisión papal de control de natalidad” y formalmente llamado Comisión Pontificia sobre Población, Familia y Natalidad [en marzo de 1963, según dice la Humanae vitae.]. Se afirma que el propósito de esto no era el de replantear la doctrina de la Iglesia con respecto a la anticoncepción, sino ayudar a la Santa Sede en la preparación de la próxima conferencia patrocinada por Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud.

Juan XXIII murió 37 días después y el cardenal Giovanni Montini fue elegido Papa el 21 de junio, tomando el nombre de Paulo VI. El nuevo Papa era muy consciente del problema planteado a la Iglesia. Se usaba cada vez más la píldora anovulatoria como anticonceptivo y los teólogos europeos, en revistas especializadas, comenzaban a poner en duda la enseñanza recibida. Se propagaba el falaz pseudoprincipio de totalidad, según el cual se cumplían las normas si el conjunto de los actos matrimoniales las cumplía, aunque algunas veces no fuese así; sin tener en cuenta lo que evidencia la razón natural, ni lo que enseña la Sagrada Escritura (Sant 2,10-11). También se sembraba la duda de si la píldora anovulatoria era una forma de anticoncepción ya que no intervenía en el transcurso del acto sexual. Los asesores comenzaron a presionar al Papa desde todos los lados, sobre la urgencia de la cuestión, instándole a tomar en consideración dicho tema.

El 23 de junio de 1963, Paulo VI, en vez de hacer recordar a todos la doctrina de la Iglesia y condenar ya de una vez el uso de esa píldora anovulatoria, mantuvo todavía la denominada “comisión papal de control de natalidad”.

Ya en la época de Juan XXIII, al tiempo de constituir la comisión de estudio, un grupo de moralistas había comenzado una intensa campaña a favor de la contracepción, que se agudizó con la indiscreta publicación del informe “secreto” escrito para uso del Papa por la referida comisión.

Este informe recogía la posición de los diversos especialistas sobre el tema y se dividía en tres elocuentes partes: el informe de la “mayoría” que se inclinaba notoriamente por una mitigación de la doctrina de la contracepción, el de la “minoría” que sostenía la doctrina tradicional, y finalmente la “respuesta” de la mayoría a la minoría.

El mismo esquema revelaba la tendenciosa influencia que se intentaba ejercer sobre el Papa en orden a la permisión moral de los anticonceptivos; su publicación intentó probablemente aumentar la presión

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La doctrina de la Iglesia era sabida: ...El matrimonio en el Concilio Vaticano II. ..

El Concilio Vaticano II mantiene las enseñanzas pontificias anteriores

PÍO IX, 1846-1878 [De la Respuesta de la Sagrada Penitenciaría, año 1853]
[1.–]Preg.: Algunos fieles casados, basándose en la opinión de los médicos, están persuadidos de que cada mes hay días en los cuales no puede haber concepción ¿Deben ser inquietados aquellos que sólo usan del matrimonio en estos días, por lo menos si tienen razones legítimas para abstenerse del acto conyugal?
Resp.: No deben ser inquietados aquéllos de quienes se trata en esta pregunta, puesto que no hacen nada para evitar la concepción.”

Pío XI había declarado ilícito el uso de anticonceptivos en la encíclica Casti Connubii de 31.12.1930:

La Iglesia católica ...una vez más promulga que cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave delito.
(Pío XI,
Casti Connubii, 21).

Allí condena esta "criminal licencia" (ib. 20) frente a cualquier cosa que se alegue :

"Ningún motivo, sin embargo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta.
Por lo cual no es de admirar que las mismas Sagradas Letras atestigüen con cuánto aborrecimiento la Divina Majestad ha perseguido este nefasto delito, castigándolo a veces con la pena de muerte, como recuerda San Agustín: "Porque
ilícita e impúdicamente yace, aun con su legítima mujer, el que evita la concepción de la prole. Que es lo que hizo Onán, hijo de Judas, por lo cual Dios le quitó la vida"
(S. Aug. De coniug. adult. 2, 12; cf. Gen. 38, 8-10; S. Poenitent. 3 april, 3. iun. 1916. Casti Connubii, 20 ).

También estaban condenados ya por la Iglesia explícitamente como ilícitos todos los actos previos e iniciales de la contracepción y del "paquete de la muerte".

En la Arcanum de León XIII (1880) se había reafirmado una vez más el rechazo del divorcio y su incompatibilidad con la Iglesia de Dios

En la Casti Connubii

"está totalmente fuera de los límites de la libertad del hombre la naturaleza del matrimonio"

se reafirma la indisolubilidad del matrimonio:

"de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable".

En la concreción de estas normas por el papa Pío XII en su Alocución de 29 de octubre de 1951 a las Comadronas de la Unión Católica Italiana
Allocutio Conventui Unionis Italicae inter Obstetrices, 29 oct. 1951: AAS 43 (1951), pp. 835-854

12 Todo ser humano, y también el niño en el seno materno, tienen el derecho a la vida inmediatamente de Dios... la Iglesia declaró formalmente que era contrario al derecho natural y divino positivo, y por lo tanto ilícito, matar, aunque fuera por orden de la autoridad pública, a aquéllos que, aunque inocentes, a consecuencia de taras físicas o psíquicas, no son útiles a la nación, sino más bien resultan cargas para ella
(Decr. S. Off., 2 dec. 1940; Acta Ap. Sedis, vol. XXXII, pag. 553-554.).
La vida de un inocente es intangible

13 Non occides: no matar ( Ex. 20, 13)

19 El estado de gracia en el momento de la muerte es absolutamente necesario para la salvación: sin él no es posible llegar a la felicidad sobrenatural, a la visión beatífica de Dios

24 Nuestro predecesor Pío XI, de f. m., en su encíclica Casti connubii del 31 de diciembre de 1930, proclamó de nuevo solemnemente la ley fundamental del acto y de las relaciones conyugales: que todo atentado de los cónyuges en el cumplimiento del acto conyugal o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, atentado que tenga por fin el privarlo de la fuerza a él inherente e impedir la procreación de una nueva vida, es inmoral; y que ninguna indicación o necesidad puede cambiar una acción intrínsecamente inmoral en un acto moral y lícito (Acta Ap. Sedis, vol. XXII, pag. 559 e segg).

25 Esta prescripción sigue en pleno vigor lo mismo hoy que ayer, y tal será mañana y siempre, porque no es un simple precepto de derecho humano, sino la expresión de una ley que es natural y divina.

35 Abrazar el estado matrimonial, usar continuamente la facultad que le es propia y sólo en él es lícita, y por otra parte, sustraerse siempre y deliberadamente, sin un grave motivo, a su deber primario, sería pecar contra el sentido mismo de la vida conyugal.

38 Toda maniobra preventiva y todo atentado directo a la vida y al desarrollo del germen está prohibido y excluido en conciencia

40 Dios obliga a los cónyuges a la abstinencia, si su unión no puede ser llevada a cabo según las normas de la Naturaleza. Luego en estos casos la abstinencia es posible. Como confirmación de tal argumento, tenemos la doctrina del Concilio de Trento, que, en el capítulo sobre la observancia, necesaria y posible, de los mandamientos, enseña, refiriéndose a un pasaje de San Agustín: Dios no manda cosas imposibles, pero cuando manda advierte que hagas lo que puedas y que pidas lo que no puedas, y Él ayuda para que puedas (Conc. Trid., sess. 6, cap. 11; Denzinger n. 804; s. August., De natura et gratia, cap. 43 n. 50, P.L. vol. 44 col. 271).

47 La verdad es que el matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida. Los otros fines, aunque también queridos por la naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados.

48 La Santa Sede por medio de un decreto público, declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores modernos, los cuales niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (S. C. S. Officii, 1.º aprile 1944; Acta Ap. Sedis, vol. XXXVI, a. 1944, pag. 103 [1944 04 01/1-4]).

50 Todo lo que hay de más espiritual y profundo en el amor conyugal como tal, ha sido puesto, por voluntad de la naturaleza y del Creador, al servicio de la descendencia. Por su naturaleza, la vida conyugal perfecta significa también la entrega total de los padres en beneficio de los hijos, y el mismo amor conyugal, en su misma fuerza y en su ternura, no es sino un postulado de la más sincera preocupación por la prole y la garantía de su actuación (Cfr S. Th. 3 p. q. 29 a. 2 in c; Suppl, q. 49 a. 2 ad 1.).

51 En Nuestra alocución del 29 de septiembre de 1949 al Congreso Internacional de los Médicos católicos, excluimos formalmente del matrimonio la fecundación artificial

60 El uso de la natural disposición generativa es moralmente lícito sólo en el matrimonio, en subordinación a los fines del matrimonio mismo, y según el orden de éstos. De aquí se sigue también que sólo en el matrimonio, y observando esta regla, son lícitos el deseo y la fruición de aquel placer y de aquella satisfacción. Porque el goce está sometido a la ley de la acción de la que él se deriva, y no, viceversa, la acción a la ley del goce. Y esta ley tan razonable toca no sólo a la sustancia, sino también a las circunstancias de la acción, de tal manera que, aun quedando a salvo la sustancia del acto, puede pecarse en el modo de llevarlo a cabo.

62 acto natural. Ahora bien, éste se halla, por lo contrario, esencial y totalmente subordinado y ordenado a aquella única gran ley de la generatio et educatio prolis; es decir, al cumplimiento del fin primario del matrimonio como origen y fuente de la vida.

Y en la epístola del gran apóstol Santiago el Menor, está claro que es una falacia total el pseudoprincipio de totalidad, utilizado para imponer la permisividad de la contracepción mediante la píldora anovulatoria:

Quien observa toda la ley, pero falla en un solo precepto, se hace responsable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, dijo también: No matarás; por tanto, si no cometes adulterio, pero matas, te haces transgresor de la ley [parabátes nomon]".
(Sant 2,10-11).

