El final del Diario de guerra del Beato Pere Tarrés..artículos de Cristiandad de Barcelona...Textos 2022... .INDEX.

Pere Tarrés y Claret, fejocista, médico y sacerdote, un buen modelo para nuestros días

José Vives Suriá. Cristiandad. Barcelona, nn. 821-822, nov. diciembre de 1999, págs. 45-50

Es llamado a filas corno médico El27 de mayo de 1938, según cuenta en la primera anotación de su Diari de guerra, escrito en catalán con letra menuda y en cinco pequeñas libretas y traducido después al castellano por iniciativa del Sr. Cardenal Arzobispo de Barcelona Dr. D. Narciso Jubany, bajo el título Mi diario de guerra, el entonces médico y más adelante virtuosísimo sacerdote Dr. D. Pere Tarrés y Claret recibía una comunicación del Ministerio de Defensa Nacional de la zona roja participándole la movilización de las quintas de los años 1923, 1924, 1925 Y 1926, con la consiguiente obligación de presentarse al día siguiente en la Prefectura Superior de Sanidad, establecida en el Paseo de Gracia, núm. 138, de Barcelona.

El Dr. Tarrés, natural de Manresa y huérfano de padre, relevante miembro de la entonces perseguida y aniquilada Federació de Joves Cristians de Catalunya, vivía a la sazón en la indicada capital barcelonesa, y puntualmente hizo su presentación en el lugar y tiempo señalados. De buen principio, atrae la atención algo que el Dr. Tarrés escribe, como de paso, en el día segundo, 28 de mayo, en su repetido Diario de guerra: «Estábamos convocados ciento veinte médícos. Nos presentamos sólo ocho». El hecho de que de ciento veinte médicos se presentasen solamente ocho, aunque el Dr. Tarrés se hubiese limitado a consignarlo escuetamente, pone de manifiesto una abierta y generalizada actitud de rechazo del régimen entonces imperante en Cataluña y en el resto de la España roja, aunque se presentase disfrazado bajo la forma de una aparente legalidad republicana, en la que convivían, siniestramente hermanadas, las banderas republicana, catalana y de las internacionales anarquista y comunista. Conviene subrayarlo ahora más que nunca. Porque aquel régimen, que insistentemente se pretende hacer pasar ahora como símbolo de la legalidad y representación natural de la España y Cataluña de entonces, era en la conciencia de la mejor parte de nuestros compatricios en aquellos días un régimen irregular, degenerado, espúreo y despótico, un régimen que aterrorizaba a cualesquiera personas de bien en general.

Cuando tras un año y medio aproximadamente de guerra se produce la expresada movilización, el Ejército de la zona roja se hallaba en uno de sus peores momentos. A mediados de diciembre de 1937, en un esfuerzo gigantesco y en buena parte destinado a recuperar el crédito ante los países extranjeros, el gobierno de la República, refugiado en Valencia, había desatado una tremenda ofensiva contra la ciudad de Teruel, que a finales de dicho mes caeria en poder de su ejército, beneficiado por las inclemencias de un furioso temporal de nieve y hielo, que inmovilizó a las fuerzas nacionales en las mismas puertas de la ciudad turolense. Era la única capital de provincia que el Ejército de la República marxista lograría conquistar durante toda la guerra. Fue un éxito efímero. El 17 de febrero de 1938, después de unas brillantes y complejas operaciones militares, el Ejército nacional recuperaba para España la ciudad mártir de Terue!. Y lo que, en aquellos momentos, era mucho más importante, la gran masa de maniobra de aquel Ejército, con tanto esfuerzo recreado bajo el impulso de Indalecio Prieto, había quedado prácticamente deshecha en los combates o había sido reducida a la cautividad. Este vacío de poder en la zona roja lo aprovechó inmediatamente el Mando nacional, y a principios de marzo siguiente, antes de que transcurriera un mes desde la reconquista de Teruel, se inicia la gran ofensiva de Aragón, en un frente muy ancho y profundo, que acaba extendiendo sus líneas, en Cataluña, hasta las poblaciones de Tremp, Balaguer y Lérida; que tierras abajo de Aragón, siguiendo más o menos el curso del Ebro, llega hasta la población de Amposta, en la zona tortosina; y que descendiendo de las abruptas tierras del Maestrazgo, penetra en su punta sur, como una cuña, en las aguas del Mediterráneo por la población castellonense de Vinaroz, dejando definitivamente aislada Cataluña del resto de la España roja. Es la operación militar que hasta entonces conquista el mayor espacio de terreno en menos lapso de tiempo.

