Las piedras que curan según enseña santa Hildegarda... ......La medicina de santa Hildegarda....çVida y obra... ...Santa Hildegarda. ..Explicaciones y desarrollos. ....Enseñanzas pontificias.. .....CRISTIANDAD FUTURA... .
La amatista
27.11.2012 ReL José María Sánchez de Toca Rafael Renedo Hijarrubia
Una jubilosa lectora que está descubriendo a
Santa Hildegarda y el olivino, nos pregunta si se pueden bendecir
las piedras. También pregunta si la podrían usar personas
mayores para el Alzheimer.
A la segunda pregunta, la afirmación que hace Santa Hildegarda
de que el olivino "afirma el saber", creemos que
significa "fortalece la memoria". No sabemos si
también dice que la recupera; lo estamos investigando.
En cuanto a las bendiciones, ¡pues faltaría más! ¡Todo puede
bendecirse!
Uno de mis recuerdos más gratos es la vez que me pilló
inesperadamente en un pueblecito la ceremonia la bendición de
los campos, que no sabía ni que existiera. Fue una bendición
por todo lo alto que ofició el párroco revestido, sobre una
cruz llena de candelillas delante de todo el pueblo que le había
seguido a las afueras.
Cuando concluyó, todo el pueblo se fue como un solo hombre, creo
que a una fuente, a darse una chuletada de padre y muy señor
mío. La fuente era para enjuagar los cacharros, porque allí,
aun sin conocer todavía los sabios consejos de Santa Hildegarda,
no se probó una gota de agua; sólo vino. O sea que sí, que las
piedras, si se bendicen, mejor porque se convierten en
sacramentales con todo el poder espiritual de la Iglesia.
Otra lectora pregunta por la galanga, que en España no se conoce
mucho. Hay que buscarla en tiendas de indios o de comida oriental
con el nombre de "jengibre negro" o "jengibre de
Siam"; el nombre científico es "Alpinia Galanga".
La verdad es que no es negra; se parece un poco a lka raiz del
jengibre pero si es fresca es completamente blanca y los brotes
son encarnados. La venden en un polvo de color verde que huele un
poco, pero sin abusar, a zoco o a bazar indio. Le va bien a todo,
menos al café con leche, supongo, y da un aroma estupendo a las
cosas. Santa Hildegarda la pone por las nubes.
Un lector no entiende lo de la lejía de ciruelo, y nos pone en
un compromiso porque nunca hemos visto a hacer colada de lejía;
somos antiguos pero de después de la lejía embotellada. Si
alguna vez me decido, porque el pelo se me retira ordenadamente,
pero cada vez más deprisa, me imagino que tendré que empezar
por conseguir corteza y hojas secas de ciruelo. Luego tendría
que quemarlas, lo que en invierno no es problema, pero en verano,
probablemente estará prohibido, y recoger con cuidado las
cenizas. Después pondré un paño de cocina nuevo tapando un
barreño o una olla, bien sujeto, y colocaré las cenizas encima
del trapo, en el centro. Ese es el momento de ir echando agua
caliente sobre las cenizas, una y otra vez. El líquido que se
cuela al barreñito ya no es agua, sino la lejía que habrá que
usar para la cabeza. Desgraciadamente aún no lo hemos probado ni
conocemos a nadie que lo haya hecho; salvo el caso que cuentan
los médicos alemanes.
Bueno, pues contestados estos lectores, pasemos a hablar de la
amatista, que es probablemente la piedra preciosa más
abundante del mundo. Ya dice Santa Hildegarda que "crece
como una secreción, así que hay muchas", y la frase tiene
miga.
En Brasil los niños juegan a ver si adivinan que clase de gema
encierra cada pedrusco que rompen, que muchas veces es amatista.
En España, en las parameras y las alcarrias de Guadalajara no es
difícil que al romper un pedrusco más o menos ovoidal o "amanzanado"
esté por dentro tapizado de blancos cristales de calcita, pero
en otras partes, como en Cataluña o Murcia, lo que hay por
dentro es un erizo de cristales color violeta. Los cristales
empiezan transparentes en la raíz, que está en la "corteza"
de la piedra, y toman cada vez más color cuanto más se acercan
al interior de la piedra. Es como un erizo al revés, en vez de
tener las puntas para afuera las tiene para adentro. De todas
formas, las amatistas sueltas pueden costar en tienda de
cincuenta céntimos a dos euros, que tampoco es gran dispendio.
La amatista es para los bultos. En las pruebas que hacíamos
mientras preparábamos el libro, vimos que la amatista funciona
muy bien para neutralizar inmediatamente granos y picaduras, y
para quitarse manchas de la cara. Conozco una señora que se
quita también las de las manos, aunque no es eso lo que dice
Santa Hildegarda. Las manchas se van, y por lo que vamos viendo,
se van más cuanto más modernas y menos gruesas sean, y se van
mejor cuantas más veces las frotes. En un par de meses,
frotándome una vez al día entre el afeitado y los dientes, se
me han ido las birriosillas, pero la gorda no se ha ido aunque se
ha reducido más o menos a la mitad. Frotamos con una amatista
como un dátil que tiene una cara plana, y que se deja agarrar
bien para frotar.
Pero la utilidad principal de la amatista creemos que debe ser
reprimir bultos por el mismo procedimiento de frotarlos con
salivilla, tan rica en antisépticos potentes. Los doctores
alemanes la han aplicado a casos de cáncer, utilizándola en la
sauna, pero eso entre nosotros es una posibilidad más bien
remota.
La última cosa que dice Santa Hildegarda es que la serpiente y
la víbora huyen de la amatista, una recomendación que en ciudad
es puro conocimiento teórico, pero que en mi pueblo, que nos
calentamos con leña, se vuelve un asunto de acuciante interés
práctico. En los montones de leña, ya se sabe, o hay ratones o
culebras, y uno nunca sabe qué es peor, hasta que un día deja
de ver ratones y lagartijas y descubre horrorizado que lo que
pensaba que sería una inofensiva aunque crecida culebra de
escalera, resulta ser una viborilla bien nutrida a base de
lagartijas y ratones de campo.
Como no es compañía que guste, estamos pensando lo de ponerle
amatistas al montón de leña, y si no está hecho ya es porque
¿a ver donde van a trasladarse los pobres animalitos sin techo?
En fin, ya les contaremos, lo mismo que les animamos a ir
contando aquí sus experiencias, para ir aprendiendo entre todos
de esta sorprendente sabiduría hildegardiana.
Más en "El libro de las Piedras que Curan" de Santa
Hildegarda de Bingen. Madrid: Libros Libres, 2012; y en www.hildegardiana.es
José María Sánchez de Toca
Rafael Renedo Hijarrubia
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La amatista esos cristales morados del interior de las geodas de adorno que venden en las tiendas, borra las manchas de la cara y neutraliza inmediatamente las picaduras de avispa o las mordeduras de araña.