Como indica claramente la razón natural, según la cual la ley divina natural y revelada cuando manda no robar, no mentir, no matar, no fornicar, no manda que esto no se haga casi nunca, sino nunca.

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En 1964, el Papa, aumentó el número de miembros de esa Comisión Pontificia incluyendo en ella a teólogos y expertos partidarios de que la Iglesia autorizase la píldora anovulatoria, ampliamente utilizada desde 1960 e indebidamente recomendada por eclesiásticos a sus feligreses cada vez más. Como Paulo VI no especificó a la comisión un nuevo mandato, sus miembros decidieron por su cuenta replantear la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el control de natalidad.

En abril de 1964 llamó a formar parte de ella a cinco de los más renombrados teólogos moralistas de la época: Joseph Fuchs , alemán y Marcelino Zalba , español, ambos jesuitas y catedráticos en la Pontificia Universidad Gregoriana, Jan Visser , holandés, y Bernard Häring, alemán, los dos redentoristas y catedráticos, respectivamente, en la Pontificia Universidad Urbaniana y en la Academia Alfonsiana, y Pierre de Locht , belga, consejero teológico del cardenal Leo Suenens.

Los teólogos y otos expertos fueron en aumento constantemente en la Comisión.

A principios de 1966 el Papa sustituyó la comisión por otra de dieciséis dignatarios, siete cardenales y nueve obispos, manteniendo como asesores de esos dignatarios a los miembros anteriores. Los cardenales eran Ottaviani (prefecto del Santo Oficio), Suenens (de Malinas, Bélgica), Doepfner (de Munich, Alemania), Heenan (de Westminster, Inglaterra), Gracias (de Bombay, India), Lefebvre (de Bourges, Francia) y Shehan (de Baltimore, Estados Unidos).

Mientras, se seguía anunciando que esa comisión era para tomar una decisión sobre la licitud de la píldora anovulatoria, cuando ya se sabía que era ilícita a la luz de la doctrina de la Iglesia formulada, no sólo durante el pontificado de Pío XI, sino ya desde el de Pío IX.

Encima, las dos comisiones creadas por Pablo VI se declararon muy mayoritariamente a favor de que la Iglesia cambiase su doctrina y legitimase la utilización de la píldora; tanto la comisión de teólogos y otros expertos, como después la de cardenales y obispos. Esas cosas, (la doctrina verdadera) que Dios hacía que supiera la gente sencilla, estaban escondidas a los sabios y entendidos.

Y se llegó a la conclusión

Después de seis días de ásperos debates se optó por someter a votación las diversas posiciones. La pregunta se planteaba en estos términos: ¿debe ser considerada la anticoncepción 'intrínsecamente mala'?
En la votación final del 20 de junio de 1966 en el Pontificio Colegio Español de Roma, de los dieciséis dignatarios miembros de la Comisión, uno de ellos no pudo estar presente, impedido por el gobierno polaco, era Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, que más tarde se convirtió en el Papa Juan Pablo II. De los otros quince, nueve votaron a favor de un cambio en la enseñanza de la Iglesia en el sentido de que declarase lícito el uso de anticonceptivos; tres se opusieron a este cambio; y los otros tres no se declararon a favor ni en contra.
Estos fueron los nueve dignatarios que respondieron negativamente Doepfner, Suenens, Shehan, Lefebvre, Dearden, Dupuy, Méndez, Reuss y Zoa. Se abstuvieron Heenan, Gracias y Binz. Votaron afirmativamente sólo Ottaviani, Morris y Colombo, obispo y teólogo de confianza de Pablo VI.

Además entre los expertos, de los 19 teólogos, cuatro se opusieron a la licitud de los anticonceptivos, pero apoyaron el cambio once, o, según otra versión, doce teólogos; así como casi todos los juristas.

Ese mismo año 1966 la Comisión entregó un informe sobre la base de los resultados de las votaciones. Puesto que el encargo en sí mismo había sido confidencial, ni el contenido de dicho informe ni los distintos documentos generados por la comisión debían ser difundidos más allá del círculo papal. Pero sólo unos meses después, en la primavera de 1967, cuatro de los documentos fueron filtrados a la prensa y publicados tanto en inglés como en francés.

Se supo entonces que la conclusión que se había trasladado al Papa de forma mayoritaria era que la contracepción no era un mal y que los católicos debían poder elegir los métodos para planificar su familia.

La filtración creó una polémica social e interna de gran envergadura, con un gran reflejo en la prensa del momento. Católicos de todo el mundo empezaron a pensar que la Iglesia preparaba un cambio de doctrina similar al de la iglesia anglicana en la Convención de Lambeth en 1930.

La prensa se dio un festín con los documentos filtrados. A los católicos de todo el mundo se les transmitió la impresión de que la Iglesia preparaba un “cambio en su magisterio” sobre la contracepción.

Sobre lo que sucedió durante los dos años siguientes, hasta la promulgación de la Humanae Vitae el 25 de julio de 1968, se han ido dando a conocer más datos, como los aportados por Grisez, por Zalba y por Marengo , entre otros.

Algunos datos sobre el proceso final aparecieron en el libro “Humanae vitae: El nacimiento de una encíclica a la luz de los Archivos Vaticanos”, publicado por la Libreria Editrice vaticana en 2018 y publicado en español en 2022. Su autor, el monsignore Gilfredo Marengo, profesor del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia desde los tiempos en que lo presidía Caffarra y además desde 2019, vicedecano nombrado por el canciller Vincenzo Paglia.

Marengo fue autorizado por el papa Francisco para investigar los documentos del Archivo Secreto del Vaticano y de los Archivos de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, antes de que se cumpliesen los 70 años que establece la norma para acceder a los documentos de la Santa Sede.

Marengo, a su manera, expresó que Pablo VI nunca dudó que los anticonceptivos fuesen ilícitos, pero lo que quería era expresar esto de manera que no fuese rechazado.

Marengo lo expresó en una entrevista publicada en Vida Nueva a su manera el 20.07. 2018 ( https://www.vidanuevadigital.com/2018/07/20/gilfredo-marengo-pablo-vi-nunca-dudo-que-decir-sino-como-decirlo/ ):

"Pablo VI no tuvo jamás ninguna duda sobre el juicio de fondo. No dudó que la contracepción no fuese moralmente lícita. Aunque al mismo tiempo se daba cuenta de que hacer directamente un pronunciamiento habría sido difícilmente aceptable, tanto para la opinión pública como en el interior de la Iglesia. Por eso, pidió ayuda para prponerlo de la mejor manera posible. Todos los esfuerzos se han centrado en esto, sobre todo desde 1966 en adelante: no en qué decir, sino en cómo decirlo de la mejor manera posible".

Pero todavía en 1964 Pablo VI hablaba como si se pudiesen dar por superadas y, por tanto, no obligatorias las normas de la Iglesia sobre el control de natalidad existentes; y decía que se habían de tener esas normas como válidas "al menos" hasta que él se creyese obligado a modificarlas y que le parecía oportuno "recomendar" que nadie se pronunciase de manera distinta a las normas vigentes. Y lo decía ante el Colegio cardenalicio:

"Nuestras palabras nos llevan de la visión del presente y del pasado a la del futuro. También esta visión se presenta amplia y plena de problemas formidables y grandes acontecimientos. Hablaremos, para terminar, sobre uno solo de estos problemas y sobre uno solo de estos acontecimientos que el futuro próximo nos prepara.
El problema, todos hablan de él, es el del llamado control de la natalidad, es decir, el aumento de las poblaciones, por un lado, y de la moralidad familiar, por otro. Problema grave en extremo, afecta a las fuentes de la vida humano; afecta a los sentimientos e intereses más íntimos de la experiencia del hombre y de la mujer. Problema en extremo complejo y delicado. La Iglesia reconoce sus aspectos múltiples, es decir, sus múltiples competencias, entre las cuales ciertamente campea la de los cónyuges, la de su libertad, la de su conciencia, la de su amor, la de su deber. Pero la Iglesia debe afirmar también la suya, la de la ley de Dios por ella interpretada, enseñada, favorecida y defendida; y la Iglesia tendrá que proclamar esta ley de Dios a la luz de las verdades científicas, sociales, psicológicas, que en estos últimos tiempos han difundido nuevos y amplios estudios. Será preciso considerar atentamente este desarrollo tanto teórico como práctico del problema. Es lo que está realizando precisamente la Iglesia. El problema está sometido a un estudio lo más extenso y profundo posible, es decir, lo más grave y honrado, como conviene a materia de tanta importancia.
Está sometido a un estudio, decimos, que esperamos prontamente concluir con la colaboración de muchos e insignes estudiosos. Daremos pronto sus conclusiones en la forma más adecuada al objeto tratado y al fin que se trata de conseguir. Pero digamos, entre tanto, con franqueza, que
todavía no tenemos motivos suficientes para creer superadas y, por tanto, no obligatorias las normas establecidas por el Papa Pío XII a este respecto; han de tenerse, por tanto, como válidas, al menos hasta que no nos creamos en conciencia obligados a modificarlas. En tema de tanta gravedad es conveniente que los católicos sigan una única ley, la que la Iglesia autorizadamente propone; sin embargo, creemos oportuno recomendar que ninguno se arrogue el derecho a pronunciarse en términos distintos a las normas vigentes". (Alocución de Pablo VI al Sacro Colegio, 23 de junio de 1964, AAS 56 (1964), p. 588).

Según la información aportada por el gran teólogo moralista Marcelino Zalba, S. I., "los Padres conciliares, mientras tanto, discutían la misma temática del amor conyugal en el esquema nº 13, que después llevaría por título Gaudium et Spes . El 23 de noviembre de 1965 Pablo VI debía intervenir personalmente para corregir algunas formulaciones en materia de anticoncepción que se prestaban a interpretaciones ambiguas. Los Padres conciliares precisaban en la redacción final del documento conciliar —en la famosa nota nº 14— que el Pontífice se reservaba el derecho de tomar cualquier decisión ulterior sobre los asuntos tratados" [en la Comisión pontificia de natalidad].