Posiblemente, el Dr. Tarrés al acudir como médico al llamamiento de su quinta no pensara en ninguna de esas cosas. Se había entregado enteramente a la voluntad de Dios, libre de angustias y preocupaciones, y llevado de su idea motriz, que parece la constante de toda su vida, de amar y servir a Dios, sobre todas las cosas, con toda su mente, con todo su corazón, con toda su alma, y de ponerse solícitamente al servicio de los hombres por amor de Dios. Allí se hallaría, donde quiera que le correspondiera el servicio, desde la fecha de su incorporación a filas hasta el 24 de enero de 1939, en que abandonándolas se encaminara a su domicilio, poniendo todas sus energías al servicio de los heridos y enfermos confiados a sus cuidados y entregándose ai más abrasado amor de Dios con todas las fuerzas de su ser. La transparencia, la ternura, la limpieza, la piedad, la grandeza de su alma, se hacen patentes en la mansa y ferviente belleza descriptiva de su Diario de guerra y no pueden medirse con palabras. Es necesario acudir, una y otra vez, a sus

páginas, con el corazón recogido, con el alma sensible y bien despierta, como si se tuviese en las manos un inmenso tesoro espiritual y al mismo tiempo una fuente de información irreemplazable, sin la cual es dificil de entender el perverso espíritu dominante en la zona republicana, dolientemente observado y puesto de manifiesto por un hombre de bien, un hombre libre de malas pasiones en su tierno y bondadoso corazón.

A Él me doy, a Él me entrego

Bulle en las entrañas del Dr. Tarrés, por encima de todo y con un fuego que nunca se apaga, un inmenso amor a Dios. Su Diario de guerra, que no dejó de escribir ni un sólo día, lo acredita desde el principio hasta el fin y se halla lleno de expresiones como las siguientes:

«Estoy en brazos del Amor. Por algo ha querido venir a mí. A Él me doy, a Él me entrego. Que disponga de mí vida como le parezca. A Él la ofrezco de todo corazón para la salvación de la Patria y la conversión de tantos y tantos pecadores, y en especial de tantas y tan terribles blasfemias a su divina Madre, la pura e inmaculada Virgen María» (6 de septiembre 1938);

«Como he podido, también hoy he recibido al Amor. He tenido muchas dificultades, pero no he querido dejar de hacerlo. Y lo he conseguido aprovechando un momento en que me he quedado solo. ¡Dios mío, qué pena me produce!. El amor se manifiesta con obras y no con palabras. Que sepa quererte y te quiera sobre todas las cosas. ¡Amor mío, Amigo mío! Te ofrezco todas las pequeñas molestias y mortificaciones. Te ofrezco mi salud, que no es precisamente muy fuerte; y te ofrezco este nuevo desquiciamiento de mi estómago y las mortificaciones que me impone; te ofrezco una caída que he tenido en una escalera y las molestias que me ocasiona. Todo esto es bien poco, ¡Jesús mío!, pero te amo con toda el alma y no tengo otro deseo que el de crecer en este amo... he aquí lo que soy. ¿Qué podría hacer la florecilla sin el jardinero? Nada, moriría porque en sí misma no tiene vitalidad ni medios para adquirirla. Esto soy yo. ¿Qué puedo, pobre de mí? ¿Qué soy yo? Nada. Sin el divino Jardinero, ¿que sería de mí? ¿Qué sería de mí si la fontezuela de la gracia no bajara constantemente sobre mi alma y el divino Amor no protegiera mi corazón para amortiguar la llama de las pasiones, si Él no guardase mi pie durante el día y velase mi descanso por la noche? No soy nada, ni puedo nada. De todo lo que tengo nada puede ser motivo de envanecimiento» (9 septiembre 1938).

Y así podrían multiplicarse más y más las referencias, frecuentemente sublimes, más aún que bellas y hermosas.

Dos lacras monstruosas

Abrasado el Dr. Tarrés de tan ardiente y purísimo amor de Dios, no es de extrañar que hiciesen sangrar dolorosamente su corazón dos monstruosas lacras: la impúdica insolencia de tantas y tan horribles blasfemias y la pestilente ciénaga de lujuria, que campaban a sus anchas en aquel desgraciado ejército al que había sido llamado a prestar el servicio de médico. Tenía un alma verdaderamente candorosa y angelical. Y su altísima estima de la virtud de la pureza le había llevado a hacer, unos diez años antes de su incorporación a filas, voto de castidad perfecta. Es natural, de consiguiente, que no pudiese entender ni aceptase, de ninguna de las maneras, que la afrenta brutal de la blasfemia se alzase contra los benditos nombres de Dios, de la Santísima Virgen, de los Santos y de la Sagrada Eucaristía, y que le llenase de asco el libertinaje y desbordada lujuria del ambiente que le rodeaba. Las anotaciones que hace al respecto son abundantes y aterradoras. Veamos algunas de ellas, entre las muchas que pudieran citarse.

