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La Unción de los Enfermos

Antes era denominado Extremaunción y ahora, desde el Concilio Vaticano II, Unción de los enfermos.
Es un sacramento de vivos, o sea que hay que recibirlo en gracia. Aunque si uno está inconsciente se le concede recibirlo, igual que la absolución, porque la Iglesia suple la acción de confesar los pecados, dando por supuesto que si no estuviera impedido, el enfermo se confesaría. Y se le perdonan todos sus pecados, mortales y veniales. Pero si no se muere entonces, se tiene que confesar de sus pecados mortales, en caso de volver a estar consciente.
La Unción de los enfermos, además de perdonar los pecados y aumentar la gracia santificante, da la gracia especial de soportar la enfermedad y la muerte, de la conformidad con la voluntad de Dios, de proteger de lo que el trance de la muerte puede traer de angustia, miedo, oscuridad, debilidad mental, etc.; y del aprovechamiento de todo ello que puede intentar el demonio para hacer ver nada más que negrura, y poner otras tentaciones. Fortalece el alma.
Y da a veces la salud corporal, la curación física.
No está en la lista de actos con los que se consigue indulgencia plenaria. Pero sirve para reparar los pecados. Quizá del todo, porque la misericordia de Dios va mucho más allá que lo que hay en esa lista. Además, cuando uno se va a morir debe recibir, además de los sacramentos, la bendición apostólica del Papa, que debe impartirle el sacerdote, y que lleva consigo indulgencia plenaria.

"Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6,13).

«En mi nombre… impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán» (Mc 16,17-18). (Catecismo de 1992, 1507)

"¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (St 5,14-15)

«No es solo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida»
(Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia). Catecismo de 1992, Los Sacramentos: 1511-1513

«Por su Pasión y su Muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su Pasión redentora» (Catecismo de 1992, 1505).

«Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su Cruz (cfr. Mt 10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos» (Catecismo de 1992, 1506).

En el Ritual de la Unción de los enfermos el sentido de la enfermedad del hombre, de sus sufrimientos y de la muerte, se explica a la luz del designio salvador de Dios, y más concretamente a la luz del valor salvífico del dolor asumido por Cristo, el Verbo encarnado, en el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección
(RITUAL DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS, Praenotanda, 1-2).

El dolor, por sí mismo, no salva, no redime. Sólo la enfermedad vivida en la fe, en la esperanza y en el amor a Dios, sólo la enfermedad vivida en unión con Cristo, purifica y redime. Cristo entonces nos salva no del dolor, sino en el dolor, transformado en oración, en un “sacrificio espiritual” (cfr. Rm 12,1; 1 Pt 2,4-5), que podemos ofrecer a Dios uniéndonos al sacrificio Redentor de Cristo, actualizado en cada celebración de la Eucaristía para que nosotros podamos participar en él. Además, conviene considerar que

«entra dentro del plan providencial de Dios que el hombre luche ardientemente contra cualquier enfermedad y busque solícitamente la salud, para que pueda seguir desempeñando sus funciones en la sociedad y en la Iglesia, con tal de que esté siempre dispuesto a completar lo que falta a la Pasión de Cristo para la salvación del mundo, esperando la liberación en la gloria de los hijos de Dios (cfr. Col 1,24; Rm 8,19-21)».
(RITUAL DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS, Praenotanda, 3).

Este sacramento es de vivos; es decir, que debe recibirse en estado de gracia. Aunque la Iglesia establece que, si el enfermo no pudo recibir el sacramento de la penitencia y se encuentra inconsciente, se le podrá dar la absolución de sus pecados bajo condición y, luego, se le puede administrar el sacramento de la unción, también bajo condición.

El sujeto de la Unción de los Enfermos es cualquier fiel que habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez (cf. Catecismo de 1992, número 1514).

Además, debe tener la intención de recibirlo y manifestarla. Cuando un enfermo ya no posee la facultad para expresarlo, pero mientras estuvo en pleno uso de razón lo manifestó aunque fuera de manera implícita, sí se le puede administrar. Es decir, aquel que antes de perder sus facultades llevó una vida de práctica cristiana, se presupone que lo desea, pues no hay nada que indique lo contrario. Sin embargo, no se debe administrar en el caso de quien vive en un estado de pecado grave habitual, o a quienes lo han rechazado explícitamente antes de perder la conciencia. En caso de duda se administra “bajo condición”, su eficacia estará sujeta a las disposiciones del sujeto.

Para administrarlo no hace falta que el peligro de muerte sea grave y seguro, lo que sí es necesario es que se deba a enfermedad o vejez

Si un enfermo de gravedad falleció sin recibir este sacramento, la Iglesia recomienda, aun así, administrarlo durante las primeras horas en que ha fallecido. Así lo establece el Código de Derecho Canónico:

“En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístresele este sacramento” (1005 CIC).

RITUAL

En el rito central del sacramento de la unción de los enfermos, el presbítero traza con el aceite bendecido por el obispo en la misa crismal la señal de la cruz en la frente y en cada una de las manos del enfermo, al tiempo que pronuncia las siguientes palabras:

Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén. (Codex Iuris Canonici, can. 847, 1.)
(RITUAL DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS, Praenotanda, 25; Catecismo de 1992, nº. 1513).

Esta fórmula se distribuye de modo que la primera parte se dice mientras se unge la frente y la segunda mientras se ungen las manos. En caso de necesidad, cuando sólo se puede hacer una unción, el ministro pronuncia simultáneamente la formula entera (RITUAL DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS, Praenotanda, 23).

Efectos:

En cuanto verdadero y propio sacramento de la Nueva Ley, la Unción de los enfermos da al fiel cristiano:

El aumento de la gracia santificante:

— La curación de las reliquias del pecado y el perdón de los pecados veniales, así como de los mortales en caso de que el enfermo estuviera arrepentido pero no hubiera podido recibir el sacramento de la Penitencia (cfr. Catecismo de 1992, 1520).

Además, la gracia sacramental específica de la Unción de enfermos: «La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez.. Esta asistencia del Señor, por la fuerza de su Espíritu, quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios... Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cfr. Hb 2,15)» (Catecismo de 1992, 1520).

— La unión más íntima con Cristo en su Pasión redentora para alcanzar los frutos redentores del Salvador, para su bien y el de toda la Iglesia (Catecismo de 1992, 1521-1522; 1532);

— Una gracia para la Iglesia. Los que reciben este sacramento, uniéndose libremente a la Pasión y Muerte de Jesús, contribuyen al bien del Pueblo de Dios y a su santificación.

Una preparación para el paso a la vida eterna. Este sacramento acaba por conformarnos con la muerte y resurrección de Cristo como el bautismo había comenzado a hacerlo. La Unción del Bautismo sella en nosotros la vida nueva, la de la Confirmación nos fortalece para el combate de la vida. Esta última unción ofrece un escudo para los últimos combates y entrar en la Casa del Padre. Se ofrece a los que están próximos a morir, junto con la Eucaristía como un viático para el último viaje.

— el consuelo, la paz y el ánimo para vencer las dificultades y sufrimientos propios de la enfermedad grave,

— o de la fragilidad de la vejez (Catecismo de 1992, 1520; 1532);

— el restablecimiento de la salud corporal, si tal es la voluntad de Dios (Concilio de Florencia, DS 1325; Catecismo de 1992, 1520);