Y efectivamente, el Concilio Vaticano II reafirmó en la Gaudium et spes de 7 de diciembre de 1965, la declaración de ilicitud de la contracepción ya reprobada en la Casti Connubii de PIO XI y en las subsiguientes enseñanzas del magisterio pontificio ordinario:

51. "No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la regulación de la natalidad(119)[14]".

(119)[14]. Cf. PIO XI, Encycl. Casti Connubii: AAS 22 (1930), pp. 559-561; DENZ.-SCHÖN. 3716-3718;
Allocutio Conventui Unionis Italicae inter Obstetrices, 29 oct. 1951: AAS 43 (1951), pp. 835-854;
PABLO VI, 
Allocutio ad Em.mos Patres Purpuratos, 23 iunii 1964: AAS 56 (1964), pp. 581-589.

Y en la misma nota (119)[14] del nº 51 de la Gaudium et spes, el Concilio Vaticano II menciona la encomienda de estudio de la licitud de la píldora anovulatoria, que el papa Pablo VI había hecho a la Comisión de natalidad pontificia, al ser un anticonceptivo de nuevo tipo; y el Concilio Vaticano II, como está reafirmando aquí la doctrina que la Iglesia enseña ya en la Casti Connubii y concordantes, y como falta aún el juicio del Papa, posterior a la conclusión por la Comisión de su tarea, hace constar que no pretende proponer ya soluciones concretas, puesto que sigue en pie la doctrina del Magisterio:

(119)[14]

Quaedam quaestiones quae aliis ac diligentioribus investigationibus indigent, iussu Summi Pontificis, Commissioni pro studio populationis, familiae et natalitatis traditae sunt, ut postquam illa munus suum expleverit, Summus Pontifex iudicium ferat. Sic stante doctrina Magisterii, S. Synodus solutiones concretas immediate proponere non intendit.

(119)[14]

Ciertas cuestiones que precisan adicionales y más diligentes investigaciones han sido entregadas por orden del Sumo Pontífice a la Comisión para el Estudio de la Población, la Familia y la Natalidad, para que, cuando esta concluya su tarea, el Sumo Pontífice dé su juicio. Permaneciendo así en pie la doctrina del Magisterio, el santo Sínodo no pretende proponer inmediatamente soluciones concretas.

Entonces lo que ocurrió es que el papa san Pablo VI, consideró que no debía autorizar el uso de anticonceptivos, aunque la mayoría de los miembros de la comisión de dignatarios había votado el 20 de junio de 1966 a favor de que fuese autorizado ese uso. Y el papa dispuso que la Congregación para la Doctrina de la Fe preparase un proyecto de resolución pontificia y que lo acabase de perfilar el sacerdote dominico Mario Luigi Ciappi, entonces teólogo de la Casa Pontificia, que posteriormente fue cardenal.

Ciappi trabajó sobre la base del proyecto que fue terminado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1967. La tarea de Ciapi estaba completada en 1968 y, tras la revisión por el propio papa Pablo VI, el texto estaba listo y redactado ya en latín para ser publicado en forma de encíclica pontificia. El título de la encíclica iba a ser De nascendae prolis. Incluso llegó a ser ya impresa esa versión original en latín.

Además paralelamente, Pablo VI consultó al episcopado. Algunos acusan al Papa San Pablo VI de haber publicado la encíclica Humanae vitae sin haber consultado a los obispos. La investigación de Marengo revela todo lo contrario. Durante el Sínodo de los Obispos de 1967, el Papa pidió a todos los prelados que compartieran con él su postura sobre el tema.

“La voluntad del Papa de consultar a todos los miembros de la asamblea sinodal es muy importante, porque una de las acusaciones más comunes, después de la publicación de la Humanae vitae, es que tomó la decisión de manera no colegial”, afirma Mons. Marengo.

Y ocurrió lo mismo que con las comisiones en las que Pablo VI buscó que su manera de expresar su rechazo de la contracepción mediante la píldora anovulatoria no fuese rechazada.

De los 197 obispos participantes en el Sínodo, solo 26 respondieron en el tiempo que se les dio, del 9 de octubre de 1967 al 31 de mayo de 1968.

En el libro de Marengo aparece la lista de las comunicaciones escritas, 25 en total. Algunos de los que respondieron lo hicieron más de una vez; otros, en cambio, enviaron un único documento con varias firmas.

De los 26 sinodales que respondieron, 19 se expresaron a favor de los anticonceptivos y solo siete en contra.

De estos siete, los más conocidos eran el entonces Arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla y el obispo estadounidense mons. Fulton Sheen, cuyo proceso de beatificación está terminado favorablemente, pero sin que haya sido aún beatificado.

A favor de la permisividad de anticonceptivos como la píldora anovulatoria estaban los cardenales Suenens (Bruselas) y Döpfner (Munich), los cardenales obispos estadounidenses Shehan (Baltimore), Krol (Filadelfia), Dearden (Detroit), Wright (Pittsburgh); el cardenal Renard (Lyon), el obispo Martinj (Nouméa, Nueva Caledonia); el cardenal Legér (Montreal), el administrador apostólico de Toronto Phocock, el obispo Hurley (Durban); el obispo Lorscheider (Brasilia); el cardenal Darmojuwono (Semerang, Indonesia); el obispo Martensen (Copenhague); el consejero del Patriarca de Antioquía de los melquitas, Edelby; el obispo Flahiff (Winnipeg), el obispo Beck (Liverpool); el obispo Dupuy (Albi).

En contra, siete: el estadounidense Fulton Sheen, obispo de Rochester; el cardenal Santos (Manila); el cardenal Tappouni, Patriarca de Antioquía de los sirios; el cardenal Siri (Génova); el obispo Attipetty (Verapoly, en India); el vicario apostólico Hartl (Araucaría, Chile); y el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla. 

Pablo VI detuvo la publicación como encíclica del texto de Ciappi que iba a ser publicada el 23 de mayo de 1968.

Las reseñas de la versión española del libro de Marengo dicen que el texto de Mons. Ciappi era "muy denso" y que también introducía los temas del celibato y la virginidad consagrada, que lo hacían más denso aún.

Pero dice Marengo que “desde el punto de vista general”, ese documento de Ciappi elevaba “el perfil doctrinal ya dominante en el proyecto de la Congregación”. De ese modo se configuraba “como un riguroso pronunciamiento de doctrina moral”. Y que cuando el documento llegó a los traductores, fueron los teólogos franceses y españoles –entre ellos Paul Poupard y Eduardo Martínez Somalo– quienes alertaron sobre las dificultades. Mons. Giovanni Benelli, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, explicó el problema al Papa.

En el libro de Marengo viene así:

«Los traductores franceses de la Secretaría de Estado, monseñor J. Martin y monseñor P. Poupard, de acuerdo con Eduardo Martínez Somalo, encargado de la traducción española, le enviaron al Santo padre, mediante G. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado, sus reservas sobre el texto».

Y añade Marengo:

«Un atento análisis del documento preparado –escribieron los traductores– confirma la primera impresión. Es relativamente fácil darle algunos retoques formales (abreviar frases demasiado largas, cancelar repeticiones, mover algunos argumentos…) y ello evitaría ciertamente una cantidad de fastidios: nuevo trabajo, nuevos retrasos, indiscreciones, odiosidades… Pero, en conciencia, debemos decir que en nuestra opinión el remedio sería insuficiente. Es la configuración misma, la formulación negativa o restrictiva, más allá de la presentación estilística, lo que parece poco adecuado al objetivo: hacer inteligible y (en la medida de lo posible) aceptable la doctrina de la iglesia al hombre de hoy en relación con una materia tan discutida y delicada. Si los Superiores consideran suficiente la primera solución (retoques formales), el documento puede estar listo dentro de pocos días. De lo contrario, será necesario un trabajo más largo y mayor esfuerzo. + JM y Poupard».

Esto, por lo visto, no lo dice Martínez Somalo. No lo firma.

¿Y qué quieren decir las reseñas con eso de que el texto era muy denso?

Luciano Moia escribió en Avvenire, el diario de los obispos italianos, que la proyectada encíclica estaba "llena de doctrina y normatividad restrictiva".

Esto concuerda con lo que dice Marengo de "riguroso".

Pablo VI decidió no publicar así como estaba la encíclica y pidió que la corrigieran Martin y Poupard, pero que el trabajo de estos fuera revisado por el Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Philippe. Este último se apoyó en las sugerencias del sacerdote dominico, fray Benoit Duroux O. P., consultor de la misma Congregación para la Doctrina de la Fe, colaborador de Philippe desde hacía mucho tiempo»

Philippe hizo ver a Pablo VI el escoramiento hacia la permisividad del nuevo texto resultante de las modificaciones de Martin y Poupard.

Avvenire indica que el nuevo texto tampoco fue del todo adecuado y entonces Pablo VI “tomó toda la sección pastoral y agregó una serie de señalamientos de gran delicadeza que todavía hoy revelan su impronta”.

El Papa también cambió el nuevo título que se le había dado al texto, y de Vitae tradendae munus, pasó a llamarse Humanae vitae.

El libro de Marengo publica todas las correcciones hechas a mano por san Pablo VI.

Como consecuencia de la reacción contestaría que recibió la Humanae Vitae a nivel mundial, incluso de importantes teólogos católicos, el Papa Pablo VI no volvió a publicar ninguna encíclica en los 10 años restantes de su pontificado, que concluyó en 1978. En los cinco años anteriores había publicado siete encíclicas.

El entonces Secretario de Estado, Cardenal Agostino Casaroli, dijo que “la mañana del 25 de julio de 1968 Pablo VI celebró la Misa del Espíritu Santo, pidió luz de lo Alto y  "firmó su firma más difícil, una de sus firmas más gloriosas. Firmó su propia pasión”.

..Doctrina de la Humanae Vitae ..