«Tú, Virgen Purísima, concebida sin mancha de pecado, ¡cómo han de hacer sangrar tu corazón amorosísimo las palabras injuriantes de los hombres, de una manera particular las de esta juventud enloquecida, de este ejército desgraciado, cuya única consigna parece que sea la blasfemia contra Tí y contra la santidad de Dios'» (15 agosto 1938);

«Todos protestaban, gritaban y sobre todo lanzaban las más terribles blasfemias contra María, contra Cristo, contra Dios, contra el Sagrado Copón. En cada charco en que poníamos los pies se producía una retahíla de blasfemias. En todas estas ocasiones hacía actos de amor. Todo el camino lo he hecho. Me he ofrecido al Amor para que fuese yo el que se metiese en los charcos, para que así ellos no blasfemasen» (29 septiembre 1938);

«Nuestro ejército es el Ejército de la blasfemia; por donde pasa deja el excremento pútrido de boca. El jefe accidental del batallón es un caso horrible. Tiene una lengua infernal. Él y un aragonés que actúa como enlace no pronuncian una palabra sin decir dos blasfemias. Y lo más penoso es que también blasfeman, por puro mimetismo, unos muchachos que nunca hubiera imaginado que lo hicieran» (30 de noviembre 1938);

«Resulta increíble cómo se aprovechan los oficiales de sus estancias en los pueblos. Van detrás de las mujeres como unos desesperados y en sus conversaciones no saben hablar si no es en forma grosera y repugnante. Ciertamente, el Ejército acusa una corrupción que da asco. Los hombres han perdido todo el sentido del pudor» (8 septiembre 1938);

«Me mortifica extraordinariamente este espíritu de impudor de los oficiales de mi batallón. Si pudiese o tuviera ocasión me iría a dormir a otro lugar. Nunca había visto tanta desvergüenza. Uno de los oficiales que hasta ahora ha estado herido es de los más descarados que he conocido. Ha echado a perder a todos los demás. Y su proceder es indignante. Con la excusa de que esto es la guerra, se consideran libres para hacer todas las estupideces y para decir las cosas más sucias que puedan imaginarse. Son unos degenerados. ¿Qué nobleza de espíritu pueden tener unos hombres así? ¿Estos han de ser conductores de pueblos? Sí ellos son así, ¿cómo será la tropa que mandan? Preferiría mil veces salir nuevamente hacia el campo de batalla, para volver a vivir del modo más independiente posible. Ofrezco al Amor este nuevo género de mortificación» ( 10 septiembre 1938).

Este desprecio a los derechos de Dios, ese clima de putrefacto inmoralidad, conduce, como una flecha a su blanco, a la negación de los derechos del hombre. Se deduce de la siguiente anotación del Dr. Tarrés, que por su aleccionadora significación creemos que no se debe omitir.

«... Con esto y la gracia de Dios llegamos a Llardecans, tiritando de frío, sin sentirme los pies, empapado de medio cuerpo para abajo. En este estado han obligado a la tropa a quedarse fuera del pueblo, al raso, porque la orden dada era aquella. Se ha organizado un verdadero escándalo, mientras que el capitán que esto ordenaba se guarecía en un pequeño pajar. Casi se me han saltado las lágrimas. ¡Ah, si las madres lo supieran! ¡Si vieran de qué manera nos tratan! ¿Cuántos que claman por la guerra y la resistencia lo hacen desde una buena mesa y una buena cama» (29 noviembre 1938).

Admirable contraste

Ese espíritu deleznable y maligno de la zona roja, que atestigua con doliente y notoria autoridad el Dr. Tarrés en su Diario de guerra contrasta con el vigoroso y aplomado espíritu religioso y patriótico existente en la zona nacional, que sin duda evidenciaría la lectura comparada de la prensa coetánea a la guerra y publicada en ambas zonas contendientes. En el campo estrictamente militar, tomaremos como referencia el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, fundado en Zaragoza apenas iniciada la guerra sobre la base de los carlistas evadidos de la Cataluña roja, en cuya unidad, distinguida con la Cruz Laureada de San Fernando por sus extraordinarios méritos en campaña, combatieron voluntariamente y vertieron su sangre bastantes y beneméritos militantes de la Federació de Joves Cristians de Catalunya. y lo haremos con retazos de la obra El Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, del Rvdo. Salvador Nonell Bru (Barcelona, 1956). Constituyen tales retazos una pequeña muestra del elevado espíritu religioso y patriótico característico de la zona nacional en aquellos lejanos días, extraordinariamente vivo y capaz de hacer milagros, que desgraciadamente muchos al presente desconocen. Un espíritu que, pudiera bien considerarse, ahora como entonces, ineludible para recuperar nuestro auténtico vigor espiritual y sacudimos de encima unas lacras actuales que se parecen excesivamente a las que en aquellos alejados días imperaban en la zona roja, y que tanto entristecían el corazón del Dr. Tarrés. Oigamos atentamente a mosén Nonell, cuya sencillez, cuya bondad de alma, cuyo fervor religioso y cuyo espíritu sacerdotal no le han permitido callar nunca en defensa de la verdad y del bien. La anécdota, con la que empezamos, es divertida y digna de conocerse:

«La iglesia de Codo era sólida, pero mostraba en su campanario, por el paso del tiempo, la falta de los números en la esfera de su reloj. Los requetés propusieron al Alcalde, entre otras mejoras, que con su permiso pintarían el reloj y los números. La idea fue aceptada por el Consistorio y realizada luego por unos requetés, los cuales cubrieron de antemano la esfera con telas para dar más solemnidad a la inauguración mediante el clásico descorrer de la cortinilla. - El día grande se fijó para un domingo, a la salida de Misa Mayor. El acto fue de festejo; a la salida del Templo y presidido por el Estado Mayor del Tercio, avanzaba el Consistorio en pleno, con su dignísimo Alcalde al frente; la banqa de trompetas y tambores, y todo el pueblo, con los requetés francos de servicio. Con gran expectación se procedió a descubrir la esfera del campanario, lo que se llevó a cabo al compás del «Oriamendi», y entre las aclamaciones del pueblo agradecido. Hubo una sola excepción, la del Alcalde, quién al observar que los números habían sido pintados en cifras romanas que él desconocía, exclamó perplejo y contrariado: ¡Caray con los requetés! ¡ahora nos han pintado el reloj en catalán!».

Y seguidamente, sin solución de continuidad, pasa a describir la profunda religiosidad de aquella juventud ejemplar, alegre y entusiasta, que ofrecía su vida con la sonrisa en los labios y sin apego a ninguna clase de beneficio personal. En el siguiente fragmento, lo resume mosén Nonell:

«Otro aspecto de los requetés, carlistas de pura cepa, era su profunda y recia religiosidad, dejando de ella huellas ejemplares por donde pasaron. Agrupados en Codo en torno a su joven «Pater» y al mismo tiempo encargado de la Parroquia, el Rvdo. D. Ramón Carreras Iglesias, recién ordenado sacerdote, de la diócesis de Seo de Urgel, a más de los actos religiosos específicos del Tercio, cuales la bendición de las comidas, el rezo del santo Rosario, la Misa de la unidad, la recepción de sacramentos, las pláticas religiosas, etc., colaboraban con celo y ejemplaridad en todos los actos piadosos de la población civil. Así el seminarista Juan Figa, cabo de ametralladoras, se convirtió en maestro de capilla del Coro parroquial, y con paciencia y entusiasmo logró formar un muy notable conjunto de paisanos y requetés. Otros se dedicaban a la enseñanza del Catecismo a los niño¡, de la localidad. Conscientes, asimismo, de la gran tarea que cuando llegase la paz les esperaba en punto a la reconstrucción espiritual de sus pueblos, gran número de requetés se preocuparon a través de la Acción Católica, de prepararse convenientemente para el futuro ejercicio del apostolado seglar».

De esa preciosa religiosidad nacía una manera tan bella de morir, que nos mueve a ilustrarla con un ejemplo que vale por todos:

«¡Requeté Luis Franch L1opart!- ¡qué alma tan delicada y bella!- Se distinguió siempre por su piedad. Era de los que en las trincheras dirigía el rezo colectivo del santo Rosario. Luchando bravamente, cayó con ambas piernas destrozadas por un cañonazo en medio de un inmenso charco de sangre.- La vida se le escapaba por momentos y él se lo conoció enseguida. Intentóse evacuarlo al hospital de sangre, pero él se negó rotundamente. «¿Para qué?, respondió, ¡si tampoco llegaré con vida! En cambio, hay multitud de heridos que sí se les puede curar con rapidez, pronto podrán sanar para volver a la lucha. - Y sin un gemido, si una queja, a pesar del sol, del dolor, aprovechando aún el poco tiempo de vida que le quedaba para consolar a un soldado enemigo que agonizaba también herido a su lado, murió dulcemente besando con una mano el escapulario mientras con la otra acariciaba la mejilla del soldado hasta entonces enemigo».