Mantiene la doctrina de Casti Connubii, Concilio Vaticano II,. ..Gaudium et spes

El papa san Pablo VI no acepta el parecer de la Comisión, porque habían aparecido criterios que se separaban del Magisterio constante de la Iglesia:

"No podíamos, sin embargo, considerar como definitivas las conclusiones a que había llegado la Comisión, ni dispensarnos de examinar personalmente la grave cuestión; entre otros motivos, porque en el seno a la Comisión no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente la documentación que se nos presentó y después de madura reflexión y de asiduas plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar nuestra respuesta a estas graves cuestiones". (San Pablo VI, Humanae Vitae, 6).

San Pablo VI al final se pronunció como Papa y reafirmó la doctrina de la Iglesia ya expuesta en el magisterio ordinario constantemente y por consiguiente dotada de la infalibilidad que el magisterio ordinario reiterado, constante y universal tiene.

La conclusión del n. 11 de la Encíclica Humanae Vitae declara, citando la Casti Connubii de Pío XI y la Alocución de 1951 de Pío XII a las Comadronas:

La Iglesia al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la procreación de la vida a la que de por sí está destinado («ut quilibet matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus permaneat»: AAS 60, 1968, 488). (12 Cfr. Pii XI, Litt. Enc. Casti ConnubiiA. A. S. XXII (1930) p. 560; Pii XII, Alloc. iis quae interfuerunt Conventui Societatis Catholicae Italicae inter Obstetrices: A. A. S. XLIII, 1951, p. 843).

Verumtamen Ecclesia, dum homines commonet de observandis praeceptis legis naturalis, quam constanti sua doctrina interpretatur, id docet necessarium esse, ut quilibet matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus permaneat (12 Cfr. Pii XI, Litt. Enc. Casti ConnubiiA. A. S. XXII (1930) p. 560; Pii XII, Alloc. iis quae interfuerunt Conventui Societatis Catholicae Italicae inter Obstetrices: A. A. S. XLIII, 1951, p. 843).

Pero durante cinco años se había producido la extensión masiva y la proliferación arrolladora de las teorías y las prácticas de la contracepción entre los católicos. No se había sabido cortar. ¿Quizá fue por querer hacer admisible y aceptable la doctrina de la Iglesia? Quizá... El caso es que la pastoral había sido desacertada una vez más. Y que se había acelerado enormemente el proceso de descristianización y apostasía propiciado por la anomía, o permisividad de la transgresión, o iniquidad, como tradujo al latín san Jerónimo. Y esto ha seguido incrementándose aún más aceleradamente: el misterio de iniquidad, la anomía o permisividad de la transgresión, vivir y pensar como si Dios no existiera; y de ahí, el enfriamiento de la caridad y la apostasía o descristianización. Cualitativa y cuantitativamente.

Y también se desencadenó el rechazo y la no aceptación de la Humanae vitae por toda una serie de importantes teólogos y de importantes dignatarios. Pseudoteólogos más bien.

¡Qué menos que los pseudoteólogos que rechazan a Dios les rechacen también a ellos, los dignatarios permisivos! ¡Suerte tuvieron de verse rechazados como Jesús, el Verbo hecho carne! Él ya nos lo tiene dicho.

Humanae vitae” y el último sondeo secreto de Pablo VI - La Stampa

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Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?».
Él les dijo: 
«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.
»Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. 
»Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
»Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad [operarii iniquitatis, ergatai adikías]”.
»Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera.
»Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
»Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».
(Lc 13,23-30. Biblia de la CEE)

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Consecuentemente, las esperanzas y las expectativas falsas se fortalecieron. Esto provocó, en parte, la consternación de mucha gente en la Iglesia, cuando en julio de 1968 el Santo Padre reafirmó la conocida enseñanza.

Muchos libros destacaron los trabajos de la Comisión y fueron publicados durante muchos años, pero la mayor parte de ellos fueron escritos por los firmes opositores de la “Humanae Vitae”.

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Sandro Magister, en su comentario del libro de Gilfredo Marengo, ya dijo en 2018, entre otras cosas, que la campaña para desvalorizar la enseñanza de la Humanae Vitae era un fracaso:

https://www.religionenlibertad.com/opinion/99759699/AHumanae-VitaeA-asi-nacio-y...-Aay-de-quien-la-toque.html

"El ajetreo en curso para demoler la Humanae Vitae –la encíclica de Pablo VI, de 1968, que dijo no a los anticonceptivos artificiales– ha encontrado en estos días [de 2018] un inesperado contratiempo en un libro que reconstruye la génesis de aquel texto, gracias al acceso, por primera vez, a los documentos secretos que le conciernen; acceso autorizado en persona por el Papa Francisco

El contratiempo es tanto más serio en cuanto que los promotores de un "cambio de paradigma", es decir, de una liberalización de los anticonceptivos –desde el cardenal Walter Kasper al teólogo Maurizio Chiodi, autor de la ya célebre conferencia en la Pontificia Universidad Gregoriana que ha desencadenado la campaña, con la aparente aprobación del Papa Francisco–, se esperaban precisamente de este libro no un obstáculo, sino un posterior apoyo a sus tesis.

De hecho, el autor del libro ha sido coordinador de un grupo de estudio constituido hace más de un año en el Vaticano, precisamente en el clima de una revisión de la Humanae Vitae. Además de Gilfredo Marengo, el grupo lo componían el teólogo Pierangelo Sequeri, nombrado por el Papa presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para las ciencias del matrimonio y de la familia, Angelo Maffeis, del Instituto Paolo VI de Brescia y el historiador Philippe Chenaux, de la Pontificia Universidad Lateranense.

La institución del grupo de estudio había sido saludada con mucho fervor por los promotores de la "superación" de la enseñanza de la Humanae Vitae, dado que había sido lanzada precisamente por uno de ellos, monseñor Vincenzo Paglia, muy cercano al Papa Francisco, presidente de la Pontificia Academia para la Vida y Gran Canciller del Instituto Juan Pablo II. El pasado 8 de marzo [de 2018], el periódico de la Conferencia Episcopal Italiana Avvenire –también plenamente alineado con los innovadores– había llegado a pronosticar "resultados sorprendentes por los estudios autorizados por la Pontificia Academia para la Vida", respecto a la génesis y, consiguientemente, también a la interpretación en términos más liberales de la Humanae Vitae.

Pero mientras tanto, el 9 de mayo [de 2018], a los innovadores les ha llegado una primera desilusión del miembro más acreditado del grupo de estudio, Sequeri, que en una docta conferencia sobre la Humanae Vitae en la Universidad Católica de Milán, ha vuelto a confirmar como "injustificable la práctica que procura e impone una esterilización artificial del acto conyugal".

Pero ahora [en 2018], después de la salida del libro de Marengo, de la desilusión se ha pasado a la consternación. Porque el libro contradice con la fuerza de los hechos justo las tesis más queridas por los promotores del cambio.

De hecho, basta leer sólo la síntesis que Andrea Tornielli ha dado del libro en Vatican Insider –fuente no sospechosa dada su proximidad al Papa Francisco– para entender cómo ha fracasado sustancialmente el cálculo de exhibir, de entre los papeles secretos de la preparación de la encíclica de Pablo VI, algún asidero que permita redimensionar su enseñanza".

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Otros datos aportados por el gran teólogo moralista Marcelino Zalba, S. I.

'Al comienzo —recuerda hoy el padre Zalba— había bastante uniformidad en los puntos de vista'. Con el andar del tiempo, sin embargo, la discusión sobre el carácter lícito o no de los nuevos métodos de anticoncepción se hizo cada vez más encendida. En concomitancia, por una parte, con el aumento continuo de los expertos —y de las opiniones— invitados a incorporarse en las varias comisiones cuyos miembros llegaron a ser setenta y cinco en junio de 1966 entre obispos, teólogos, médicos, demógrafos y matrimonios cristianos. Por la otra, en relación con la creciente presión externa impuesta por los medios de comunicación social. En efecto algunos comenzaron a objetar que la píldora planteaba un tipo de problema del todo nuevo respecto a los anticonceptivos tradicionales que Pío XI había condenado sin medios términos con la Casti Connubi en l930. A diferencia de los anticonceptivos la píldora no interfería visiblemente en la 'mecánica' del acto conyugal, que en consecuencia conservaba su carácter 'natural'. Se limitaba a intervenir, y sólo temporáneamente, en la ovulación de la mujer. ¿Qué diferencia había desde el punto de vista moral con el recurso a los métodos naturales que había aprobado Pío XII?

La diferencia existía y residía —respondían los defensores de la doctrina tradicional— en que el método de la 'temperatura' no alteraba artificialmente los ritmos biológicos de la fecundidad femenina sino que permitía a los esposos 'aprovechar' el conocimiento de las leyes de la naturaleza. El punto teológico en el cual se centraba la discusión era el llamado 'principio de totalidad'.

Se pretendía con esta argucia eludir el obstáculo constituido por la doctrina tradicional para la cual cada uno de los actos conyugales debe estar 'abierto' a la procreación. La doctrina sostenía asimismo que la vida matrimonial considerada en su globalidad era garantía suficiente de semejante apertura. Según un número considerable de testimonios el hecho que desequilibró los platillos de la balanza a favor de los promotores del 'principio de totalidad' fue la 'conversión' del profesor Fuchs . Este, tras un período en el que había obrado con suma prudencia, confesó que ya no podía continuar enseñando la doctrina tradicional desde su cátedra en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. El episodio causó naturalmente una fuerte impresión: Fuchs era una de las personalidades de mayor renombre que formaban parte de la comisión pontificia.

Los Padres conciliares, mientras tanto, discutían la misma temática del amor conyugal en el esquema nº 13, que después llevaría por título Gaudium et Spes . El 23 de noviembre de 1965 Pablo VI debía intervenir personalmente para corregir algunas formulaciones en materia de anticoncepción que se prestaban a interpretaciones ambiguas. Los Padres conciliares precisaban en la redacción final del documento conciliar —en la famosa nota nº 14— que el Pontífice se reserva el derecho de tomar cualquier decisión ulterior sobre los asuntos tratados [en la Comisión pontificia de natalidad], confiando a una comisión especial la tarea de proporcionarle documentos y elementos de juicio para una reflexión no sólo de carácter moral sino también científico. La responsabilidad de los expertos que él mismo había designado se acrecentaba en el preciso momento en que los teólogos que defendían la doctrina 'tradicional' se habían convertido en minoría. En 1966 un grupo de dieciséis obispos fueron llamados a tomar parte en la comisión pontificia. Entre ellos se contaban siete cardenales: Ottaviani (prefecto del Santo Oficio), Suenens (de Malinas, Bélgica), Doepfner (de Munich, Alemania), Heenan (de Westminster, Inglaterra), Gracias (de Bombay, India), Lefebvre (de Bourges, Francia) y Shehan (de Baltimore, Estados Unidos). Todos ellos participaron en la última y decisiva reunión de la comisión que tuvo lugar el 20 de junio en el Pontificio Colegio Español de Roma. El único ausente fue el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla , que había sido convocado por el Papa. El Gobierno polaco no le había concedido 1a autorización para viajar a Roma. Después de seis días de ásperos debates se optaba por someter a votación las diversas posiciones. La pregunta se planteaba en estos términos: ¿debe ser considerada la anticoncepción 'intrínsecamente mala'? En la comisión pontificia responden negativamente Doepfner, Suenens, Shehan, Lefebvre, Dearden, Dupuy, Méndez, Reuss y Zoa. Se abstienen Heenan, Gracias y Binz. Votan afirmativamente sólo Ottaviani, Morris y Colombo, obispo y teólogo de confianza de Pablo VI. Entre los teólogos la diferencia es aún más notoria: once votos negativos contra cuatro afirmativos. Un veredicto que no dejaba lugar a objeción alguna. (...) Colombo, semiparalizado a causa de la enfermedad y la vejez, recuerda con lucidez aquel día, una herida abierta que aún duele: '¡Si las autoridades polacas hubieran dejado salir a Wojtyla! —da rienda suelta a sus sentimientos—. Después de todo, uno de aquellos nueve, pero no quiero decir quién, al poco tiempo se echó atrás, cambió de parecer'. Habla como quien pretende volver al pasado, a aquel pasado turbulento del 23 de junio de 1966, y modificar el curso de la historia.

Dos años dramáticos

Ya a fines de 1966 hubo quienes cayeron en la cuenta de que el Papa no iba a aceptar las conclusiones a las que había llegado la comisión pontificia. Se verificó entonces un episodio verdaderamente penoso. Algunos miembros de la 'mayoría' se pusieron a manipular la publicación, a través de los medios de prensa, de los documentos conclusivos de la comisión que eran de carácter reservado. Se trató de uno de los más clamorosos scoop, pero a la vez de uno de los más tristes en la historia del periodismo católico. Lo llevó a cabo el National Catholic Reporter , seguido por el Tablet . Todo el mundo sabía ahora que la comisión nombrada por Pablo VI había llegado a conclusiones que modificaban la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la anticoncepción. ¿Cómo podía contrariar el Papa el parecer de los expertos que él mismo había escogido y a quienes se había confiado para tener un conocimiento mayor en materia tan delicada?

Los dos años que separan la votación en el Colegio Español de la publicación de la encíclica se cuentan entre los más dramáticos del entero pontificado de Pablo VI. 'No hemos sentido nunca como ahora en esta coyuntura el peso de nuestro oficio', confía Pablo VI a los fieles el 31 de julio de 1968, dos días después de la publicación de la Humanae Vitae. Cómo se desarrolló y quiénes tomaron parte en el proceso de redacción de la encíclica son interrogantes para los cuales los estudiosos no han hallado aún la respuesta.

El proceso de la encíclica

El belga Jan Grootners ha intentado realizar una reconstrucción histórica del proceso que desembocó en la elaboración de la encíclica. Y ha sacado esta conclusión: varias comisiones secretas independientes entre sí que fueron establecidas a fines de 1966, habrían proporcionado al Papa un primer documento-base para la reflexión. En la redacción final, en cambio, habrían desempeñado un papel fundamental el obispo Carlo Colombo y el teólogo francés Gustave Martelet (precisamente el Papa durante la alocución ya citada del 31 de julio de 1968 invitó a meditar sobre los escritos que Martelet había dedicado al tema del matrimonio).

Sea como sea, el dato más atendible es que el Papa se valió de la aportación de varios expertos. En una primera fase —nos lo confirma el interesado— se intentó valorar la opinión de Josef Fuchs, el exponente teológico más competente entre quienes constituían la 'mayoría'. Fue convocado igualmente el padre Jan Visser, quien tras afirmar enseguida que no consideraba oportuno publicar la encíclica, regresó a Holanda. La contribución del franciscano Ermenegildo Lio , catedrático de Teología moral en la Universidad Lateranense y experto de confianza del cardenal Ottaviani, fue inestimable.

Se le solicitó que presentara al Papa un estudio particularizado sobre algunas cuestiones fundamentales de la encíclica, tarea que llevó a cabo con extrema diligencia. Hay que mencionar asimismo la colaboración prestada por el padre Marcelino Zalba, miembro de la 'minoría'. Después de numerosos 'interrogatorios' hemos logrado arrancarle una pequeña confesión: fue él quien realizó la traducción al latín del texto pontificio junto con un italiano de la Secretaría de Estado. También el teólogo del Papa, Carlo Colombo —no era un moralista pero tenía las ideas muy en claro sobre la materia en cuestión— se niega a hablar del asunto. Al fin, como queriendo evitar ser descortés, dice: 'La encíclica pasó por dos redacciones principales. La primera en italiano y la segunda en francés. Monseñor Paul Poupard, entonces jefe de la sección francesa de la Secretaría de Estado, colaboró significativamente supervisando la redacción en francés'.

Reacciones positivas

Pese a todo hubo quienes se alegraron con las palabras tan severas del Papa: los católicos latinoamericanos. 'La población de nuestro continente, pero también la africana y la asiática —comentó el 29 de septiembre de 1968 Hélder Cámara , el célebre obispo brasileño—, se habría atragantado muy pronto con las píldoras anticonceptivas si Pablo VI no hubiera escrito esta encíclica'.

Veinte años después del evento de la Humanae Vitae, William May, Catedrático de Teología Moral en la Catholic University of America, uno de los firmantes de una declaración contra la encíclica, reconoce:

'En 1968 fui uno de 109 firmantes de la declaración de disentimiento de la Humanae Vitae hecha circular en la Catholic University of America en Washington. Muchos en aquel entonces me felicitaron por mi «coraje» e «inteligencia». Pero hoy estoy arrepentido de aquella decisión.

Cuando suscribí el documento no creía que habría podido poner en práctica la anticoncepción. Por otra parte, tampoco mi esposa, una mujer muy valiente, me lo habría permitido. Pero me encontraba confundido intelectualmente. Había seguido con atención el debate sobre la contraconcepción de la década del '60 y había quedado impresionado por los argumentos de aquella época -eran ya avanzados- para justificar la anticoncepción. En especial me había impresionado uno de ellos: la distinción entre vida conyugal considerada en su totalidad -debía estar abierta a la fecundidad- y cada uno de los actos de la vida matrimonial. El razonamiento, aunque no me convencía del todo, me impulsaba a preguntarme si la contraconcepción podía ser moralmente justa en determinadas circunstancias. Además conocía a muchas personas estupendas que amaban a los niños a pesar de que ponían en práctica la contraconcepción.

Pero había otra razón por la cual me decidí a firmar el documento. Muchas de las personas que ya lo habían firmado gozaban de óptima reputación y también yo quería situarme entre ellas, quería entrar en la élite de los «iluminados», los valientes y libres pensadores del catolicismo. En aquel período trabajaba en el ámbito editorial y estaba siempre en búsqueda de nuevos autores y libros que reflejaran la «teología del futuro».

Claro que comencé a arrepentirme casi inmediatamente. En octubre de 1968 nacía nuestro sexto hijo, una niña, Susie. Durante esos días me encontraba leyendo The biological Time Bomb , libro que mostraba claramente las consecuencias que se derivan de separar la dimensión unitiva de la procreativa en el amor conyugal. Comenzaba a notar que si la contra-concepción era justificable entonces debía justificarse también la inseminación artificial, la fertilización in vitro y todas las «técnicas» reproductivas que prescinden del acto conyugal.

Al año siguiente llegué a la conclusión de que los argumentos usados para respaldar la contra-concepción podrían amparar también todo tipo de comportamiento sexual. En 1970 tuve la confirmación de este pensamiento cuando se editó el libro de Michael Valnt Sex: the radical view of a catholic theologian , que defendía incluso la homosexualidad.

Transcurrió un nuevo año y comencé a enseñar Ética cristiana en la universidad. Por lo tanto me sentí obligado a profundizar estas reflexiones en su ámbito rigurosamente teórico. De este modo comprendí la fragilidad evidente del argumento a favor de la contra-concepción que pretendía sustentarse en la distinción entre vida conyugal en su totalidad y actos individuales. En el mismo texto de la Humanae Vitae encontré el mejor contra-argumento. En el parágrafo nº 13 se lee: «Todo acto conyugal impuesto al cónyuge sin tener en cuenta la condición o los legítimos deseos del otro no constituye un verdadero acto de amor y niega, en consecuencia, una exigencia del recto orden moral en la relación entre los esposos». ¡Qué gran verdad! Y pese a ello no dejamos de considerar el llamado «principio de totalidad». ¿No se lo podría invocar para justificar cada una de las relaciones sexuales no respetuosas de los «deseos legítimos» de uno de los esposos, aún cuando la vida matrimonial entendida en su totalidad los respete? Puede parecer ridículo, y sin embargo, éste era precisamente el argumento empleado por los teólogos que disentían para destruir el poder maravilloso de dar la vida, y de darla en un acto de amor.