Se correspondia con ese profundo sentido religioso un concepto de la moralidad privada y pública, que el Dr. Tarrés habría entendido muy bien, aunque ahora pudiese sorprender a unas generaciones de católicos que han perdido la conciencia del pecado. Puede servir de ejemplo el hecho que de la misma fuente transcribimos a continuación:

«La "trastada" mayor que cometieran los requetés en Codo fue motivada por la indignación que les producía el baile y la "juerga" que cada domingo algunos paisanos armaban con un organillo. Aquellos requetés, conscientes de los días dolorosos por los que España atravesaba, creían que mientras los soldados en el frente morían y se desangraban empeñados en una cruzada a vida y muerte por la Patria, estaban fuera de la ley las diversiones frívolas y ruidosas. Después de varios avisos, siempre infructuosos, estalló al fin la tormenta.- Un grupo de hombres decididos cargaron un día con el organillo y antes de que el alcalde y el alguacil pudiesen evitarlo, lo echaron al fondo de una balsa donde las mujeres lavaban la ropa.- Días después, con objeto de «desagraviar» al Alcalde y poder celebrar durante los ratos libres algún concierto de música sería que sustituyera a las «juergas» del organillo, al mismo tiempo que utilizarlo en los ensayos del Coro, los requetés obtuvieron permiso de la Comandancia para desplazarse -en pequeño grupo- a Zaragoza, y alquilar allí, por su cuenta y riesgo, llevándolo a Codo, nada menos que un piano... - Los comisionados eran el cabo Figa, héroe de la hazaña, el sargento Estivíll y un puñado de requetés ...- Llegados a Zaragoza, con la camioneta del abastecimiento, se personaron en un tienda de instrumentos de música y pidieron alquilar un piano. La petición fue, en principio, bien acogida por la dueña del establecimiento; pero cuando se enteró de que el destino del piano era el frente y de que pensaban pagarle el alquiler por mensualidades vencidas, sin dejar además ninguna paga y señal, pues no disponían de dinero, se negó resueltamente a alquilarlo. Joaquín Figa no se desmoralizó y propuso a la señora que, si quería, le pagarían en el acto trescientas cincuenta pesetas en vez de las mil que ella pedía de paga y señal, pero que en cambio le satisfarían mensualmente, en concepto de alquiler, doscientas pesetas en lugar de las treinta que la dueña les exigía. Todos, y el Sargento el primero, quedaron perplejos ante la propuesta, porque ¿de dónde se iban a sacar las trescientas cincuenta pesetas? Aceptado el trato, se cargó el piano en la camioneta y partieron los requetés con la promesa solemne de regresar por la tarde para pagar la deuda contraída. Enseguida sentóse Joaquín Figa ante el piano poniéndose a tocar canciones catalanas y pidiendo a los requetés que las coreasen con entusiasmo. Mientras tanto, la camioneta daba vueltas por las principales calles de Zaragoza. La gente salía a los balcones y ventanas, y celebrando el improvisado concierto, tiraba monedas y más monedas en las boinas de los requetés. Al cabo de un rato, el sargento Estivill, que no salía de su estupor, pudo pagar a la dueña del piano las trescientas cincuenta pesetas convenidas».

Ahora, en nuestros días, en que una aberrante interpretación del pluralismo abre fácilmente la puerta a la pérdida del sentido del pecado y tiende a convertir en respetable lo que no lo es, ni puede serlo, de ninguna de las maneras, podrá parecer que la expeditivo «trastada» de aquellos requetés era excesiva y no podía acabar bien. No ocurrió realmente así. Porque aquellos muchachos fueron cada día más estimados de las buenas gentes de Codo, y cada uno de ellos disponía de una casa en aquella ruda y nobilísima población en la que era acogido como hijo y miembro de la propia familia, hasta el punto que más de uno decía tiernamente, recordando a la suya, «voy a casa de mi madre». Y allí, en la Iglesia parroquial de Codo, después de sesenta años de aquellos hechos, florece un precioso coro de voces blancas, muy posiblemente continuador del que en su día crearon los requetés, y allí, en aquella misma Iglesia Parroquial, cuando los sobrevivientes de aquella Unidad sacrificada y heroica acuden cada dos años a Codo para honrar a sus muertos y a su pasado, el Coro de voces blancas y la buena gente del pueblo, después de concluida la santa Misa, entonan el hermosísimo canto del «Virolai» en honor de la Santísima Virgen de Montserrat, con un fervor y un empuje dignos de la noble gente aragonesa y que nublan los ojos de muchos con unas lágrimas deliciosas. Con un empuje y un fervor, que los excombatientes requetés, cargados de años y con un espíritu siempre joven y que alcanzará su plenitud en el Cielo, pretenden emular con el canto vibrante del himno a la Santísima Virgen del Pilar, reina de los aragoneses y patrona del Hispanidad. Aquella buena y sencilla gente entendía y sigue entendiendo lo que desgraciadamente algunos no podrán entender jamás: que nunca, nunca, aquellos requetés amaron tanto al buen pueblo de Codo en aquellas circunstancias como en la «trastada» de echar al agua en la balsa contigua el organillo de las «juergas» y de los bailoteos, sustituyéndolo por un piano, ingeniosamente adquirido, y que tanto contribuyó al desenvolvimiento de un Coro en el que los corazones se anudaban con lazos de limpia amistad y que a todos acercaba más y más a Dios.