Así comprendí que las teorías morales inventadas para legitimar la contra-concepción podían ser manipuladas con objeto de justifícar todo tipo de acción conforme a una lógica utilitaria que rechaza la noción misma de actos «intrínsecamente malos». Sólo entonces pude apreciar la decisión profética del Papa al cual, providencialmente, le había sido dada la fuerza para resistir las tremendas presiones del ambiente que le rodeaba'.

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Cuando al final el Papa actuó como Papa, enseñó la doctrina católica y entonces lo hizo inspirado por el Espíritu Santo, como siempre hablan los Papas cuando enseñan como tales:

"En última instancia, el Papa se convenció de la verdad sobre las cuestiones debatidas, y también se convenció de que no tenía más alternativa que enseñar la verdad, lo que finalmente hizo".

Y finalmente publicó la Humanae vitae en 1968: «El hombre no puede hallar la verdadera felicidad más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza».

Cinco décadas después se elogia a san Pablo VI como un héroe y se califica como profética la Humanae Vitae, pero entonces se retrasó durante cuatro o cinco años la reafirmación de la doctrina católica y se dejó pensar y que se dijera a la gente durante todos esos años que la doctrina se iba a cambiar y que se iba a autorizar por la Iglesia la píldora anovulatoria a los católicos. Esto hizo mucho mal.

No se deben ocultar en la historia de los santos sus pecados y defectos antes de llegar a ser santos. Así lo decía santa Bernadette. Los santos no los ocultaban. Véase lo que relataban san Pedro, el primer Papa, y san Pablo. O las Confesiones de san Agustín. No se debe seguir cultivando la hagiografía semipelagiana tan predominante y tan desprestigiada.

***

Se ha hablado de milagro. En realidad aquí la palabra milagro quiere decir más bien inspiración sobrenatural realizada por Dios. Se puede decir que fue por inspiración de Dios por lo que san Pablo VI promulgó la Humanae vitae. Es decir hablando como Papa.

La crisis de la Humanæ vitæ (1968), sobre la posible aceptación de los anticonceptivos. Antes de la encíclica, una fuerte y amplísima presión encabezada por las Iglesias locales centroeuropeas (Häring and Cia.), con la universal colaboración de los medios de comunicación del mundo y de buena parte de la Iglesia, venía a exigir al Papa que declarase lícito el uso de anticonceptivos, y así lo aconsejaron también con amplias mayorías las mismas Comisiones formadas por la Santa Sede sobre esta cuestión (Cfr. Iraburu, 19.10.2014 InfoCatólica ).

"Finalmente Pablo VI, ateniéndose al dictamen de una Comisión claramente minoritaria, encabezada por el Padre Marcelino Zalba Erro, S. J., navarro, realizó el milagro de escribir y firmar la encíclica Humanæ vitæ, una de las estrellas más brillantes del cielo doctrinal de la Iglesia Católica. Lo que vino a demostrar que a Jesucristo le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, y que en la Iglesia –y también en el mundo, aunque de otra manera– vive y reina por los siglos de los siglos. Amén".
(Iraburu, 19.10.2014 InfoCatólica
http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1410191122-286-3-el-matrimonio-y-el-adul )

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Grisez escribe: “Cuando el Papa Pablo VI reorganizó la comisión, no quería ir en contra del cambio, sino que quería dar a los que lo proponían, todas las oportunidades para exponer sus argumentos. Ellos lo hicieron, y el Papa rechazó sus pretensiones".

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Reflexiones en la beatificación de Pablo VI

...El humo de Satanás en la Iglesia...

El hecho de que la Iglesia eleve a alguien a los altares como beato y como santo no significa simplemente que esa persona ha ido al cielo, sino que la Iglesia lo propone como modelo en uno o varios aspectos. Es el propio Dios, al hacer los milagros requeridos para esa elevación a los altares, el que providencialmente decide que una u otra persona sea propuesta así como modelo ejemplar en alguna circunstancia del momento.

Al cielo va a ir muchísima más gente. El ángel de Fátima encargó de parte de Dios a los pastorcillos y a todos nosotros que después de cada misterio del rosario pidamos a Jesús:

"Lleva al cielo a todas las almas".

Canals recordaba que el Padre Orlandis decía: "En el cielo nos vamos a llevar muchas sorpresas".

Los elevados a los altares son los que la Iglesia en nombre de Dios pone como modelos.

San Pablo VI cuando hizo balance de su pontificado cinco semanas antes de morir, en el "umbral supremo", declara que puede decir como san Pablo, fidem servavi, he guardado la fe, y sólo destaca una cosa en este aspecto, que él repitió incansablemente que Jesús es el Mesías, es Dios:

«Nos sentimos en este umbral supremo consolado y animado por la conciencia de haber repetido incansablemente ante la Iglesia y el mundo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16); y como Pablo, creemos que podemos decir: "He combatido el buen combate, he terminado mí carrera, he guardado la fe" (2 Tim 4, 7)... He ahí, hermanos e hijos, el propósito incansable, vigilante, agobiador que nos ha movido durante estos quince años de pontificado. Fidem servavi, podemos decir hoy, con la humilde y firme conciencia de no haber traicionado nunca "la santa verdad"». (Beato Pablo VI, Homilía del 29.06.1978).

Realmente lo único que interesa de un Papa es que actúe como tal y para ello que proclame la verdad de fe de que Jesucristo es Dios, con las verdades conexas, y las aplique y exhorte a que se apliquen por todos personal y colectivamente. Y si no puede exhortar a que se aplique plenamente a la vida del colectivo social, debido al progreso de la descristianización, al menos, como mal menor, que proclame, aunque no se aplique plenamente a lo social, que Jesucristo es Dios. Y si no puede ni siquiera proclamarlo explícitamente, al menos que no traicione esta santa verdad y que no reniegue de Jesucristo y de la esperanza de su Reinado.

San Pablo VI emplea la expresión, fidem servavi, he guardado la fe, la misma expresión que aparece en el Apocalipsis al caracterizar a la Iglesia de la época actual, en gran parte la Iglesia de Filadelfia:

«Has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre» (Ap 3,8).

Canals explicaba esta expresión has guardado mi palabra, diciendo que significa que las autoridades eclesiásticas de esta época simplemente no han desechado la palabra de Dios, no la "han tirado por la ventana", decía Canals textualmente. Ciertamente en el propio versículo, el Apocalipsis explica esta expresión, has guardado mi Palabra, diciendo que consiste en que no has renegado de mi nombre. Y lo dice como un elogio. Y se está refiriendo a los fieles con las autoridades eclesiásticas y el Papa a la cabeza, a la santa Madre Iglesia Jerárquica. Sólo no renegar ellos ya es elogiable. Debido a la que está cayendo.

(Si a los moderados les parece muy dura y violenta la expresión de Canals, hay que hacerles notar que es mucho más suave que la de la propia palabra de Dios que dice que es elogiable que el Papa y los obispos no renieguen de Jesucristo. [¡Qué fuerte!¿eh?]. Pues a Pablo VI mismo le tranquilizaba según su expresión «no haber traicionado nunca "la santa verdad"». Una expresión más fuerte que la de Canals y que se aproxima más al lenguaje bíblico, como debe ser, que para eso era el Papa).

Al papa san Pablo VI se le viene llamando héroe por haber promulgado en 1968 la Humanae Vitae que rechazaba el aborto, el divorcio y la píldora anovulatoria y demás anticonceptivos. Lo hizo después de varios años en los que mantuvo y amplió la comisión sobre el control de natalidad, en vez de reafirmar ya de una vez la doctrina de la Iglesia, que ya estaba clara y había sido reafirmada en el reciente Concilio en sus aspectos más sangrantes como el aborto. Con cuyo retraso sólo se producía el silencio pontificio durante años frente a la afirmación creciente de que la Iglesia iba a autorizar esa píldora. Los personajes eclesiásticos que Pablo VI iba nombrando miembros de esa comisión y la adicional se fueron declarando en su mayoría favorables a la píldora, mientras desde el confesonario y desde el púlpito o el ambón se iba induciendo a los esposos a utilizarla. Y seguía el silencio papal. Aunque como insistentemente, en ese y en otros muchos momentos y asuntos, decía Canals:

"El Papa no es infalible cuando calla o manda callar".

Y no está suspendida la doctrina de la Iglesia, mientras el Papa calla.

Cuando finalmente san Pablo VI actuó y habló como Papa y firmó en 1968 la Humanae Vitae lo que hizo fue mantener la doctrina bíblica, la de la ley natural, la del reciente Concilio y de los Papas del mismo siglo XX. Como él mismo dijo, actuó en esta promulgación

"inspirado en la intocable doctrina bíblica y evangélica que convalida las normas de la ley natural y los dictámenes insuprimibles de la conciencia".
(San Pablo VI, Homilía del 29.06.1978).

O sea, que después de tantos años, reafirmó la doctrina de la Iglesia. Sí, fue prácticamente un milagro y una heroicidad. Era proclamar lo que ya se sabía, porque es de ley natural, lo que dice la voz de la conciencia no silenciable, lo que está en el Evangelio y en toda la Biblia, proclamar lo que ya sabía la gente sencilla, no los entendidos, como se comprobó una vez más. Pero esto, que le daba una enorme alegría a Jesús, el divino Maestro lo atribuía a Dios Padre y se lo agradecía públicamente de forma incontenible, como se ve en el Evangelio (Lc 10,21-22).

De qué tiene que ser ejemplo y modelo san Pablo VI parece que está claro. San Pablo VI es el claramente designado por Dios para interceder en las oraciones por el Papa y por la Iglesia, especialmente sobre las cuestiones planteadas en el doble Sínodo 2014-2015. No se trata de repetir aquí literalmente lo que expresaba como intención un amigo, hoy dignísimo sacerdote, cuando oía en aquellos tiempos de san Pablo VI que había que rezar por las intenciones del Papa. Pero sí que hay que pedir el acierto de las intenciones del Papa en su concepción, su planteamiento, su formulación y su realización; y la seguridad de que el Papa cuando hable como tal guardará la palabra de Dios y no renegará de su nombre.

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Vivir la novedad del evangelio no es volver al hombre viejo, sino todo lo contrario; es perder la falsa esperanza de que se puede comulgar en pecado mortal y de que ya no es pecado mortal de concubinato para un católico el casarse sólo por lo civil, y de que ya no es pecado mortal de adulterio el casarse otra vez un divorciado, o con un divorciado, mientras vive su cónyuge. Vivir la novedad del evangelio es no hacer concebir a nadie la falsa esperanza de que se puede entrar y ser admitido en el banquete del cielo de las bodas del Cordero sin el vestido de boda que da el propio Dios.

El Sínodo anterior sobre la familia, en 1980, enseñó la doctrina católica sobre este mismo tema:
«La Iglesia fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio» (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal, Familiaris Consortio, 84)

«…El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente»… (Catecismo 2384)

Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los obispos de 1994
«Esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación».

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El papel de los peores obispos alemanes y del pseudocientífico agnóstico asesor de ecologismo en la época de Francisco

En cuanto a los nombramientos
No fue sólo san Pablo VI el que nombró una mayoría que resultó adversa a la Iglesia en esas comisiones sobre el control de natalidad.

Walter Kasper fue creado cardenal en el consistorio del 21-2-2001, al igual que Bergoglio, por san Juan Pablo II. Éste también había nombrado a Kasper Secretario Especial del Sínodo Extraordinario de 1985. En 1989 lo nombró obispo de Rottemburg-Sttutgart. Y posteriormente Secretario y después Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos. Y miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe, entre otras varias Congregaciones de la Curia pontificia.

Podemos ampliar la lista de este tipo de nombramientos con otros de dicho Papa y con los de Benedicto XVI, antes de pasar al hecho de que muchos de los que han sido miembros del Sínodo extraordinario de 2014 han sido nombrados como tales miembros por el Papa Francisco. Después, podemos seguir con la lista de excluidos en el pontificado actual y en los anteriores, desde la defenestración del antimodernista Merry del Val, hasta la más violenta del obispo Livieres, por sanear su diócesis y no hacer como otros obispos paraguayos, en vez de ser estos los sustituidos.

Este misterio puede profundizarse considerando el hecho de que Judas Iscariote fue apóstol porque Jesucristo lo eligió. Y que también eligió como apóstol a un pecador público como el publicano Mateo, aunque dejó de ser publicano y siguió a Jesucristo. Y que el elegido como primer Vicario, negó tres veces a Jesucristo, aunque después se arrepintió, cosa que no sabemos que hiciera Judas Iscariote.

Kasper fue asistente de Hans Küng durante tres años; después colega suyo en Tubinga. Cornelio Fabro lo menciona ya en 1974 como seguidor de Hans Küng:

"Hoy no es raro el hecho sorprendente de que los anunciadores de la fe, autorizados por la Iglesia, enseñen lo contrario de la doctrina de la Iglesia... Estos teólogos, despreocupados por las leyes en vigor, no hacen más que ejercer presión sobre los obispos para obligarles al cambio de las normas. El profesor de dogmática en Tubinga Küng --seguido en esto por su colega Kasper-- es considerado «carismático», cuando su obra debería llamarse exactamente «chantaje»".
(Cornelio Fabro: La Aventura de la Teología Progesista. 1976, EUNSA, pág. 298. El original italiano es de 1974).

Decía Canals que, cuando una gran masa de eclesiásticos apoya o permite planteamientos proges, eso no indica que toda esa masa sea modernista, sino que, el hecho de que no todos sus miembros lo sean, es un indicador de que hay un pequeño núcleo sectario que coacciona o chantajea a los demás.

Eran ya conocidas las ideas de Kasper antes de su aluvión de cargos. En su libro de 1974, Jesús der Christus, Jesús el Cristo, Kasper desvaloriza los milagros en general y los de los Evangelios en especial; muchos de ellos dice que son legendarios. (Véanse las afirmaciones de Kasper y su refutación en la obra de don José María Iraburu: Los Evangelios son Verdaderos e Históricos. Gratis Date, 2014, pág 64).

Kasper olía intensamente, y no al buen olor de Cristo precisamente, desde mucho antes de que el papa Francisco lo pusiera en el candelero y le hiciera hablar ante los cardenales reunidos en Roma en el Consistorio del 20 y 21 de febrero de 2014. El papa Francisco les pidió allí a los cardenales debatir sobre la familia y le encomendó a Kasper la relación de introducción. En ella volvió Kasper a hacer su viejo planteamiento de que son admisibles y compatibles con la recepción de la comunión y la confesión las nuevas uniones y cohabitaciones maritales adúlteras de divorciados o con divorciados, mientras vive el cónyuge legítimo. Y, acto seguido, el papa Francisco comentó que Kasper es un gran teólogo.

Kasper nació el 5 de marzo de 1933. Cumplió 80 años cinco días después de iniciarse el período de sede vacante el 28.02.2013. Asistió al cónclave de 2013 y fue el más anciano de los participantes. Pudo asistir y votar porque sólo son excluidos los cardenales que tienen cumplidos 80 o más años de edad en el momento de ser declarada la sede vacante, según la Constitución apostólica Romano Pontifici Eligendo, promulgada el 1 de octubre de 1975, modificada posteriormente en 1996, 2007 y en el motu proprio publicado por Benedicto XVI el 25 de febrero de 2013 para que fuese posible adelantar la fecha de inicio del cónclave tras su renuncia.

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En 2022 en cambio, Kasper se ha enfrentado con los que en Alemania están al mando allí de la Iglesia católica, y que con el pretexto de la sinodalidad la están desviando y descarrilando hacia la permisividad de las relaciones homosexuales, de la contracepción, el aborto, la imposición de sacerdotisas, etc.
Y Kasper trata de hacerles ver que todo esto es inadmisible. Y que no lo hagan.

Gran alegría en el cielo, es de suponer. La compartimos.

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El Papa Francisco cesa a Monseñor Rogelio Livieres, miembro del Opus Dei, como obispo de Ciudad del Este

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--¿Y la respuesta más difícil de responder?
--A los casados por la Iglesia, divorciados, y vueltos a casar que quieren comulgar. Uno quisiera ser amable con todos, pero no siempre puedes decir lo que ellos quieren oír
(El P. Loring a Alex del Rosal en 2009. Loring: Anécdotas de una vida apostólica).

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«No es Dios sino el demonio quien os empuja al pecado mediante la esperanza de la misericordia» (San Alfonso Mª de Ligorio, Preparación para la muerte, 17a Consideración).
http://www.clairval.com/lettres/es/2009/03/09/4110309.htm

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Sucede no pocas veces, respecto al Papa, Vicario de Jesucristo, que la vista se fija en demasía en el Vicario, en el hombre, y en sus ideas particulares, y con esto se olvida a Jesucristo y así no faltan los que suponen ilusoriamente que esas ideas particulares suplantarán o suplantan ya las doctrinas de la Iglesia. Siendo esta ilusoria y heterodoxa suposición la raíz común de los lefebvrianos y similares en todos sus grados por un lado, y de los progres de dentro y de fuera de la Iglesia por el lado contrario. Ambos lados sublevados contra la autoridad del Papa como tal.

La solución del padre Orlandis es la idea del Reino de Cristo:

"En la idea del Reino de Cristo nos parece ver invertidos los términos. En el primer término se nos presenta Jesucristo viviente en su Iglesia, viviente en su representante en la tierra. Si así llegara a mirarse por todo el mundo al Vicario de Jesucristo, se le vería siempre sobrenaturalizado, más aún, divinizado.
Esta es la necesidad más urgente de nuestro tiempo: sobrenaturalizarlo todo, incluso el Romano Pontífice. Esta vida sobrenatural es la que trae consigo el Reinado de Jesucristo; ésta es la que implora sin darse cuenta la indigencia de nuestro tiempo, ésta es la que reclama el alma de nuestra sociedad" (
Sobre la actualidad de la fiesta de Cristo Rey. 1945).

La implantación del Reinado de Jesucristo es obra del propio Jesucristo:

Cat EC 677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

La segunda venida de Jesucristo tendrá como consecuencia, entre otras, el triunfo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Y no al revés. No es a consecuencia de un triunfo debido a un proceso de crecimiento de la Iglesia como se producirá la consumación en la Tierra del Reinado Social de Jesucristo por su misericordia y la consiguiente época profetizada de paz y prosperidad en la Iglesia (Cat IC 677, 673, 672, 675, 674). Este Reinado ha de venir ciertamente. Y será consecuencia de la segunda venida de Jesucristo que producirá con su manifestación gloriosa la ruina de la apostasía y el hundimiento del régimen anticristiano, que ahora ya domina y que aún llegará a imperar de forma total.

La gran crisis posterior a la publicación de la encíclica Humanæ vitæ en 1968

José María Iraburu, el 2.11.2015 http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1511021217-346-sinodo-2015-relatio-final

Poco después del Concilio Vaticano II, se produjo una gran crisis en torno a la encíclica Humanæ vitæ (1968) del papa Pablo VI, en la que afirma que en el matrimonio es indisociable el amor y la apertura a la procreación, al mismo tiempo que condena en forma absoluta toda forma de anticoncepción artificial: ésta es en el matrimonio intrínseca y gravemente pecaminosa, y ninguna circunstancia puede hacerla lícita. Hubo muchas otras crisis graves –el Catecismo holandés, el Concilio pastoral de Holanda (1967-1969) y otras–. Pero la resistencia intraeclesial y mundial contra la Humanæ vitæ fue, y sigue siendo, especialmente escandalosa.

San Pablo VI:

«Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces –ampliadas por los modernos medios de propaganda– que están en contraste con la de la Iglesia» (Humanæ vitæ, 18).