Ah! Si el Dr. Tarrés, se hubiese hallado allí, en medio de aquel ambiente magnífico en el que florecían, como en un delicioso jardín, sus más grandes amores y en el que hervían unas ansias de apostolado semejantes a las suyas, podemos fundadamente creer que habría brotado de su pluma una multitud de páginas bellísimas, conmovedoras y dificilmente igualables. Unas páginas cuyo contenido podemos imaginar, pero que nunca podremos leer con la fuerza y ternura con que hubieran nacido de su nobilísimo y sensible corazón.

El Dr. Tarrés decide no volver al frente

Concluía la batalla del Ebro, la más dura y sangrienta de toda la guerra, era para todos evidente que Cataluña se hallaba al alcance de las fuerzas nacionales. El DI. Tarrés, con la paciencia, el tesón y el buen hacer de siempre, sigue escribiendo su Diario de guerra. Y en fecha de 24 de enero de 1939, dos días antes de la liberación de Barcelona, decide marcharse a casa y no volver al frente. El mismo lo relata de la siguiente manera:

«Después de comer ha llegado la orden de marchar hacía Cardedeu. El teniente Pallarés se ha puesto al frente de las tropas. Y yo he salido con la ambulancia y otros compañeros hacia Barcelona, decidido a no volver más al frente ... Y he llegado a casa. Calculad la alegría, y en el momento mismo de llegar yo ha venido un sacerdote y he podido comulgar. ¡Dios mío, como me amas! Tan poco agradecido que soy. Hazme muy fiel y aumenta mi vocación.- Dios te salve Virgen y Madre de misericordia,- Guárdame de los peligros que todavía me amenazan.- Reina de la castidad virginal, Madre Purísima del Amor, Templo del Espíritu Santo; Esposa mística de los Cantares; Señora soberana de los cielos y de la tierra. Madre de Dios. Cómo desearía tener palabras para saludarle pero siempre vienen a la mente las mismas. Madre, Madre mía, te amo. Quiero ser un gran apóstol tuyo».

En este punto, el Dr. Tarrés hubiera podido dar fin a su tan repetido Diario de Guerra, puesto que en la dicha fecha de 24 de enero había abandonado voluntariamente las filas del Ejército popular y pasaba a convertirse en un miembro más de la expectante población civil barcelonesa. Pero necesita dar salida a los sentimientos que hierven en su corazón, y extiende su relato hasta aquel inolvidable 26 de enero de 1939, en que las fuerzas nacionales hacen su entrada triunfal en Barcelona en medio de un entusiasmo general indescriptible y de las más estruendosas aclamaciones. El Dr. Tarrés, testigo presencial e irrecusable de aquellos hechos, lo relata en una páginas maravillosas y emocionantes.

Huelgan las interpretaciones

«25 enero 39. Barcelona. Vivimos horas de emoción. Se acerca la hora de la liberación de Cataluña. El éxodo de la ciudad continúa. Los ministerios y centros oficiales continúan desfilando, camino de Gerona. La ciudad está en actitud expectante. Toda la vida ciudadana está paralizada. Los tranvías no circulan. Las calles están llenas de basura. Estamos sin autoridad. Esta ha abandonado vergonzosamente su puesto con tal de salvar su miserable vida El pueblo asalta dependencias y depósitos de víveres. Todo el mundo espera. Todo el mundo desea que llegue cuanto antes la hora de la liberación. [...] Madre mía, Reina de los Apóstoles, hazme como san Pablo, un apóstol loco de amor y de celo valiente, atrevido, corazón de fuego, que enardezca las almas. Virgen María, pronto resonarán las salves en tu honor por todas las calles y plazas, muy pronto serán rehechos tus templos y capillas y ermitas. Madre mía, que te alaben todos los pueblos, todos los hombres y sobre todo España, y de España, Cataluña. Ha podido escapar también del infierno rojo mi amigo Monfort, por quien estaba preocupado».

Y prosigue de una manera cada vez más gozosa, exultante, casi explosiva, con un ritmo acelerado y trepidante.