El cambio doctrinal en no pocas confesiones protestantes se inicia en 1930, cuando en la Conferencia de Lambeth los obispos anglicanos aceptan el uso de los anticonceptivos en ciertas situaciones. El cambio fue logrado por una minoría muy activa, liderada por el portavoz de la Comunión anglicana en Londres, Reverendo William R. Inge, miembro de la Sociedad de Eugenesia inglesa, admirador de la obra de Margaret Sanger Woman and The New Race (1920).

La Humanæ vitæ fue pésimamente recibida. La resistencia a «la doctrina de la Iglesia», concretamente en lo relativo a la anticoncepción, se manifestó en seguida: una rebeldía no sólo latente, sino patente y escandalosa. Mes y medio después de publicada, el P. Häring [redentorista] hace un llamamiento general a resistirla.

La coalición contra la Humanæ vitæ invade enseguida gran parte de las cátedras y publicaciones católicas. Una declaración, por ejemplo, de la Universidad Católica de Washington, encabezada por el P. Charles Curran, y apoyada por unos doscientos «teólogos», rechaza públicamente la doctrina de la encíclica contraria a la anticoncepción («Informations Catholiques Internationales», n. 317-318, 1968, suppl. p.XIV).

La oposición de algunas Conferencias episcopales fue especialmente escandalosa. En 1968 se produce en Francia, y un poco en todo el mundo, la Revolución de mayo. Y ese mismo año, en julio, estalla en la Iglesia la crisis de la Humanæ vitæ.

La resistencia de algunos Episcopados, expresada normalmente en formas reticentes y ambiguas, va a tener una consecuencia histórica enorme. La descristianización del Occidente recibe en esta ocasión un gran impulso. Con diversos matices y argumentos, varios Episcopados, como los de Alemania occidental, Austria, Bélgica, Canadá, Escandinavia, Francia, Holanda, Indonesia, Inglaterra y Gales, Rodhesia, aunque en esa hora crítica aceptan doctrinalmente la encíclica, consideran pastoralmente que, al no ser una declaración pontificia infalible, no cabe excluir absolutamente un posible disentimiento, de modo que, en casos gravemente conflictivos, será preciso remitir el discernimiento del problema a la propia conciencia de los cónyuges. Así, por ejemplo, los Obispos escandinavos: «que ninguno, por tanto, sea considerado como mal católico por la sola razón de un tal disentimiento».

Todavía en esos años, sin embargo, la mayoría de los Episcopados católicos declara su aceptación de la encíclica, pero gran parte de ellos, cada vez más, tolera pasivamente la disidencia. El P. Marcelino Zalba, S.J., cuyo informe fue decisivo para la elaboración de la Humanæ vitæ, en su estudio Las Conferencias episcopales ante la Humanæ vitæ (Cio, Madrid 1971, pg. 192), afirma que si se mira el número de Obispos de las diversas Conferencias, se aprecia que son muchos más los Obispos que aceptan claramente la inmoralidad absoluta de la contracepción que aquellos que se muestran reservados o reticentes: «hemos calculado grosso modo que [son] unos 1.300 frente a unos 300-350» (Zalba, pg. 192).

El «caso Washington» es muy especialmente significativo. George Weigel informa detalladamente cómo fue la crisis de la Humanæ vitæ en la archidiócesis de Washington, y concretamente en su Catholic University of America, donde, ya antes de publicarse la encíclica, se había centrado la impugnación del Magisterio (El coraje de ser católico, Planeta, Barcelona 2003,73-77).

Una declaración de la Universidad Católica de Washington, encabezada por el P. Charles Curran, y apoyada por unos doscientos «teólogos», rechaza públicamente la doctrina de la encíclica contraria a la anticoncepción («Informations Catholiques Internationales», n. 317-318, 1968, suppl. p.XIV).

«Tras varios avisos, el arzobispo local, el cardenal Patrick O’Boyle, sancionó a diecinueve sacerdotes. Las penas impuestas por el cardenal O’Boyle variaron de sacerdote a sacerdote, pero incluían la suspensión del ministerio en varios casos».

Los sacerdotes sancionados apelan a Roma, y la Congregación del Clero, en abril de 1971, recomienda «urgentemente» al arzobispo de Washington que levante las aludidas sanciones, sin exigir de los sacerdotes una previa retractación o adhesión pública a la doctrina católica de la encíclica. Esta decisión, inmediatamente aplicada, fue seguida de largas negociaciones entre el Cardenal O’Boyle y la Congregación romana.

«Según los recuerdos de algunos testigos presenciales, todos los implicados [en la negociación] entendían que Pablo VI quería que el “caso Washington” se zanjase sin retractación pública de los disidentes, pues el papa temía que insistir en ese punto llevara al cisma, a una fractura formal en la Iglesia de Washington, y quizá en todo Estados Unidos. El Papa, evidentemente, estaba dispuesto a tolerar la disidencia sobre un tema respecto al que había hecho unas declaraciones solemnes y autorizadas, con la esperanza de que llegase el día en que, en una atmósfera cultural y eclesiástica más calmada, la verdadera enseñanza pudiera ser apreciada».

Pero estos años de calma no llegaron nunca.

La disidencia tolerada se impone. Casos como éste, y muchos otros análogos producidos sobre otras cuestiones en la Iglesia Católica, enseñaron a los Obispos, a los Rectores de seminarios y de Facultades teológicas, así como a los Superiores religiosos, que en la nueva situación creada no era necesario aplicar las sanciones previstas en la ley canónica a quienes en la docencia o en la predicación pastoral y catequética se oponen a la enseñanza de la Iglesia (Código de Derecho Canónico c.1371). Más aún, todos entendieron que era positivamente inconveniente defender del error al pueblo cristiano con estas sanciones, si ello podía traer escándalos o aunque solo fueran tensiones y conflictos en la convivencia eclesial.

«Paz, paz» (Jer 4,10; 6,14; 9,8; Ez 13,10)…

También los profesores de teología, religiosos y laicos líderes aprendieron con estos acontecimientos que era posible impugnar públicamente graves doctrinas del Magisterio apostólico sin ninguna consecuencia negativa. Se hacía, pues, posible enseñar, predicar y escribir contra la doctrina propuesta solemnemente por el Papa como «doctrina de la Iglesia», sin que ello trajera sanción alguna. La presunta licitud de la disidencia corrió por los ambientes universitarios y pastorales de la Iglesia como una buena nueva de «libertad».

La disidencia privilegiada da un paso más adelante. En pocos años la disidencia teológica, al menos dentro de ciertos límites, pasó de ser tolerada a ser privilegiada en bastantes medios eclesiales. Es la situación actualmente vigente en algunas Iglesias locales del Occidente.

El P. Häring (1912-1998), por citar el ejemplo de un disidente próspero, se jubila gloriosamente como profesor de la Academia Alfonsiana en 1987. Y todavía en 1989, exige que la doctrina católica sobre la anticoncepción se someta a consulta en la Iglesia, pues acerca de la misma «se encuentran en los polos opuestos dos modelos de pensamiento fundamentalmente diversos» («Ecclesia» 1989, 440-443). Dice la verdad: son modelos de pensamiento totalmente diversos e irreconciliables: el protestante y el católico. Y aún le queda ánimo para arremeter con todas sus fuerzas contra la encíclica Veritatis splendor (1993), especialmente en lo que ésta se refiere a la regulación de la natalidad: «no hay nada […] que pueda hacer pensar que se ha dejado a Pedro la misión de instruir a sus hermanos a propósito de una norma absoluta que prohibe en todo caso cualquier tipo de contracepción» («The Tablet» 23-X-1993).

La ortodoxia perseguida en la Iglesia es un fenómeno histórico inexorablemente unido a la disidencia o la herejía tolerada. En ese marco histórico el teólogo fiel a la doctrina y a la tradición de la Iglesia será generalmente estimado como representante lamentable de una teología caduca, superada, meramente repetitiva, ininteligible para el hombre de hoy, sea éste creyente o incrédulo. Por el contrario, el haber tenido «conflictos con la Congregación de la Fe, el antiguo Santo Oficio», marcará en el curriculum de los autores un sello de excelencia. Así ocurrió, por ejemplo, en el caso de un Schillebeeckx, otro disidente próspero, que antes de morir escribe Soy un teólogo feliz (Soc. Educ. Atenas, Madrid 1994).

El Cardenal Franjo Seper, croata, siendo Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, escribía en 1972 estas palabras al padre Mikvlich:

«Me causa gran gozo que esté usted empeñado en el buen combate de la ortodoxia en materia de educación religiosa. No hay duda de que […] se han traspasado todos los límites de lo tolerable. Hace poco tuve en las manos un “Catecismo” holandés, que no tenía nada que ver con la religión cristiana. […] Soy incapaz de adivinar cuánto tiempo durará entre los católicos la locura actual […] Pienso que un día nuestros católicos volverán a la razón. Pero, ¡ay!, me parece que los obispos, que han obtenido muchos poderes para ellos mismos en el Concilio, son muchas veces dignos de censura, porque, en esta crisis, no ejercen sus poderes como deberían. Roma está demasiado lejos para intervenir en todos los escándalos, y se obedece poco a Roma. Si todos los obispos se ocupasen seriamente de estas aberraciones, en el momento en que se producen, la situación sería diferente. Nuestra tarea en Roma es difícil, si no encuentra la cooperación de los obispos».

Quejas semejantes expresó el Cardenal Ratzinger cuando era Prefecto de la Congregación de la Fe.

En 2003, el Obispo de San Agustín, en Florida (USA), Mons. Víctor Galeone, afirma en una pastoral sobre el matrimonio que

«la práctica [de la anticoncepción] está tan extendida que afecta al 90% de las parejas casadas en algún momento de su matrimonio… No es un fallo suyo [de los cónyuges]. Con raras excepciones, debido a nuestro silencio, somos los obispos y sacerdotes los culpables».