«26 enero 39. Barcelona... Son las cuatro de la tarde. Vivimos momentos únicos. Momentos de emoción sublime. Saltaría de gozo. Lloraría de alegría. Radio Zaragoza ha dado ahora mismo la noticia de que Barcelona ha sido totalmente rodeada y que ya han comenzado a entrar. España y el mundo están pendientes de las noticias que se van dando. Barcelona reconquistada para España y para Cristo. Barcelona liberada del infierno rojo. Cataluña está ya salvada. Horas históricas. Estamos conmovidos»;

... «nos abrazamos en plena calle. La gente te paraba en la calle en medio de felicitaciones y gritos de alegría. Abrazos, besos, lágrimas ¡viva Cristo Rey! ¡viva Cristo, Dios de amor! ¡Viva la Virgen de Montserrat! ¡Viva la Purísima e Inmaculada Concepción, patrona de España!. - Me he sentido profundamente español y nunca como hoy me sale del corazón un grito bien alto de: ¡viva España! ¡Viva Cataluña española!»;

y como broche de oro final:

«Virgen María, Madre mía, contempla la gloria de tu Hijo. Reina de España, continúa velando por nuestra Patria. Reina nuestra, que pronto los templos canten tus glorias. ¡Aumenta mi vocación, auméntala mucho, mucho!: Hazme un gran apóstol de tu Hijo y de tus grandezas. ¡Dios te salve María! Madrecita mía, consuela a las familias a las que les faltan tantos seres queridos que contemplan nuestra alegría desde el cielo. Que ellos continúen velando por la salvación de la Patria. Jesús mío, te ofrezco a Tí todo este sufrimiento colectivo, toda la sangre derramada, todo el dolor de tus hijos, y la vida de tantos inocentes y de tantos amigos ¡viva Cristo Rey! ¡Viva España cristiana! ¡viva Cataluña española!. - Y pongo fin a mí Diario de Guerra».

Haz de nosotros apóstoles de la verdad

El 1 de abril de 1939, dos meses después que el Dr. Pere Tarrés abandonara el ejército rojo y se reintegrara a su domicilio, concluía, con el triunfo de las fuerzas nacionales, aquella tremenda contienda, que se iniciara formalmente y con el alzamiento del ejército en Marruecos el 17 de julio de 1936 y proseguiría escalonadamente en el resto de España durante los siguientes días 18 y 19. La anhelante vocación al sacerdocio que bullía en el corazón noble y angelical del Dr. Pere Tarrés y que le hacía exclamar ardorosamente, en la última página de su Diario de guerra, dirigiéndose a la Santísima Virgen María, «Madre mía, Reina mía, aumenta mi vocación, auméntala mucho, mucho», se había adueñado definitivamente y para siempre de su alma. Y después de tres ejemplares años de estudios eclesiásticos en el restaurado Seminario de Barcelona, era ordenado sacerdote, seguramente en el día más feliz de toda su vida, en el mes de mayo de 1942.

A partir de este momento, el Rvdo. Pere Tarrés siguió haciendo, de acuerdo con su nuevo ministerio y con mayor intensidad si cabe, lo mismo que había hecho siempre en su vida de joven fejocista y médico: amar a Dios, con toda su mente, con todo su corazón, con todas las potencias de su alma, y a los hombres, de una manera entrañable y sin reservas, por amor de Dios. Esa clave presidió todas las horas y todas las múltiples actividades de su ministerio sacerdotal hasta el momento de su muerte, ocurrida el 31 de agosto de 1950, a los cuarenta y cinco años de edad, en el Sanatorio Clínica de Nuestra Señora de la Merced, de Barcelona, que el mismo con tanta solicitud había fundado anteriormente. Ahí, en ese centro inicialmente destinado al cuidado de tuberculosos pobres, pasó los cuatro últimos meses de su vida, aquejado de un cáncer que le ocasionaba graves molestias y dolores, gozosamente sumiso a la voluntad de Dios y con el corazón inflamado de sus viejos amores de siempre: el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo por amor de Dios. Dejaba tras de sí la inmensa riqueza de sus buenas obras y la aparentemente mísera cantidad de setenta céntimos, mucho más valiosa que todos los dineros del Banco de España.

Por iniciativa del en su dia Sr. Cardenal y Arzobispo de la Diócesis de Barcelona, Dr. Narcís Jubany, que tanto le conocía y le estimaba, se introdujo su proceso de beatificación y canonización, en cuyo favor podemos aportar todos nuestras modestas oraciones. Aquel joven fejocista y médico abnegado que en sus «glosas», publicadas en Flama, portavoz oficial de la Federació de Joves Cristians de Catalunya, ejercía una edificante tarea de apostolado, después de ser elevado a la dignidad del sacerdocio siguió aferrado a sus ansias apostólicas de siempre y con más empeño que nunca: un empeño que no reducían ni las limitaciones impuestas por el reloj, ni las exigencias de su salud. Y es, sin duda, un buen modelo para las presentes generaciones de creyentes y de modo especial para los jóvenes. Porque, los males que arrancaban las más dolientes quejas de su corazón en sus «glosas» y en su Diario de guerra repetidamente aludidos, siguen actualmente vivos y pujantes entre nosotros al amparo de un sentido de la libertad conducente al imperio del libertinaje, sin que se advierta la saludable advertencia de una voz responsable y prudente, ni tan siquiera se oiga el penoso quejido del enfermo grave y que desaparece así que entra en estado de coma. Cuando la inmensa mayoría de nuestros niños no sabe hacer la señal de la cruz, ni saben lo que ésta significa, y existen colegios religiosos en los que no se enseña o se enseña mal el Catecismo; cuando algunos párrocos prohíben rigurosamente a los sacerdotes sentarse en los confesionarios de su iglesia; cuando en algunas iglesias parroquiales y de comunidades religiosas se arrancan malévolamente los reclinatorios de los bancos destinados al servicio de los fieles, impidiendo por tal medio y de modo farisaico que éstos puedan arrodillarse para adorar a Dios Nuestro Señor en el momento sublime y culminante de la Consagración en la Santa Misa, según esta mandado, conforme a la costumbre bien arraigada y constante de nuestro pueblo, y de acuerdo con lo que impone el más elemental buen sentido cristiano; cuando la blasfemia babea en los labios de tantos desgraciados, como si se tratase del ejercicio de un derecho; cuando se malgastan tantas y tantas energías y montañas de dinero para apartar a Dios de la vida pública, social, familiar e individual, y se pretende construir, y se viene construyendo, un Estado sin Dios, una sociedad sin Dios y una vida humana sin Dios; cuando una desbordada y perversa inmoralidad penetra descaradamente en la intimidad de los hogares con los poderosos medios de la prensa, de la radio y de la televisión, pervirtiendo el corazón de los niños, de los jóvenes y de los adultos, con la malignidad de un veneno letal y del que es muy difícil defenderse; cuando parece que los diez mandamientos de la Ley de Dios hayan desaparecido a la vez y súbitamente; cuando prácticamente ha muerto la conciencia del pecado; cuando todo esto ocurre como si no se le diese importancia, sin que se escuche el clamor de una voz autorizada, ni se vislumbre el gesto enardecido de un brazo lleno de fortaleza, enfrentándose enérgicamente con el creciente empuje de tales males y tratando de ponerles inmediato remedio, puede pensarse que los nuevos métodos elegidos para nuestra regeneración religiosa, individual y colectiva, y para la evangelización de nuestro pueblo, tal vez no sean los más adecuados. Y que tal vez haga falta volver al espíritu sencillo y ardiente de san Antonio Ma Claret, que con sus diez años ininterrumpidos de misionar a pie por todos los rincones de nuestra tierra, asentó la fisonomía cristiana de Cataluña, y del eximio obispo de Vic Dr. Josep Torras y Bages, nuestro gran guía espiritual, del inolvidable obispo de Barcelona y mártir Dr. Manuel Irurita Almandoz, y del ejemplar fejocista, médico y sacerdote Pere Tarrés y Claret, con la relectura de sus fervorosas «glosas», en Flama, recopiladas en un libro editado bajo el título de Gloses de Pere Tarrés, y de su Diario de guerra, entroncando así con nuestra arraigada y constante tradición religiosa, rica en confesores, en santos y en mártires, y buscando en ese pasado, tan temerariamente preterido, el rescoldo de fuego necesario para llevar a las almas los dones de la fe y de la gracia de Dios.

A este fin, bien pudiéramos dirigimos al virtuoso y ejemplar fejocista, médico y sacerdote Pere Tarrés y Claret, con aquellas mimas palabras con que concluyera su glosa El lliri del Bergada en homenaje al joven y fallecido fejocista José Mª Puyet, y que en versión castellana y sustituyendo el nombre y apellido de este último por los suyos propios, dirían así:

«Amigo Pere Tarrés: Tú desde el cielo ves nuestras miserias, nuestras infidelidades y nuestras claudicaciones; haz que sepamos imitarte en tus virtudes; haz de nosotros apóstoles de la verdad. Ruega por los antiguos fejocistas» y, podemos añadir, fervientemente, por nuestra santa madre Iglesia, por el Papa, Juan Pablo II, felizmente reinante, los obispos y nues tra Patria, y por todos nosotros, pobres pecadores. «Amén»